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La
parroquia San Francisco Solano, ubicada en la calle
Zelada 4771 del barrio porteño de Mataderos, es un edificio
de pequeñas dimensiones, con paredes revestidas de cemento
y una gran puerta de madera. Poca ostentación, poco
lujo, hay en esta casa de Dios, otro de los tantos hogares
donde el Señor, por intermedio de un presbítero, entra
en dialogo con sus fieles.
El 11 de mayo de 1974 el
papel de intermediario en San Francisco Solano era desempeñado
por el Padre Carlos Mugica, pero esta tarea sería interrumpida.
Al salir de la parroquia, tras celebrar la misa, cinco
tiros de ametralladoras acabaron con su vida. El asesino
fue Rodolfo Eduardo Almirón, jefe de tareas de la Alianza
Anticomunista Argentina, más conocida como la triple
A.
Mugica pertenecía al Movimiento de Sacerdotes para el
Tercer Mundo (M.S.T.M.) y era uno de los llamados "curas
villeros". Su tarea solidaria era intensa y había despertado
tanto amor en mucha gente como odio en otra. El Arzobispo
Juan Carlos Aramburu, luego del crecimiento en el país
del M.S.T.M. prohibió cualquier tipo de participación
en política a los curas de su Arquidiócesis.
El profundo vínculo que Mugica había establecido con
la gente pobre provocó la indignación de la AAA, que
no tardó en catalogarlo de comunista. En esa mañana
del once de mayo, mientras la gente esperaba el otoño
y el tercer mandato del general Juan Domingo Perón sería
interrumpido por su muerte dos meses después, la Argentina
desayunaba con la noticia que anunciaba el asesinato
del "cura villero". Dos años antes de su muerte, Mugica
declaró:
"Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su
iglesia, luchando junto a los pobres por su liberación.
Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco,
de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición".
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(*) Alejandro Cannizzaro (acannizzaro@mvprensa.com.ar)
es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta agosto
de 2006
Imagen:
Tomás Vela
© MV Prensa / Mayo de 2004
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