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10º
Edición del FBA, viernes 2 de septiembre,
Predio Ferial de Palermo
Champán,
Tía María y Baileys se mezclan con manzanas
chic, canapés diet y sonrisas Kolinos. Salvo
las promotoras, que observan todo con indiferencia y
extraña molestia -tal vez heridas en su ego por
no ser oficialmente las más lindas del recinto-,
acá todos se quieren. Y mucho. La moda convoca.
Este no es un descubrimiento, pero sí algo revelador:
entre seguidores, rebeldes, innovadores y detractores,
todos hablan de ella.
Los primeros dos desfiles del día no atraen mucha
gente. Puede que entre las cuatro y las seis de la tarde,
normalmente horario laboral, incluso a los que gustan
de estos espectáculos se les complique su asistencia;
o que las marcas Araceli Pourcel y Ffiocca no conquisten
a más de 200 personas cada una.
Pero esto no es señal de fracaso. En el salón
Amarillo de la Rural, cada vez hay más risitas
y licores Bacardi para sostenerlas. En este evento cuesta
encontrar personas con talante preocupado; si no se
ven los dientes, aparecen leves muecas y miradas concentradas
en un punto "x" del horizonte. Ah
el
glamour.
Más tarde, tan imperturbables como los Granaderos,
pero con un poco mas de gracia, las modelos lucen la
ropa de Dot en la sala 3. Polleras y bombachones, camisolas,
tacos y aros, con la forma y el tamaño de pequeñas
bolas de bowling doradas, desfilan como si realmente
alguien, alguna heroica vez, pudiera, como ellas, salir
a la calle con todos esos accesorios juntos. Más
de quinientas personas -mujeres y hombres, jóvenes
y no tanto-, aplauden la marcha triunfal de las pelotas
colgadas de las orejas. No importa qué se pongan,
sino que se animen y lo muestren con orgullo.
Al cabo del cuarto desfile, los espectadores tienen
varias alternativas. Pueden visitar los stands de las
revistas Elle o Para Ti, o averiguar sobre las comodidades
que el Hotel Caesar Park brinda. También, preguntar
por los atributos del Peugeot 206 allí expuesto,
u observar la alegría acalambrada de la promotora,
que lleva más de dos horas plantada junto a la
puerta delantera del auto.
Pero
falta la presentación principal: Laura Valenzuela
y sus 20 chiquis (de un metro ochenta la más
baja) La preparación para esta pasada incluye
diez estilistas; diez maquilladoras, que también
son manicuras; cinco vestuaristas y cinco asistentes,
tan nerviosas como su jefa, la "principal",
que en momento alguno ha dejado de trotar. Fotógrafos,
camarógrafos, el equipo del catering y voyeurs
completan la escenografía de los cien metros
cuadrados destinados al espacio del backstage.
Asombra ver cómo esas mujeres, sin mejores atributos
físicos que algunas de las maquilladoras, se
producen y transforman en divas adelante de todos: del
jeans y las zapatillas rotas al vestido de seda.
La sala 1 espera, junto a dos mil personas, el plato
fuerte de la noche. La gente de prensa, antes simpática
y conversadora, revela las garras y cuida su espacio
con el celo típico de las bestias.
Con paso seguro, y cierto estilo de garza circunspecta,
una a una las chicas muestran el diseño Valenzuela.
No se nota si les gusta o repugna lo que lucen; podrían
estar ahí, cerrando el primer día de desfiles,
o mirando el dorso de una lata de zanahorias en el supermercado.
Como los jugadores de póquer, jamás dejarían
ver lo que piensan o sienten. Parece tan evidente: la
moda llama e importa por la apariencia, sobre todo en
la pasarela.
(Vea también Ensayo
Fotográfico del Primer día del Fashion
Buenos Aires)
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(*) Tomás Vela (tomasvela@mvprensa.com.ar) es
periodista y fotógrafo.
Fundó y dirige MV Prensa desde abril de 2004.
Imágenes:
Tomás Vela
©
MV Prensa / Septiembre de 2005
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