COACH | IV Parte
Una Confusión Básica
Por Ariel Goldvarg*



Dañinos Justicieros

Cuenta una historia que un hombre iba conduciendo su vehículo a gran velocidad por una autopista. Manejaba en zig-zag provocando la ira de los autos que pasaba. Los choferes hacían sonar sus bocinas en reclamo por la conducta imprudente del conductor.

En una curva un vehículo lo siguió hasta que logró pasarlo. Luego le cerró el paso, de tal forma que éste no tuvo otra opción que detenerse. Al hacerlo, quién le había cerrado el paso, se bajó de su vehículo y se dirigió hasta el auto del

hombre imprudente que, shokeado, le gritaba desde dentro. El interceptor, enfurecido, se acerco hasta él y le dijo:

-¿Tienes prisa, verdad?, ¿así que te crees el dueño de la calle?, ¡Te aseguro que ya no lo harás más!- y le disparo de muerte en la cabeza.

Lo que el asesino no llego a ver en su enojo fue que el imprudente hombre apurado llevaba en el asiento de atrás a su hijo enfermo en una emergencia hacia un hospital.

¿Se hizo justicia?, ¿Para quién?

El irascible hombre con sed de justicia solamente vio la irresponsabilidad del conductor. Nada más. Sus acciones fueron coherentes con su punto de vista. Faltaba información.

Si bien esta es una situación extrema, sirve perfectamente para graficar un mecanismo de conducta muy común en estos días. Percibimos algo injusto, apretamos los dientes y cerramos nuestra mente para luego lanzarnos en nombre de la justicia. No medimos los efectos de nuestras acciones y, cuando aparecen las consecuencias, el daño ya está hecho.

Hitler quiso hacer justicia para su pueblo y asesinó a seis millones de judíos. Ben Laden quiso hacer justicia para su gente y estrelló dos aviones llenos de personas. EEUU y su ideal de justicia durante la persecución comunista de mediados del siglo pasado (entre muchas otras). La lista es muy extensa.

Pero hay cosas más cotidianas que son también manifestaciones de esta Confusión Básica. ¿Cuáles son nuestras silenciosas acciones justicieras de cada día? Pensemos en nuestras parejas, nuestros empleos, nuestros pares, nuestra sociedad.
¿Están nuestras opiniones suficientemente fundamentadas detrás de cada "acto justiciero"?, ¿Cuáles son las consecuencias?
¿Cuántas veces les damos de probar de "su propia medicina" sin verificar los hechos o las intenciones? ¿Con qué resultados?, ¿Aportan una mejora en la relación o en la solución el conflicto?

Al final de cuentas cierta justicia termina resultando dañina.

Traslademos este mecanismo a nivel social y podremos reconocer personas que se hacen llamar comunicadores sociales, haciendo su propia justicia al frente de medios de comunicación sin tener muchas veces información fidedigna de lo que presentan.
Mezclan las cosas y "ponen en la misma bolsa" opiniones y descripciones de manera indiscriminada, confundiendo mas aún a la opinión pública.
¿Cuánta gente queda "pegada" sin tener nada que ver?

¿La justicia es ciega?, ¿En que sentido?, ¿Qué implicancias tiene esto?
¿Qué precio pagamos en nuestra convivencia como individuos y como sociedad, en nuestra confianza y nuestra dignidad viviendo bajo estos preceptos?
¿Cuáles son las consecuencias de accionar bajo el lema "Cueste lo que cueste y caiga quién caiga", u "Ojo por ojo, diente por diente"?

Si queremos que algo cambie, se me ocurre que primero deberíamos cambiar nosotros. Esto implica, entre otras cosas, tomar responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones.

Quizás una buena forma de empezar puede ser retomando dos acciones ya casi olvidadas que, por su simpleza y obviedad han caído casi en desuso. Tan simples como poderosas. Son dos palabras que sintetizan la esencia del respeto en nuestra convivencia social y el reconocimiento de la legitimidad del otro: GRACIAS y PERDÓN.

Hasta la próxima



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(*) Ariel Goldvarg (coach@mvprensa.com.ar) es Coach ontológico certificado y locutor nacional.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta junio de 2005







Imagen:
http://www.nozal.com

© MV Prensa / Junio de 2004



 


 
 
 
 
 
 
 


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