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Las
imágenes eróticas televisivas, ciertas
voces y músicas que surgen de los medios, los
afiches callejeros, las líneas calientes, los
intercambios por Internet, las vestimentas sugerentes,
los sobrentendidos y la proliferación de referencias
sexuales en casi todos lo ordenes sociales parecen habernos
arrojado a una especie de pansexualismo o inflación
de la sexualidad. Sin embargo, este innegable fenómeno
obsceno no es un invento posmoderno. Su origen, fundamento
y desarrollo comenzó en plena madurez de la modernidad.
Nosotros, simplemente, asistimos a su consumación.
Y como sabemos, lo que se consuma, se consume.
La
hipótesis que intentaré defender, en
esta oportunidad, es que el hipersexualismo se comenzó
a gestar a fines del siglo XVIII e hizo eclosión
en el siglo XIX; que en las postrimerías del
siglo XX, este exceso de sexualidad entretejido con
la proliferación mediática y digital,
la aparición del virus del sida y el desarrollo
de la biotecnología comenzaron a producir la
desaparición del cuerpo en las relaciones sexuales.
Pero elidir el cuerpo material en las relaciones eróticas
no necesariamente significa "histeria" en
sentido freudiano. Significa más bien la instauración
de nuevas formas de realización del deseo que,
como no podría ser de otra manera, traen aparejadas
nuevas formas de satisfacción y, obviamente,
también de frustración. Hoy, quien se
excita y excita a través de los medios sin consumación
carnal no necesariamente queda insatisfecho, como el
histérico decimonónico; porque siendo
otras las formas de desear, otras son también
las formas de disfrutar.
Desarrollaré
en primer lugar la idea del hipersexualismo como invento
moderno; en segundo lugar intentaré delimitar
una breve síntesis de la idea de histeria tal
como la entendió el psicoanálisis; y finalmente
trataré de avalar mi hipótesis acerca
de que el modo de realización del deseo es una
construcción social y que actualmente las nuevas
prácticas surgidas de los medios masivos y digitales,
de la biotecnología y el virus del sida están
dando cuenta de una pulsión deseante que no se
corresponde con el edípico deseo freudiano, sino
con un deseo mediático y con una revalorización
de la masturbación como forma sexual cada más
aceptada socialmente y alejada de las satanizaciones
modernas.
1. EL HIPERSEXUALISMO, UN INVENTO MODERNO
El
comienzo de la madurez moderna se puede ubicar en el
declinar dieciochesco, es decir, en los albores de la
revolución industrial. Para entonces, las necesidades
económicas de quienes ejercían el poder
se orientaban hacia una mano de obra cada vez menos
artesanal y cada vez más mecanicista. Esta necesidad
epocal logró que se ilumine un escenario que
hasta ese momento había permanecido ensombrecido:
el de la sexualidad. Mejor dicho, recién en ese
momento histórico acaece la sexualidad como figura
epocal deseante.
El
volumen histórico que desde la modernidad ocupó
la sexualidad, anteriormente había sido cubierto
por "la carne", en tanto imaginario social
cristiano relacionado con el deseo humano. Desde el
siglo V de nuestra era, con el acceso al poder de la
Iglesia católica, se constituyó la categoría
de carne como referente de la concentración de
las pulsiones deseantes. Y anteriormente a esta figura,
había existido -entre los paganos- la noción
de afrodisía o reflexión sobre el buen
uso de los placeres. Tanto el uso de los placeres, como
la concepción cristiana de carne, como la sexualidad
moderna o la actual posexualidad son configuraciones
conceptuales surgidas en relación con la genitalidad
y productoras de deseo. Mejor dicho, productoras de
representaciones del deseo a las que se adhiere de manera
colectiva a partir de prácticas sociales concretas
y de cierta circulación de los discursos.
