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Una
mujer incentiva sexualmente a su pareja mediante un
método que termina por matarlo. Desesperada por
lo ocurrido, le corta el pene y se lo introduce a sí
misma en un vano intento por perpetuar el goce. Mientras
el hombre estaba vivo, sus órganos y los de la
mujer formaban una máquina de deseo. Pero cuando
el desacople ya no es posible, porque lo que producía
placer permanece "pegado" a la piel y ausente
de otra subjetividad, acontece el horror. Esto ocurre
en una de las últimas escenas de la película
japonesa El imperio de los sentidos, de Nagisa
Oshima. La protagonista no encuentra ya placer en la
"posesión" de ese órgano perennemente
alojado en el suyo. Camina a la deriva, se pierde a
sí misma, pierde la razón.
El
deseo brutal, ese deseo en estado puro, porque se descodificó
de lo aceptado socialmente, puede arrojarnos más
allá de los límites de la razón.
Pero también, en otras circunstancias, puede
deslizarnos hacia líneas de fuga liberadoras.
Consideraciones
de este tipo hubieran sido impensables en épocas
pre-freudianas. La teoría psicoanalítica
conmocionó el imaginario colectivo social y sexual,
además de incidir en las subjetividades. Freud
elaboró conceptos que siguen conservando la frescura
y el vigor del primer momento y otros que reclaman ser
reconsiderados. Las problemáticas que llegan
a la clínica actualmente van cambiando al ritmo
de las nuevas tecnologías, de la reorganización
del poder mundial, de los replanteos en las relaciones
deseantes y de las nuevas conformaciones subjetivas;
en consecuencia, las teorías que dan cuenta de
nuestra inserción en el mundo reclaman ser repensadas
a la luz de esos cambios.
Sigmund
Freud levantó las compuertas de los discursos
científicos y humanísticos sobre el sexo
e innovó radicalmente las concepciones acerca
de la locura. No porque nunca se hubieran tratado estos
temas antes que él, o incluso en su misma época,
sino por la manera en que los trató. Y, aunque
en este artículo no se tematiza específicamente
la teoría freudiana, la presente reflexión
se instaura teniendo esa teoría como telón
de fondo. Freud, con los Tres ensayos para una teoría
sexual, entroniza una cuña en la episteme
de su época. Desarrolla hipótesis sobre
el deseo que abren una multiplicidad de senderos para
recorrer los tortuosos laberintos de la sexualidad.
Es maestro de la teoría sexual moderna.
Considero
que a partir de él, por aceptación o rechazo,
no se deja de ser su discípulo cuando se piensa
la cuestión sexual. No obstante, cien años
más tarde de su publicación genial, se
impone preguntarse si el buen discípulo debe
seguir acríticamente a su maestro o, por el contrario,
diferenciarse en sus derroteros. Sin embargo, estas
dos posibilidades no son contradictorias, sino complementarias.
Se puede soltar la mano del maestro sin dejar por ello
de compartir caminos. Se puede avanzar sin pastor pero
es difícil hacerlo sin buena compañía.
Con
esta aclaración (que se imponía) retomamos
las consideraciones sobre el deseo y su posibilidad
de ser moldeado -o no- por el significante. El deseo,
en sí mismo, es polimorfo y múltiple,
nada tiene que ver con las codificaciones con que se
lo suele encorsetar. El poder codifica al deseo tanto
para tornar más fácilmente gobernables
a los sujetos, como para volverlos dóciles a
las leyes del mercado. Aunque eventualmente los sujetos
encuentran líneas de fuga, por las que escapan
de los territorios "normalizados" por los
aparatos de poder-saber. El tema es cómo escapar
a las sobrecodificaciones sin caer en la locura o en
la exclusión social (o en ambas, ya que se implican
mutuamente).
Si
se trata realmente de liberación, las pulsiones
deseantes forman máquinas que actúan desde
una especie de dispositivo formal, aunque tenga contenido.
Es formal porque puede disparar la posibilidad de múltiples
sentidos. En definitiva de diferentes disposiciones
deseantes. La boca y el pezón -dicen Gilles Deleuze
y Félix Guattari, en El Anti-Edipo- constituyen
una máquina deseante que se acopla y se desacopla,
que se prende y se desprende dando así lugar
a un dispositivo de alimentación-placer. Hay
disfrute porque existe la posibilidad de conectarse
y desconectarse. Una boca y un pezón acoplados
indefinidamente no permitirían alimento ni placer.
La cosificación del deseo es también su
extinción. Estos mismos autores, en Mil mesetas,
agregan nuevas categorías para pensar el devenir
deseante. Aquí interesa el concepto de "rizoma",
una palabra que, como todas las palabras, es una metáfora
acerca de cierto aspecto de la realidad. Deleuze y Guattari
la utilizan cómo tecnicismo que, para ser entendido
requiere de cierta explicación previa.
Hay
teorías que intentan dar cuenta de la realidad
como si ésta se sostuviera en una raíz
pivotante. Su fundamento en un principio único
y universal: el ser, o Dios, o la ciencia u otras ideas
absolutas. Existen también teorías que
semejan raíces dicotómicas. Sus bases
de sustentación no son unívocas (como
las pivotantes), sino duales: el ser y la apariencia,
la sustancia y los accidentes, la esencia y la existencia.
