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Se
despertó temprano, llamó a su mayordomo
Leonardo y le pidió un café fuerte. Pensó
en su infancia, en Larroque, el pueblo de Entre Ríos
que lo había tenido como ayudante de panadería
y vendedor de máquinas de escribir. Cuando terminó
de vestirse, miró una amarillenta foto familiar.
Nayib, su padre peluquero, abrazaba a un nene de ojos
celestes sonrientes y despreocupados.
Desde el 5 de mayo, Yabrán se encontraba escondido
en la estancia "San Ignacio", a 70 kilómetros
de su pueblo natal.
"Don Alfredo", como le decían los lugareños,
intentó comunicarse con Héctor Colella.
La noche del 19, Yabrán ya le había pedido
que se ocupara de sus negocios
y de su fortuna porque iba a estar "ausente por
un tiempo". Como el teléfono daba ocupado,
se fue al campo a cazar. Mientras tanto, la Policía
allanaba siete estancias en busca del dueño de
"Yabito S.A. Explotaciones Agropecuarias",
"Taxis Aéreos Lanolec S.A." e "Inmobiliarias
Aylmer".
Ese 20 de mayo (de 1998) había comenzado frío,
con baja sensación térmica y muy mala
caza.
A las 11:30, alertados por un llamado anónimo,
unos 15 policías llegaron a "San Ignacio".
Yabrán, mientras comía una picada, los
vio enfilar rumbo al casco de la estancia.
Le pidió al mayordomo "que los frenara"
y se escondió en el baño de su dormitorio.
Antes de cerrar la puerta con llave, agarró su
escopeta rusa.
Por dentro maldijo furioso al juez José Macchi
y a Silvia Belawsky, la mujer de Gustavo Pellezo, el
hombre que participó del crimen del reportero
gráfico José Luis Cabezas. Belawsky había
declarado que Alfredo Yabrán "le encargó
a su marido el asesinato de Cabezas".
Casi una hora después, unos pasos intentaron
abrir la puerta de la habitación. Yabrán,
transpirando frío, se dedujo condenado por la
opinión pública y por los políticos.
Se rió al repasar las veces que fue a la Casa
de Gobierno, las manos estrechadas, las reuniones de
compromiso.
Se sentó en el borde de la bañera, las
imágenes de sus hijos y su mujer lo asaltaron
rápido. Levantó la escopeta Baikal 12/70
y la trabó contra el inodoro. Los policías,
finalmente, abrieron la puerta.
Se lamentó por haber afirmado, en cierta oportunidad,
que "tener poder es tener impunidad". No soportó
ver su imagen reflejada en el espejo y bajó la
vista. Tragó saliva espesa y se puso el caño
del arma en la boca pastosa.
A las 12:30, más de treinta perdigones terminaron
con la vida de "don Alfredo", del "capo
mafia", de Yabrán.
Los policías lo encontraron sobre un charco de
sangre, irreconocible, sólo un análisis
posterior de ADN confirmó que ese cuerpo era
Alfredo Enrique Nallib Yabrán.
De chico le decían "Quico" y quería
ser un gran actor.
Publicado
originalmente en Mondo Kronhela Literatura (www.nuevaliteratura.com.ar)
(*) Nicolás Gasparotto (mondo@tea.edu)
trabaja en el Taller Escuela Agencia (TEA)
desde 2000 y es director de la editorial Mondo Kronhela
Literatura que publica trabajos
escritos por autores nóveles.
Imagen:
http://www.todo-argentina.net/
©
MV Prensa / Mayo de 2005
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