La
intención de quienes comenzaron a preocuparse
por el deseo sexual de las personas fue controlar para
domesticar, vigilar para "normalizar", castigar
para amaestrar. De este modo, manipulando desde muy
temprana edad el deseo de los individuos se los hacia
más previsibles y se los adaptaba mejor al orden
dominante. Es decir, al buen orden burgués basado
en una moralina racional que estaba al servicio de la
adaptación a los nuevos imperativos industriales.
La figura que paradigmáticamente se quería
lograr es la que puede verse en la película Tiempos
modernos de Chaplin. Esto es, un individuo perfectamente
adaptado a una línea de montaje en la que el
obrero es un elemento más, tan intercambiable
como las piezas mecánicas de los artefactos producidos
en serie.
Pero
el dispositivo de la sexualidad, como cualquier otro
dispositivo de poder, suele independizarse de la voluntad
de los sujetos que lo pusieron en marcha. Se convierte
así en un dispositivo sin sujeto (aún
cuando en él participan sujetos) y produce un
plus no querido ni buscado conscientemente por nadie.
En el caso del dispositivo moderno de sexualidad, creado
desde el control del cuerpo de los individuos con fines
económico-moralizantes, se produjo más
deseo. Dicho de otra manera, se codificó la pulsión
deseante y se estimuló lo que aparentemente se
quería reprimir. La prohibición de la
masturbación multiplicó las fantasías
y la práctica del autoerotismo, el encierro de
las relaciones sexuales en los estrechos límites
de la cama matrimonial estimuló la búsqueda
de placeres ajenos a la modorra doméstica, el
silencio o los eufemismos respecto de lo sexual provocó
un aluvión de discursos sexuales. Es así
que, a fines del siglo XVIII, la pedagogía, el
derecho penal, el orden militar, la medicina y el discurso
religioso se lanzaron de una manera desorbitada a ocuparse
de lo mismo que estaban controlando e instaurando: la
sexualidad.
Pero
no solo desde las prácticas sociales se fue conformando
lo que hoy podemos considerar un hipersexualismo. El
discurso culto también aportó lo suyo.
En el imaginario social se estaban dando las condiciones
para que Marx pudiera hablar de un sexo no humano; para
que Freud le otorgara un origen de insatisfacción
sexual a ciertas psiconeurosis; y para que Nietzsche
se jugara tan abiertamente por la reafirmación
del cuerpo, del placer y del deseo, en detrimento de
la impecable racionalidad formalista heredada de Kant.
El
deseo comenzó a concebirse como una pulsión
que en su origen no tiene representación, no
tiene objeto, no tiene destinatario concreto. Nietzsche,
al referirse a la voluntad de poder, deconstruye las
pulsiones y concluye que se han constituido a partir
de condiciones de existencia (de prácticas concretas).
Las pulsiones son la consecuencia de codificaciones
fomentadas por quienes ejercen densamente el poder.
A fuerza de acostumbramiento esas valoraciones se comenzaron
a ver como inclinaciones "naturales". Es a
partir de ellas que se hace carne la idea de placer
y displacer, de satisfacción y frustración.
La
sexualidad es una codificación del deseo, no
es deseo en estado puro. El deseo, en sí mismo
no tiene objeto, simplemente desea. Pero cuando se quiere
ejercer dominio sobre los cuerpos o la vida de las poblaciones,
se codifica el deseo, se le da una representación,
se construyen objetos de deseo. Luego se establece lo
que es "normal" en la búsqueda de satisfacción
y se sanciona a quien no se alinea en esa pretendida
normalidad. La modernidad fue hipersexualista. La moralina
victoriana es prueba fehaciente de ello, con la excusa
de elidir la manifestación de los sentimientos,
la exposición de los cuerpos y la satisfacción
de las pulsiones, desplegaba un escenario social en
el que todo el mundo estaba pendiente de aquello de
lo que no se hablaba. Con la excusa de higienizar las
costumbres, se hurgaba en los más intrincados
recovecos del deseo y con la de fortalecer la moral
mediante la abstinencia se gestaban las más recónditas
perversiones.
