COLOR | Una ficción de sus últimas horas
A siete años de la muerte
de Alfredo Yabrán
Por Nicolás Gasparotto*



Se despertó temprano, llamó a su mayordomo Leonardo y le pidió un café fuerte. Pensó en su infancia, en Larroque, el pueblo de Entre Ríos que lo había tenido como ayudante de panadería y vendedor de máquinas de escribir. Cuando terminó de vestirse, miró una amarillenta foto familiar. Nayib, su padre peluquero, abrazaba a un nene de ojos celestes sonrientes y despreocupados.

Desde el 5 de mayo, Yabrán se encontraba escondido en la estancia "San Ignacio", a 70 kilómetros de su pueblo natal.
"Don Alfredo", como le decían los lugareños, intentó comunicarse con Héctor Colella. La noche del 19, Yabrán ya le había pedido que se ocupara de sus
negocios y de su fortuna porque iba a estar "ausente por un tiempo". Como el teléfono daba ocupado, se fue al campo a cazar. Mientras tanto, la Policía allanaba siete estancias en busca del dueño de "Yabito S.A. Explotaciones Agropecuarias", "Taxis Aéreos Lanolec S.A." e "Inmobiliarias Aylmer".

Ese 20 de mayo (de 1998) había comenzado frío, con baja sensación térmica y muy mala caza.

A las 11:30, alertados por un llamado anónimo, unos 15 policías llegaron a "San Ignacio". Yabrán, mientras comía una picada, los vio enfilar rumbo al casco de la estancia.

Le pidió al mayordomo "que los frenara" y se escondió en el baño de su dormitorio. Antes de cerrar la puerta con llave, agarró su escopeta rusa.

Por dentro maldijo furioso al juez José Macchi y a Silvia Belawsky, la mujer de Gustavo Pellezo, el hombre que participó del crimen del reportero gráfico José Luis Cabezas. Belawsky había declarado que Alfredo Yabrán "le encargó a su marido el asesinato de Cabezas".

Casi una hora después, unos pasos intentaron abrir la puerta de la habitación. Yabrán, transpirando frío, se dedujo condenado por la opinión pública y por los políticos. Se rió al repasar las veces que fue a la Casa de Gobierno, las manos estrechadas, las reuniones de compromiso.

Se sentó en el borde de la bañera, las imágenes de sus hijos y su mujer lo asaltaron rápido. Levantó la escopeta Baikal 12/70 y la trabó contra el inodoro. Los policías, finalmente, abrieron la puerta.

Se lamentó por haber afirmado, en cierta oportunidad, que "tener poder es tener impunidad". No soportó ver su imagen reflejada en el espejo y bajó la vista. Tragó saliva espesa y se puso el caño del arma en la boca pastosa.

A las 12:30, más de treinta perdigones terminaron con la vida de "don Alfredo", del "capo mafia", de Yabrán.

Los policías lo encontraron sobre un charco de sangre, irreconocible, sólo un análisis posterior de ADN confirmó que ese cuerpo era Alfredo Enrique Nallib Yabrán.

De chico le decían "Quico" y quería ser un gran actor.


Publicado originalmente en Mondo Kronhela Literatura (www.nuevaliteratura.com.ar)



(*) Nicolás Gasparotto (mondo@tea.edu) trabaja en el Taller Escuela Agencia (TEA)
desde 2000 y es director de la editorial Mondo Kronhela Literatura que publica trabajos
escritos por autores nóveles.



Imagen:
http://www.todo-argentina.net/

© MV Prensa / Mayo de 2005

 


 
 
 
 
 
 
 


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