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Sus
faroles verdes opacaban el brillo característico
de la noche porteña en los años 30.
Su
voz de mezo soprano había conquistado a todos.
Cautivaba a cada paso: sus canciones, su figura, sus
caprichos de diva, le daban el glamour necesario para
volverse la cancionista mas codiciada de la época.
Ada
Falcón nació un 17 de agosto de 1905.
Once años después debutó en los
teatros cantando tonadillas españolas. Para entonces,
la apodaban la joyita Argentina.
A
los 14 fue actriz en la película muda El festín
de los caranchos.
Ya
en 1929 su voz se volvió la más buscada
por las radios y sus ingresos, los mas elevados de la
época.
En
la misma proporción que trepaba su popularidad,
lo hacía su divismo estilo Holywood.
Vivía
en una casa lujosa de tres plantas en Palermo chico,
rodeada de sirvientes, joyas y pieles. Cuenta la leyenda
que al finalizar su baño de espumas paseaba en
su automóvil descapotable para secar su pelo.
Su
personalidad rebelde la diferenciaba del resto de las
artistas de la época. Si el talento y belleza
que tenía la acercaron al estrellato en su carrera
a la fama, su amor prohibido la llevó a estar
en boca de todos.
A
Ada le sobraban pretendientes. Discepolín había
jurado: "Es tan divina que duele mirarla".
También se comentó hasta el cansancio
que el Maharajá de Kapurtala en una visita relámpago
a Buenos Aires, enamorado de esos ojos, le regaló
un diamante haciendo juego.
Francisco
Canaro, el gran director de orquesta y empresario musical,
también fue cautivado por la diva, pero esta
vez el mundo dejó de dar vueltas: ella eligió
quererlo. Vivieron un apasionado romance. Él,
perdido, financiaba joyas, autos y la elevaba en su
carrera musical. Ella, devolvía en amor. Pero,
como en los grandes teleteatros, aquel idilio terminó
en tragedia.
Canaro
era casado y dejar a su esposa le significaría
la ruina financiera.
Ada
se llenó de tristeza.
Se
encerró en su palacete de Palermo y solo salía
para ir a la iglesia de Pompeya. Se vestía toda
de negro, usaba turbante y guantes blancos, y entraba
y salía del templo arrodillada.
Sus
presentaciones eran cada vez más esporádicas,
poco a poco se fue alejando de la música. Sólo
cantaba en la radio separada de sus músicos por
una cortina.
Mientras
tanto, su misticismo religioso iba creciendo. Rezaba
continuamente. Aseguraba haber sido visitada por Jesucristo.
Así, empezó a sentir rechazo por la ostentación
y lo mundano y comenzó a hacer votos de pobreza.
Remató
su grandiosa casa, sus autos, sus joyas y muerta de
pena buscó refugio en Dios.
En
1942 el destino la condujo al pueblito cordobés
de Salsipiuedes.
Con
su corazón a cuestas, vivió encerrada,
en un convento durante 60 años.
Murió
el 4 de enero de 2002, despojada de todo lujo.
La
última estrofa del tango envidia que ella sabía
entonar de manera impecable rezaba: "Envidia, envidia
tengo en mi seno, envidia del que a tu lado es feliz
por ser amado mientras muerdo mi pasión".
El
17 de agosto de 2005 se cumplieron 100 años del
nacimiento de Ada Falcón, la emperatriz del tango.
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(*) Alejandro Cannizzaro (acannizzaro@mvprensa.com.ar)
es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta agosto
de 2006
Imágenes:
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http://66.116.134.119/locaweb/
© MV Prensa / Noviembre de 2005
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