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Dañinos
Justicieros
Cuenta una historia que un hombre iba conduciendo su
vehículo a gran velocidad por una autopista. Manejaba
en zig-zag provocando la ira de los autos que pasaba.
Los choferes hacían sonar sus bocinas en reclamo por
la conducta imprudente del conductor.
En una curva un vehículo lo siguió hasta que logró pasarlo.
Luego le cerró el paso, de tal forma que éste no tuvo
otra opción que detenerse. Al hacerlo, quién le había
cerrado el paso, se bajó de su vehículo y se dirigió
hasta el auto del
hombre
imprudente que, shokeado, le gritaba desde dentro. El
interceptor, enfurecido, se acerco hasta él y le dijo:
-¿Tienes prisa, verdad?, ¿así que te crees el dueño
de la calle?, ¡Te aseguro que ya no lo harás más!- y
le disparo de muerte en la cabeza.
Lo que el asesino no llego a ver en su enojo fue que
el imprudente hombre apurado llevaba en el asiento de
atrás a su hijo enfermo en una emergencia hacia un hospital.
¿Se hizo justicia?, ¿Para quién?
El irascible hombre con sed de justicia solamente vio
la irresponsabilidad del conductor. Nada más. Sus acciones
fueron coherentes con su punto de vista. Faltaba información.
Si bien esta es una situación extrema, sirve perfectamente
para graficar un mecanismo de conducta muy común en
estos días. Percibimos algo injusto, apretamos los dientes
y cerramos nuestra mente para luego lanzarnos en nombre
de la justicia. No medimos los efectos de nuestras acciones
y, cuando aparecen las consecuencias, el daño ya está
hecho.
Hitler quiso hacer justicia para su pueblo y asesinó
a seis millones de judíos. Ben Laden quiso hacer justicia
para su gente y estrelló dos aviones llenos de personas.
EEUU y su ideal de justicia durante la persecución comunista
de mediados del siglo pasado (entre muchas otras). La
lista es muy extensa.
Pero hay cosas más cotidianas que son también manifestaciones
de esta Confusión Básica. ¿Cuáles son nuestras silenciosas
acciones justicieras de cada día? Pensemos en nuestras
parejas, nuestros empleos, nuestros pares, nuestra sociedad.
¿Están nuestras opiniones suficientemente fundamentadas
detrás de cada "acto justiciero"?, ¿Cuáles son las consecuencias?
¿Cuántas veces les damos de probar de "su propia medicina"
sin verificar los hechos o las intenciones? ¿Con qué
resultados?, ¿Aportan una mejora en la relación o en
la solución el conflicto?
Al final de cuentas cierta justicia termina resultando
dañina.
Traslademos este mecanismo a nivel social y podremos
reconocer personas que se hacen llamar comunicadores
sociales, haciendo su propia justicia al frente de medios
de comunicación sin tener muchas veces información fidedigna
de lo que presentan.
Mezclan las cosas y "ponen en la misma bolsa" opiniones
y descripciones de manera indiscriminada, confundiendo
mas aún a la opinión pública.
¿Cuánta gente queda "pegada" sin tener nada que ver?
¿La justicia es ciega?, ¿En que sentido?, ¿Qué implicancias
tiene esto?
¿Qué precio pagamos en nuestra convivencia como individuos
y como sociedad, en nuestra confianza y nuestra dignidad
viviendo bajo estos preceptos?
¿Cuáles son las consecuencias de accionar bajo el lema
"Cueste lo que cueste y caiga quién caiga", u "Ojo por
ojo, diente por diente"?
Si queremos que algo cambie, se me ocurre que primero
deberíamos cambiar nosotros. Esto implica, entre otras
cosas, tomar responsabilidad por las consecuencias de
nuestras acciones.
Quizás una buena forma de empezar puede ser retomando
dos acciones ya casi olvidadas que, por su simpleza
y obviedad han caído casi en desuso. Tan simples como
poderosas. Son dos palabras que sintetizan la esencia
del respeto en nuestra convivencia social y el reconocimiento
de la legitimidad del otro: GRACIAS y PERDÓN.
Hasta la próxima
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(*) Ariel Goldvarg (coach@mvprensa.com.ar) es
Coach ontológico certificado y locutor nacional.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta junio
de 2005
Imagen:
http://www.nozal.com
© MV Prensa / Junio de 2004
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