Pero no dejan de evocar universalidades y reduccionismos
que simplifican una realidad compleja. Un tercer tipo
de teoría recurre a la idea de rizoma para referirse
a los flujos que circulan por lo que, un poco vagamente,
llamamos "lo real". El concepto de rizoma
no aspira a ser un calco o un reflejo de la realidad,
sino un mapa de la circulación de deseo que la
posibilita.
El
ímpetu deseante deviene consciente filtrado por
los códigos sociales que los poderes hegemónicos
le imprimen al deseo. Si aceptamos acríticamente
la norma que tales códigos imponen, nos convertimos
en individuos predecibles y fácilmente gobernables.
Las teorías acerca de la realidad que postulan
principios únicos para sus desarrollos cognoscitivos
se tornan -a veces sin proponérselo- funcionales
a los sistemas coactivos. Esas teorías son semejantes
a un árbol sostenido por una raíz pivotante.
Tampoco mejoran mucho las cosas si en lugar de un fundamento
se postulan dos, a la manera de las raíces dicotómicas.
En
contraposición con las teorías pivotantes
y dicotómicas, una teoría rizomática
señala que, además de no fundamentarse
en nada, las aparentes unidades, más que dividirse,
se diversifican, son múltiples. Las organizaciones
subjetivas, sociales, vegetales y animales son complejas.
Incluso las conformaciones minerales son plurales.
Pero,
de hecho, las raíces pivotantes y dicotómicas
presentan estratos que permiten identificarlas como
tales. Y, cuando funcionan como metáfora de lo
existente, la pivotante actúa en el sujeto. Se
supone que nos captamos a nosotros mismos como unidad
"centrada", y que también captamos
esa entidad en cada uno de los demás sujetos.
La dicotómica, en cambio, actúa en el
objeto. Ahí el supuesto es que el sujeto conoce
objetos que tienen realidad por sí mismos, independientemente
de quien los percibe. Esta concepción simplista
de la realidad ignora la constante interacción
en la que subsistimos.
En
el pensamiento occidental, fundamentalmente a partir
de los llamados "maestros de la sospecha"
decimonónicos: Marx, Freud y Nietzsche, se cuestiona
la unidad lineal del saber. Una teoría debería
aspirar a dibujar mapas de lo que acontece, en lugar
de especular con abstracciones. La reflexión
debería descentralizarse y, como el mundo al
que tematiza, expandirse, antes que reducirse a pensamiento
puro negador del deseo. Debería "volverse
rizoma" dirían los autores de El Anti-Edipo.
El
rizoma no es una raíz, sino un tallo subterráneo.
Se extiende bajo la tierra adquiriendo formas imprevisibles,
estalla sobre la superficie regalando una planta, y
otra, y otra. Varios metros separan, a veces, un helecho
de sus múltiples vecinos, pero todos están
conectados por un mismo rizoma. Bajo la superficie,
algunos forman bulbos o tubérculos. Emiten raíces
penetrando la tierra o irradian tallos que se asoman
a la superficie. Se proyecta hacia arriba y hacia abajo.
Si es cortado en alguno de sus tramos, se lanza nuevamente
a la aventura de crecer. Tiene formas diversas y se
extiende en todos los sentidos posibles.
El
rizoma no esquiva el caos, sin dejar por ello de establecer
aquí y allá distintos órdenes casi
siempre imprevisibles, nunca reversibles. La botánica
parece ser rizomorfa, o lo es cuando forma bulbos, tubérculos,
tallos subterráneos con pluralidad de salidas
y entradas. La zoología también forma
rizomas: manadas de ovejas arremolinándose, pájaros
migratorios desplazándose, ratas huyendo y atropellándose,
roedores subterráneos construyendo madrigueras.
También hay urbanismos rizomáticos como
Ámsterdam, o Venecia, las favelas y las villas
miserias.
En
el pensamiento antiguo, medieval y moderno prevaleció
el pivote (principio único en filosofía,
religión, política y/o ciencia). En las
postrimerías de la modernidad, predominó
la dicotomía (bifurcación, en el pensamiento
maoísta o en análisis lingüísticos
estructuralistas), ciertas corrientes actuales intentan
el rizoma, donde la multiplicidad se concatena mediante
eslabones biológicos, políticos, económicos,
sexuales, urbanísticos, intelectuales, artísticos.
Los eslabones deseantes ponen en juego regímenes
de signos y estado de cosas.
Las
artes, las ciencias, las luchas sociales se actualizan
microfísicamente. Para modificar algún
aspecto de ellas, en sentido liberador, hay que operar
desde lo micro, molecularizar desde formaciones espontáneas,
no ideologizadas, es decir, no codificadas por los aparatos
de poder. En un rizoma continuamente hay líneas
de fuga. Glen Gould, interpretando a Bach, se desterritorializa
de la partitura en cada nueva variante melódica
de las Variaciones Goldberg.
