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La Isla de la Fantasía
Por Martín Muschietti*



Entre los periodistas que cubren el fútbol de ascenso circulan muchas historias sobre el estadio de San Telmo. Siempre hay alguien dispuesto a contar la experiencia terrible que le ha tocado vivir en Las Heras y Vieytes, en plena Isla Maciel. Al ritmo de la crisis social, el cuco de "La Isla" fue creciendo en los últimos años. Por eso, cuando Martín llamó aquel jueves para averiguar qué partido le tocaba el fin de semana, la respuesta que escuchó de Pablo Pisani, uno de sus jefes en Olé, lo dejó mudo: "Sábado, tres y media, tenés San Telmo y Flandria". Durante algunos segundos permaneció sin reaccionar, con el teléfono en la mano. Desde el otro lado de la línea, Pablo le preguntaba: "¿Estás ahí? Confirmame si podés". En ese instante, miles de excusas se le cruzaron por la cabeza. Algún casamiento inevitable, una ficticia enfermedad propia o de algún familiar no muy cercano como para no atraer a la desgracia. Pero no. Como si se le hubiera escapado, se oyó decir: "Sí, puedo".

El viernes previo al partido lo dedicó casi por entero a armar la logística para su excursión del sábado. Primero le pidió referencias a su amigo Joaquín, con un año más de experiencia en el ascenso, pero no fue muy buena idea. Volvió a oír historias de robos, de extravíos que derivaron en palizas, y hasta la de un pasante de Olé que había tenido que bancarse las cargadas de la bonaerense mientras rogaba que lo sacaran de la cancha en patrullero. Se preguntó si valía la pena todo ese quilombo por veinte pesos. Su propia respuesta, el cuento de que le servía para el curriculum, no lo convenció del todo.

Luego de comunicarse con la única remisería "autorizada" a hacer viajes en La Isla sin inconvenientes para sus vehículos, combinó un lugar y una hora. Sólo le quedaba esperar. El sábado, una vez que se subió al Renault 9 rojo, algo venido a menos, se dedicó a observar por la ventanilla en silencio. Desde el puente Avellaneda, La Isla dejó de ser una fantasía y se le hizo realidad. Ya no era más el montón de cuentos que los periodistas difunden. Era ese barrio muy humilde de Avellaneda, cercado por el Riachuelo, al norte, y la Autopista La Plata-Buenos Aires, al sur. Eran esas casitas bajas de material con sus angostas calles de tierra. Era la pobreza.

Del partido recuerda muy poco, sólo que San Telmo ganó 3 a 2. El entrenador de Flandria renunció tras la derrota, pero él se enteró una semana más tarde, cuando lo levantaron en peso porque Olé no había tenido la primicia. Poco le importó. El miedo paraliza. Por eso, cuando terminó el juego ni se le cruzó por la cabeza hacer vestuarios. Es que su preocupación se concentraba en la puerta de acceso de vehículos, donde el Renault 9 no lo estaba esperando. Entonces descubrió una casilla de madera, frente a la cancha, y se dio cuenta de que esa era la remisería que lo sacaría de allí. Ya en la "seguridad" de la redacción sintió culpa. Por sus prejuicios, por haber escapado tan rápidamente, por vivir bien cuando tantos otros viven mal. Tal vez, el miedo de ir a La Isla no sea solamente a sufrir un robo, sino a chocar con una realidad que duele.

 


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(*) Martín Muschietti (martinmuschietti@hotmail.com) es periodista.
Participa en MV Prensa desde abril de 2007



Imagen:
http://www.soydetelmo.com.ar/

© MV Prensa / Abril de 2007

 


 
 
 
 
 
 
 


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