El
hipersexualismo entonces tiene su nacimiento histórico
en la madurez moderna, nosotros simplemente estamos
asistiendo a su defunción. La sexualidad -tal
como la entendió la modernidad- es una estrella
apagada. Pero cuando todavía esa estrella brillaba
con luz propia se constituyó la figura de la
histeria como paradigma de la frustración. También
esa figura está perdiendo vigencia. La satisfacción
actual ya no responde obligatoriamente al presupuesto
de la penetración, la eyaculación y el
orgasmo pénico-vaginal. Nuevas prácticas
sociales han creado nuevas representaciones del deseo.
Por su parte, la masturbación, tan despreciada
hasta las postrimerías del siglo XX, ha comenzado
a mostrar sus virtudes en épocas de mediatización,
biotecnología, informática y sida.
2. LA HISTERIA MODERNA
La
noción de histeria vigente en el imaginario social
actual, si bien surge de la categoría freudiana
de histeria, se independiza de las connotaciones técnicas
de tal noción. La causa de la histeria, en Freud,
es la huella psíquica de un trauma de contenido
sexual. Esa huella ha sido provocada por alguna agresión
exterior relacionada con uno o varios acontecimientos
de experiencias sexuales prematuras e insatisfactorias.
Dice Freud que la irrupción de la histeria se
remonta casi invariablemente a un conflicto psíquico,
a una representación perturbadora que pone en
acción la defensa del yo.
Para
que se forme un síntoma histérico tiene
que haber un esfuerzo por defenderse de una representación
angustiosa. Se trata de un esfuerzo por reprimir una
representación penosa recurrente. No obstante,
la represión es una defensa inadecuada del yo,
porque produce frustración y no logra superar
el trauma vivido. Ante el fracaso de la represión
se constituye lo que Freud denomina conversión,
que consiste en la transformación de una carga
de energía que pasa del estado psíquico
(la representación penosa) al estado somático
(el sufrimiento corporal). Sufrimiento en lugar de angustia.
De este modo la representación inconciliable
se torna inofensiva ya que la carga representativa se
traslada de lo psíquico a lo corporal. El malestar
persiste, pero ya no hegemoniza la mente, se comienza
a sentir en el cuerpo.
Ese
sufrimiento corporalizado tiene una potencia equivalente
a la satisfacción de un orgasmo. No porque se
goce, sino porque la carga de energía invertida
en sufrir es similar a la requerida para obtener un
orgasmo. Además, la parte del cuerpo en la que
se efectuó la conversión (puede ser cualquier
parte del cuerpo) toma el valor de un órgano
sexual. La vida sexual del histérico es una paradoja
sufriente. Se trata de un cuerpo profundamente erotizado
coexistiendo con una zona genital anestesiada. La contradicción
reside en que se produce una necesidad sexual excesiva
y -al mismo tiempo- un rechazo de la sexualidad.
El
deseo del histérico es un deseo de insatisfacción.
Los histéricos anhelan profundamente aquello
que en la realidad rechazan. Son siempre el tercero
excluido o se sienten siempre como el tercero en discordia.
Su fantasía es que los demás gozan algo
que a él le está vedado. Finalmente hace
las cosas para no consumar una relación sexual
y, en caso de que la relación se produzca, se
las arregla para no disfrutar de ella. Un buen ejemplo
de esta conducta se ve en la película Felicidad
del estadounidense Solondz, en la que un individuo obeso
y solitario se masturba cada noche mientras llama por
teléfono anónimamente a su vecina y cuando
la tiene "en vivo" en su propio departamento,
no atina a hacer nada para seducirla.
