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El
mundo, según Camilo, se puede recorrer caminando. Le
llevaría una hora, más o menos, si lo hiciera a "paso
firme". Sin embargo, no es lo que más le gusta. Prefiere
ir despacio porque todos lo hacen así en Iruya, desde
siempre.
Como cada día, hoy recorrió el mundo de punta a punta,
desde el mirador de la cruz, a 800 metros de altura,
bajando por la barranca hasta llegar al río marrón que
nunca deja de sonar, trayendo agua cargada de barro
desde la montaña.
Camilo no está cansado pero sí pensativo.
Está sentado frente a la iglesia del pueblo, construida
en el siglo XVIII. Desde allí puede ver a una anciana
caminando con un niño en su espalda,
una tradición de miles de años de antigüedad.
En su corto camino de hoy, en su vuelta al mundo, un
visitante le contó una historia fantástica del lugar
de donde venía, de esas que está acostumbrado a escuchar.
A Camilo le gustan este tipo de relatos pero jura que
nunca creyó en ninguno de ellos. No vale la pena, piensa.
Al fin de cuentas nada de lo que no haya visto en el
mundo, su mundo, podría pasar. El paisaje de montañas
que lo rodea esconde sólo un lugar en el que viven los
turistas, decía siempre su padre. Lo único que ha escuchado
sobre aquél sitio son bonitas y cautivantes mentiras
que le cuentan los extraños que llegan hasta aquí. Él
no pertenece a ese lugar.
Aquél hombre que cruzó hoy había sido muy amable con
él, le contó a su madre. Ella lo escuchó desinteresada
para luego decirle casi por reflejo: "No creas nada
de eso hijo". Lo normal.
Camilo, sin decirlo, admiraba profundamente a su madre
por este tipo de respuestas. Ella es tan fuerte que
nunca permite dejarse engañar por nadie y, además, su
fuerza es tan grande como para transmitirle la seguridad
suficiente para salvarlo de caer en las mentiras de
los extraños.
Desaparece el sol y todavía piensa. Nunca le había sucedido.
Aquél turista fue algo distinto. No puede explicar porqué,
pero está convencido que aquél hombre pertenece a su
mundo también, que su mundo es aún más grande de lo
que él pensaba. Aquél hombre no mintió, se repetía,
le había dicho la verdad. Lo sentía inevitablemente.
Ahora imagina que algo de todo eso que escuchó durante
sus cuatro años puede existir detrás de las montañas.
En realidad, no sólo imagina esos aviones, montañas
de hielo, océanos, y demás fenómenos, sino que incluso
intenta acostumbrarse a un mundo nuevo, ampliado. Aquél
hombre, por lo menos, no había mentido y no importaba
que sus padres intentaran ahogar una nueva ilusión de
creer en las historias de afuera. Ya no.
Camilo volvía a su casa siguiendo, una vez más, el mismo
camino, que ya no sería el único que imaginaría. Regresaba
seguro de tener que prepararse para conocer su nuevo
mundo. Sabía que ya no podría hacerlo caminando.
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(*) Javier Monti (jmonti@mvprensa.com.ar) es
periodista.
Participa en MVPrensa desde la fundación del medio,
en abril de 2004.
Imagen:
http://www.telpin.com.ar/
© MV Prensa / Junio de 2004
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