COLOR | Ada Falcón
Ojos de diamante
Por Alejandro Cannizzaro*



Sus faroles verdes opacaban el brillo característico de la noche porteña en los años 30.

Su voz de mezo soprano había conquistado a todos. Cautivaba a cada paso: sus canciones, su figura, sus caprichos de diva, le daban el glamour necesario para volverse la cancionista mas codiciada de la época.

Ada Falcón nació un 17 de agosto de 1905. Once años después debutó en los teatros cantando tonadillas españolas. Para entonces, la apodaban la joyita Argentina.

A los 14 fue actriz en la película muda El festín de los caranchos.

Ya en 1929 su voz se volvió la más buscada por las radios y sus ingresos, los mas elevados de la época.

En la misma proporción que trepaba su popularidad, lo hacía su divismo estilo Holywood.

Vivía en una casa lujosa de tres plantas en Palermo chico, rodeada de sirvientes, joyas y pieles. Cuenta la leyenda que al finalizar su baño de espumas paseaba en su automóvil descapotable para secar su pelo.

Su personalidad rebelde la diferenciaba del resto de las artistas de la época. Si el talento y belleza que tenía la acercaron al estrellato en su carrera a la fama, su amor prohibido la llevó a estar en boca de todos.

A Ada le sobraban pretendientes. Discepolín había jurado: "Es tan divina que duele mirarla". También se comentó hasta el cansancio que el Maharajá de Kapurtala en una visita relámpago a Buenos Aires, enamorado de esos ojos, le regaló un diamante haciendo juego.

Francisco Canaro, el gran director de orquesta y empresario musical, también fue cautivado por la diva, pero esta vez el mundo dejó de dar vueltas: ella eligió quererlo. Vivieron un apasionado romance. Él, perdido, financiaba joyas, autos y la elevaba en su carrera musical. Ella, devolvía en amor. Pero, como en los grandes teleteatros, aquel idilio terminó en tragedia.

Canaro era casado y dejar a su esposa le significaría la ruina financiera.

Ada se llenó de tristeza.

Se encerró en su palacete de Palermo y solo salía para ir a la iglesia de Pompeya. Se vestía toda de negro, usaba turbante y guantes blancos, y entraba y salía del templo arrodillada.

Sus presentaciones eran cada vez más esporádicas, poco a poco se fue alejando de la música. Sólo cantaba en la radio separada de sus músicos por una cortina.

Mientras tanto, su misticismo religioso iba creciendo. Rezaba continuamente. Aseguraba haber sido visitada por Jesucristo.
Así, empezó a sentir rechazo por la ostentación y lo mundano y comenzó a hacer votos de pobreza.

Remató su grandiosa casa, sus autos, sus joyas y muerta de pena buscó refugio en Dios.

En 1942 el destino la condujo al pueblito cordobés de Salsipiuedes.

Con su corazón a cuestas, vivió encerrada, en un convento durante 60 años.

Murió el 4 de enero de 2002, despojada de todo lujo.

La última estrofa del tango envidia que ella sabía entonar de manera impecable rezaba: "Envidia, envidia tengo en mi seno, envidia del que a tu lado es feliz por ser amado mientras muerdo mi pasión".

El 17 de agosto de 2005 se cumplieron 100 años del nacimiento de Ada Falcón, la emperatriz del tango.




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(*) Alejandro Cannizzaro (acannizzaro@mvprensa.com.ar) es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta agosto de 2006



 


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© MV Prensa / Noviembre de 2005

 


 
 
 
 
 
 
 


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