Algunos
de los síntomas más representativos de
neurosis histérica registrados en la época
de Freud eran cegueras o parálisis temporáneas,
gemidos o balbuceos incontrolables, tics o anorexias,
y asco a la genitalidad. Ahora bien, cuando las consideraciones
sobre la histeria atravesaron los gabinetes psicoanalíticos
y comenzaron a circular por la sociedad fueron reducidas
a fórmulas o clichés. Histeria pasó
a ser liza y llanamente sinónimo de algunas manifestaciones
casi mecánicas como gritar sin ton ni son o convulsionarse,
o excitar y excitarse sexualmente rehusando la consumación.
Otra
pérdida de sentido sufrida por la noción
de histeria en su traslado de los ámbitos científicos
al imaginario social, fue la idea de que quien "histeriquea"
lo hace conscientemente. Es decir, pone su voluntad
y libre arbitrio al servicio de seducir a alguien y
luego rechazarlo sexualmente. Sin embargo, en la noción
psicoanálitica, el histérico no construye
esas conductas por designio de su libertad consciente,
sino por medio de mecanismos psíquicos inconscientes
que van más allá de su voluntad de elegir.
El imaginario colectivo, al despojar a este tipo de
neurosis de su condición de enfermedad, impregnó
de culpa a la conducta histérica, como si el
neurótico fuera responsable de los síntomas
de su enfermedad. De más está decir que
en la versión cotidiana de la histeria ni se
considera el sufrimiento del enfermo, se piensa más
bien que se trata de una especie de sádico que
hace sufrir a los demás y goza con ello.
Pero
Freud no estudió la histeria descontextualizada.
Esta neurosis, como todas las patologías por
él estudiadas, se inscribe en un marco teórico
referencial construido en parte por Freud y acorde en
cierta medida con ciertos supuestos sociales que imperaban
en su época. Es verdad que muchos de esos supuestos
fueron deconstruidos por la teoría freudiana.
Pero los supuestos sociales o científicos, es
decir, los supuestos epocales no se construyen desde
la nada. Siempre existe alguna práctica social
que da cuenta (a veces de manera un tanto anómala)
de ellos. El supuesto subyacente, en ese caso, era que
la satisfacción sexual "normal" debe
provenir de la relación con un objeto de deseo
(otro sujeto) heterosexual y consumarse de manera casi
bíblica.
En
consecuencia, si la idea regulativa de una satisfacción
sexual plena es el modelo planteado, se desprende casi
necesariamente que quien no observa tal conducta y se
excita con otra persona sin consumación tradicional,
es un histérico. Y esto valdría tanto
para el saber científico como para la opinión
cotidiana. Pero si retomamos la idea de que el deseo
no es algo invariable a través del tiempo, sino
una construcción social, se puede concluir que
si existen nuevas prácticas sociales, se producen
nuevas formas de deseo; mejor dicho, nuevas formas de
representaciones del deseo.
Lo
dicho vale también para las patologías
en general. Existen enfermedades epocales. La histeria
decimonónica respondía a prácticas
propias de la moral victoriana represora, pacata y multiplicadora
de deseo a costa de coacciones. Respondía al
modelo reinante en el orden burgués, según
el cual los niños eran seres asexuados y, de
no ser así, eran una especie de monstruos. Finalmente,
respondía asimismo a la idea de que la única
sexualidad "saludable" era entre adultos de
distinto sexo y con consumación tradicional.
Resulta obvio que el psicoanálisis sacudió
ese modelo y promovió cambios. Pero también
promovió nuevas codificaciones del deseo.
No
obstante no todo es cambio en el devenir histórico,
también existen continuidades, aunque a veces
varían su sentido. La anorexia -por ejemplo-
persiste, pero habría que ver si como síntoma
histérico en el sentido tradicional o como respuesta
defensiva ante una sociedad hiperconsumista que atosiga
de mercancía a las personas haciéndoles
perder su capacidad de desear.
3. EL MEDIO Y LA SATISFACCIÓN DEL DESEO
Las
prácticas eróticas modernas se sustentaban
sobre el imaginario burgués que, a su vez, se
había constituido sobre el modelo que milenariamente
habían impuesto la ciencia médica antigua,
primero, y la religión cristiana, después.