Sólo
existe unidad cuando la multiplicidad es capturada por
el poder del significante, o en un proceso de subjetivación,
en el que la unidad se sobrecodifica. La unidad es una
abstracción, una mera atribución verbal.
Cuando se elide la multiplicidad, se molariza, se masifica
el deseo negando las diferencias. Por el contrario cuando
se logra molecularizar las pulsiones, se liberan partículas,
intensidades, líneas de fuga.
La
ruptura del significante implica una des-codificación
desterritorializante. Pero las reterritorializaciones
acechan. Los microfascismos siempre están dispuestos
a cristalizar un ordenamiento fácilmente gobernable.
También los aparatos de poder hacen micropolítica,
pero negativa, en la medida en que actúan sobre
las materialidades para molarizarlas, para encerrarlas
en una "normalidad" funcional a los poderes
hegemónicos. De modo tal que se producen reterritorializaciones
en lo familiar, en lo social, en lo cultural, en lo
político y en lo natural: desde resurgimientos
edípicos hasta prácticas sociales domesticadoras,
pasando por solidificaciones naturales que detienen,
por ejemplo, el curso de un río coaptando vegetales
y animales que fluían libremente en las turbulencias
de sus aguas.
La
multiplicidad es rechazada por la voluntad de unidad.
La multiplicidad no tiene sujeto ni objeto, contiene
determinaciones. No hay unidad que sirva de pivote en
el objeto, o que devenga dos en el sujeto. Hay circulación
de intensidades. El devenir material captura códigos.
La orquídea, por ejemplo, adquiere forma de avispa
hembra atrayendo a la avispa macho que, al posarse en
su superficie se impregna de polen que esparcirá
luego en otras orquídeas fecundándolas.
Parecería que la flor imitó a la avispa.
Pero, en realidad, le capturó su código
aumentando su valencia: devino avispa. Entre el insecto
y la planta circulan intensidades. No se produce imitación,
sino surgimiento de series heterogéneas desde
un rizoma común. La serie de las avispas y la
serie de las orquídeas son multiplicidades diferentes
interactuando.
"No
busques la raíz, sigue el canal", dice una
canción de Patti Smith. En el canal los flujos
se movilizan, cambian, son rizoma. La raíz, por
el contrario, está fija de una vez y para siempre.
Kafka escribe, en su Diario, que las cosas que
se le ocurren no se le presentan por su raíz,
sino por un punto cualquiera situado hacia el medio;
y nos incita a que tratemos de retener esa brizna de
hierba que sólo empieza a crecer por la mitad
del tallo.
La
máquina de guerra, que moviliza los flujos del
deseo, es nómada. En cambio el aparato de Estado,
que codifica los caudales deseantes, es sedentario.
No obstante, algo de sedentario hay en la realidad,
de lo contrario no podría ni ser pensada. Se
trata de los estratos, de la "cubierta" de
los acontecimientos, de los sujetos, de los libros.
Esos estratos permiten la ilusión de la unidad
desde la multiplicidad. Los segmentos, a su vez, son
porciones de estratos. La estatua de mármol rodeada
de plantas es un estrato del bosque. Ofrece una mano
surgiendo de lo verde. Es decir, un segmento como entidad
en sí mismo, un trozo sedentario que no está
libre de tornarse nómada mediante el abrazo,
por ejemplo, del rizoma de un helecho que lo cubriera
y lo horadara. Podría formar una máquina,
en la que la piedra interactuaría con la humedad
y las nutrientes de la planta. Lo sedentario lograría
así devenir nómada transformándose
en máquina de guerra.
Aquello
que nos parece estático nos engaña por
lo intangible de sus movimientos. Pero puede adquirir
velocidad visible. El majestuoso glacial patagónico,
inmóvil y unitario, puede quebrarse y arrojar
sus trozos turquesa para explotar -magnífico-
y sumergirse en las lechosas aguas del lago sin detener
su incontenible pulsión de cambios. Un glacial
en actividad es también un rizoma, ¿cómo
entonces no habrían de serlo la circulación
de los cuerpos, los cuerpos mismos, el intercambio entre
ellos? Y los dispositivos políticos, religiosos,
morales y científicos que se preocupan por colocar
rótulos sobre nuestros anhelos, ¿no serán
acaso vigilantes temerosos de las imprevisibles direcciones
de un deseo no codificado?
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(*) Esther Díaz (esther.díaz@netex.com.ar)
es Dra. en Filosofía por la Facultad de Filosofía
y Letras, UBA; profesora en Filosofía por la
Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1973; e
investigadora Categoría 1 por el Programa Nacional
de Incentivos a la Investigación Científica
y Tecnológica. Título de la Tesis del
doctorado: "La ontología histórica
en la temática filosófica contemporánea.
Comunicación, poder y ética en la obra
de Michel Foucault", calificación: 10 (diez)
sobresaliente, 1991 (CV completo en http://www.estherdiaz.com.ar/academica.htm)
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con MV Prensa desde octubre de 2006.
Fuente:
RevistaTopía, año XV, Nº 44, agosto/octubre
2005
Página EstherDíaz
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