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Entre
los periodistas que cubren el fútbol de ascenso
circulan muchas historias sobre el estadio de San Telmo.
Siempre hay alguien dispuesto a contar la experiencia
terrible que le ha tocado vivir en Las Heras y Vieytes,
en plena Isla Maciel. Al ritmo de la crisis social,
el cuco de "La Isla" fue creciendo en los
últimos años. Por eso, cuando Martín
llamó aquel jueves para averiguar qué
partido le tocaba el fin de semana, la respuesta que
escuchó de Pablo Pisani, uno de sus jefes en
Olé, lo dejó mudo: "Sábado,
tres y media, tenés San Telmo y Flandria".
Durante algunos segundos permaneció sin reaccionar,
con el teléfono en la mano. Desde el otro lado
de la línea, Pablo le preguntaba: "¿Estás
ahí? Confirmame si podés". En ese
instante, miles de excusas se le cruzaron por la cabeza.
Algún casamiento inevitable, una ficticia enfermedad
propia o de algún familiar no muy cercano como
para no atraer a la desgracia. Pero no. Como si se le
hubiera escapado, se oyó decir: "Sí,
puedo".
El
viernes previo al partido lo dedicó casi por
entero a armar la logística para su excursión
del sábado. Primero le pidió referencias
a su amigo Joaquín, con un año más
de experiencia en el ascenso, pero no fue muy buena
idea. Volvió a oír historias de robos,
de extravíos que derivaron en palizas, y hasta
la de un pasante de Olé que había tenido
que bancarse las cargadas de la bonaerense mientras
rogaba que lo sacaran de la cancha en patrullero. Se
preguntó si valía la pena todo ese quilombo
por veinte pesos. Su propia respuesta, el cuento de
que le servía para el curriculum, no lo convenció
del todo.
Luego
de comunicarse con la única remisería
"autorizada" a hacer viajes en La Isla sin
inconvenientes para sus vehículos, combinó
un lugar y una hora. Sólo le quedaba esperar.
El sábado, una vez que se subió al Renault
9 rojo, algo venido a menos, se dedicó a observar
por la ventanilla en silencio. Desde el puente Avellaneda,
La Isla dejó de ser una fantasía y se
le hizo realidad. Ya no era más el montón
de cuentos que los periodistas difunden. Era ese barrio
muy humilde de Avellaneda, cercado por el Riachuelo,
al norte, y la Autopista La Plata-Buenos Aires, al sur.
Eran esas casitas bajas de material con sus angostas
calles de tierra. Era la pobreza.
Del
partido recuerda muy poco, sólo que San Telmo
ganó 3 a 2. El entrenador de Flandria renunció
tras la derrota, pero él se enteró una
semana más tarde, cuando lo levantaron en peso
porque Olé no había tenido la primicia.
Poco le importó. El miedo paraliza. Por eso,
cuando terminó el juego ni se le cruzó
por la cabeza hacer vestuarios. Es que su preocupación
se concentraba en la puerta de acceso de vehículos,
donde el Renault 9 no lo estaba esperando. Entonces
descubrió una casilla de madera, frente a la
cancha, y se dio cuenta de que esa era la remisería
que lo sacaría de allí. Ya en la "seguridad"
de la redacción sintió culpa. Por sus
prejuicios, por haber escapado tan rápidamente,
por vivir bien cuando tantos otros viven mal. Tal vez,
el miedo de ir a La Isla no sea solamente a sufrir un
robo, sino a chocar con una realidad que duele.
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(*)
Martín Muschietti (martinmuschietti@hotmail.com)
es periodista.
Participa en MV Prensa desde abril de 2007
Imagen:
http://www.soydetelmo.com.ar/
©
MV Prensa / Abril de 2007
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