Ya Hipócrates hablaba de los peligros de la masturbación
y más tarde la Iglesia católica no sólo
adhirió a ese discurso sino que impuso como único
modelo de relación sexual lícita el heterosexual
marital y sólo con fines de procreación.
En la modernidad el modelo se hizo laico, pero no por
ello se tornó mucho más permisivo. Por
ejemplo, en el siglo XVIII se inventaron máquinas
para que los chicos no se masturben.
Aunque
no importa tanto, en este caso, lo que la gente realmente
hacía, sino lo que se supone que debía
hacer, primero en nombre de la moral y más tarde
en nombre de la salud mental. Todavía se pueden
encontrar psicólogos que consideran que la homosexualidad
es una enfermedad o que las conductas sexuales que no
responden al modelo hegemónico (aun cuando se
realicen con acuerdo de participantes adultos y sin
involucrar a nadie contra su voluntad) son perversas.
Esto no le quita méritos al psicoanálisis
en su tarea desmitificadora y efectiva acerca de la
sexualidad humana. Pero tampoco lo pone a salvo de haber
ejercido cierto poder domesticador sobre la pulsión
deseante, en tanto el origen (y la posible resolución)
de los conflictos sexuales son remitidos a las estrecheces
de la cama matrimonial materno-paternal. El psicoanálisis
tradicional, por un lado, amplía el territorio
de la sexualidad pero, por otro, valida el modelo sexual
de la pareja burguesa. Tal es una de las tesis centrales
de El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari.
Por
su parte, la tecnociencia médica -que tradicionalmente
estuvo en contra de la masturbación- ahora no
sólo la acepta sino que la promueve. La fecundación
in vitro necesita masturbadores solitarios, a los que
se excita mediante videos, revistas porno y, en algunos
casos, juguetes sexuales esparcidos por la aséptica
sala de un centro de salud especializado en inseminación
artificial. Se podría decir que la biotecnología
ha contribuido a elevar el nivel de aceptación
social de la masturbación. Esto hace que desde
el punto de vista moral se la considere con otros ojos;
pues la ciencia, al hacerla partícipe de su desarrollo,
en cierto modo la ha legalizado.
Otro
tanto podría decirse de la "bendición"
que la informática le otorga a la masturbación.
Los millones de dólares que circulan detrás
de la venta de pornografía por Internet deben
ser equivalentes a los millones de masturbadores solitarios
que produce. El chateo también está atravesado
por pulsiones masturbatorias. La primera pregunta que
suele hacerse, al iniciarse una comunicación,
es acerca del sexo de la persona virtual (h o m?), la
segunda, acerca de la posibilidad de practicar cibersexo.
A esto se puede agregar otras prácticas contemporáneas
como mantener "relaciones sexuales" con equipos
de realidad virtual, o el intercambio erótico
telefónico, o "hacer puerta" en las
inmediaciones de las discotecas (donde todo el juego
se reduce a mirar y seducir), o bailar solo delante
de una espejo o "transar", es decir, abrazarse,
besarse, excitarse y no consumar.
Pero
todas esas prácticas no necesariamente producen
insatisfacción histérica. Porque el imaginario
social actual no exige, como el moderno, penetración
real, eyaculación y orgasmos pénico-vaginales.
Exige, más bien, abstenerse de tener relaciones
o tenerlas con cuidadosas prevenciones que -sida mediante-
nunca llegan a ser totalmente seguras. Tampoco se debería
perder de vista que los jóvenes actuales han
nacido bajo el influjo de los medios masivos. En algunos
casos han estado más horas frente a una pantalla
portadora de imágenes de cuerpos perfectos ajenos
a la familia, que frente a la materialidad de cuerpos
maternos o paternos concretos que en otros tiempos provocaba
atroces deseos incestuosos.
