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La
crisis matrimonial tuvo que terminar definitivamente
con la pareja para que los sobrinos supieran, recién
ahora, cuál había sido el destino de José.
La separación llegó precipitadamente, sin anticipos,
como suele ocurrir con las novedades de alto impacto.
Fue una decisión difícil de tomar, dijeron en la familia,
pero madurada, en las sombras, durante
varios años.
Los abuelos se preocuparon desde un primer momento en
remarcar que no había sido un arrebato, que los tíos
sabían lo que hacían. Así, se iban tan atrás en el tiempo
para reforzar su objetivo, que daban a entender, en
definitiva, que los tíos no habrían hecho otra cosa
durante su matrimonio que no fuese pensar en separarse.
En este contexto de confusión, en el que los protagonistas
-para colmo- aún no daban la cara para contar su noticia,
los sobrinos construyeron y organizaron un cúmulo de
inquietudes, en busca de una explicación. El ímpetu
de los chicos por llegar desesperadamente a una conclusión,
estaba alimentado, en un principio, por la frustración
de sentirse poco familiarizados con sus tíos, a pesar
de haber compartido toda su vida junto a ellos. ¿Cómo
no la habían previsto? O, lo que era peor, ¿por qué
resultaba imposible entender el fin de la relación?
Su insistencia, empujada por la más pura ingenuidad,
conseguiría, finalmente, no sólo revelar la trama de
la ruptura, sino completar su propia realidad.
Mientras serios y adultos debates dominaban las reuniones,
discutiendo acerca de cómo serían los próximos cumpleaños,
de quién de los dos dejaría la casa de siempre y con
quién se quedaría su hijo, el tío Víctor sufrió un repentino
brote de confesión. Su ánimo había percibido la necesidad
de sus sobrinos por aceptar la decisión, para lo cual
resultaba imprescindible revelar la verdad.
Él se cansó de que Sonia, la tía, lo ignore sistemáticamente,
pendiente por atender a su madre. Es que Berta sufre
periódicamente, a cada minuto, el tortuoso e incontenible
flujo de su cruel imaginación, inspirada por la duda
que disparó la desaparición de su hijo José en 1977,
un mes antes de que los tíos tengan a Sebastián.
Ahora sí, los chicos alcanzaban, accidentalmente, la
verdad. Delante suyo quedaba expuesto el motor del matrimonio:
la histórica obligación de Víctor, asumida por las circunstancias,
de acompañar el dolor, en perjuicio de su propia vida.
Cuando Berta aquejaba una enfermedad, cuando Sonia no
acariciaba a su marido, o cuando el tío simplemente
callaba, se imponía, en silencio, el recuerdo de José,
la condena que Víctor estaba dejando atrás.
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(*) Javier Monti (jmonti@mvprensa.com.ar) es
periodista.
Participa en MV Prensa desde la fundación del medio,
en abril de 2004.
Imagen:
http://www.montesanosalentino.com/
© MV Prensa / Mayo de 2004
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