Estos
jóvenes han comenzado a desarrollar sus actividades
sensomotoras tocando teclas de computadoras que le abrieron
las puertas de mundos maravillosos ¿Por qué
deberían querer una satisfacción más
allá del medio mismo, si el en el medio ya se
encuentra cierta satisfacción? A ello hay que
agregarle que los medios gratifican en sí mismo
o brindan abundante material imaginario para la masturbación.
El autoerotismo parece llamado a constituirse en la
menos riesgosa de las satisfacciones sexuales: no produce
hijos indeseados, no contagia virus y no se carga con
todas las obligaciones que exige el mantenimiento de
una pareja real. Pero tiene su contrapartida, evidentemente.
En
el juego mediático faltan estímulos reales,
falta contacto con la piel, con el gusto, con el olfato.
Pero si se ponen en los platillos de una balanza imaginaria
lo positivo y lo negativo de este tipo de satisfacción
sexual parecería que el sexo mediatizado y el
autoerotismo no quedan tan mal parados. Pues la falta
de piel, olor y sabor (que no siempre son agradables
a nivel de la realidad) se compensa con el desborde
de la imaginación. Por teléfono, chat
o mail mi amante puede ser perfecto, puede gozar de
atributos que superan a los reales. La seducción,
que es del orden de la ilusión, se despliega
serena en el juego sin cuerpo de los cuerpos. No teme
ser perturbada por un olor desagradable, una lengua
ríspida o una saliva ácida.
Si
esto es así, la conducta de excitar sin consumar
ya no puede ser considerada necesariamente histérica.
En algunos casos ni siquiera se trata de patologías,
sino de nuevas formas de deseo o de representación
del deseo que han encontrado nuevas formas de satisfacción
en el medio mismo. La era de la penetración le
está dejando paso al sexo mediatizado o masturbado,
que no necesariamente es solitario o dirigido al propio
cuerpo. También puede haber interrelación
sin penetración tradicional y con satisfacción
mutua. Estamos asistiendo a la des-satanización
del goce sexual. En una cultura hiperindividualista,
el sexo individual no desentona. Máxime cuando
la tecnociencia le sirve como garantía y el mercado
como estímulo.
La
insatisfacción de la histeria surgía de
un modelo socialmente aceptado que era doblemente "perverso",
porque dirigía los flujos del deseo hacia una
forma hegemónica de realizarlo y suponía
una niñez asexuada. Pero en el imaginario actual,
las cosas comienzan a ser diferentes y nos beneficiamos
con una multiplicidad de modelos. Se goza con la pantalla
erotizada del cine, la TV, la PC o los juegos electrónicos,
con el teléfono, con los sonidos surgidos de
un aparato de audio o con la comunicación digital
con un ser desconocido, y llegado el caso, hasta se
puede concertar un encuentro real.
Por
otra parte, se sabe que ya existen miles de personas
que nacieron de la masturbación de innumerables
donantes. Se sabe que existen seres vivos clonados.
Seres que como Jesús han nacido exentos de cualquier
actividad sexual. A ello hay que agregarle que nadie
ignora el peligro del sida. En consecuencia, la nueva
configuración de los mapas del amor está
desarticulando la idea de que no consumar con un objeto
concreto es siempre desoladora. Además, si el
deseo no tiene objeto y lo que imaginamos que es nuestro
objeto de deseo es en realidad una representación
de algo inalcanzable, podría ser que la representación
del deseo, actualmente, comience a ser el medio mismo.
Cuando McLuhan anunciaba los tiempos de la globalización,
decía "el medio es el mensaje". Hoy
que esos tiempos han llegado, se puede agregar que el
medio, además del mensaje, es el deseo.
Pero
no todo es gratificante en esta penetración mediática
proveniente de la tecnociencia. Resulta alarmante, por
ejemplo, la nueva eugenesia que se está imponiendo
desde la biotecnología. Valga como ejemplo el
siguiente fragmento: "Si mediante el estudio del
conjunto de la información genética que
posee un individuo se detectara un ser superior, se
lo debería clonar. Esa copia directa de su perfección
le ahorraría a sus descendientes los riesgos
que se corren con la vieja manera de traer hijos al
mundo, es decir, procreando cuerpo a cuerpo. La reproducción
sexual sólo debería mantenerse para investigaciones
experimentales dejando en manos de la ingeniería
genética la descendencia y el mejoramiento de
la especie humana", he aquí la expresión
de deseo de un destacado genetista.
"Hagamos
el amor y no la guerra" se está convirtiendo
en "hagamos la guerra al modo tradicional de hacer
el amor". Esto no significa necesariamente ausencia
de satisfacción, significa más bien búsqueda
de diferentes formas de lograrla, una de ellas podría
ser a la manera de un Woody Allen futurista, que en
la película El dormilón, se encierra en
un orgasmómetro para alcanzar las cúspides
del placer sexual.
NOTAS
[i] La tesis del surgimiento de la sexualidad desde
la proliferación de discursos sobre lo sexual
y de dicha figura biológico-cultural (la sexualidad)
como invento moderno es defendida por Michel Foucault
en La voluntad de saber (primera edición: París,
Gallimard, 1976); y su relación con las prácticas
de encierro y la necesidad de mano de obra "obediente"
es estudiada por el mismo autor en Vigilar y castigar
(primera edición: París, Gallimard, 1975).
[ii] Véase Marx. K., "Critique de la philosophie
de l'Etat de Hegel". En Oeuvres philosophiques,
IV, citado por Deleuze, G., y Guattari, El Anti-Edipo,
Barcelona, Paidós, 1983, p. 304.
[iii] Véase Nietzsche, F., Fragmentos póstumos,
Bogotá, Norma, 1993, pp.123-162.
[iv] Los textos de Sigmund Freud utilizados para esta
pequeña reseña de la histeria son Estudio
sobre la histeria y Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis
de defensa, en Obras Completas, Tomo I, Madrid, Biblioteca
Nueva, 1973.
[v] Véase Nasio, J. D., El dolor de la histeria,
Buenos Aires, Paidós, 1991.
[vi] Véase Deleuze y Guattari, o.c.
[vii] Otra validación científica de la
masturbación estaría dada por la contrastación
-ecografía mediante- de la erección del
pene de algunos fetos masculino que lo tocan con su
mano.
[viii] Además, en EEUU, existen clubes de masturbadores
desde la década de 1980. Estos grupos fueron
promovidos por algunas comunidades gay a partir de los
estragos producidos por el sida.
[ix] El genetista es Joshua Lederberg, en "Experimental
Genetics and Human Evolution", en Bulletin of the
Atomic Scientists (octubre de 1996), p. 6; citado por
J. Rifkin, El siglo de la biotecnologías, Barcelona,
Crítica, 1999, p. 205.
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(*) Esther Díaz (esther.díaz@netex.com.ar)
es Dra. en Filosofía por la Facultad de Filosofía
y Letras, UBA; profesora en Filosofía por la
Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1973; e
investigadora Categoría 1 por el Programa Nacional
de Incentivos a la Investigación Científica
y Tecnológica. Título de la Tesis del
doctorado: "La ontología histórica
en la temática filosófica contemporánea.
Comunicación, poder y ética en la obra
de Michel Foucault", calificación: 10 (diez)
sobresaliente, 1991 (CV completo en http://www.estherdiaz.com.ar/academica.htm)
Comparte material publicado en su página (http://www.estherdiaz.com.ar/)
con MV Prensa desde octubre de 2006.
Fuente:
Página personal de la Dra. en Filosofía
Esther Díaz
http://www.estherdiaz.com.ar/
http://www.estherdiaz.com.ar/textos/histeria.htm
(Artículo)
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© MV Prensa / Noviembre de 2006
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