COLOR |
Más allá de Iruya
Por Javier Monti*



El mundo, según Camilo, se puede recorrer caminando. Le llevaría una hora, más o menos, si lo hiciera a "paso firme". Sin embargo, no es lo que más le gusta. Prefiere ir despacio porque todos lo hacen así en Iruya, desde siempre.

Como cada día, hoy recorrió el mundo de punta a punta, desde el mirador de la cruz, a 800 metros de altura, bajando por la barranca hasta llegar al río marrón que nunca deja de sonar, trayendo agua cargada de barro desde la montaña.

Camilo no está cansado pero sí pensativo.

Está sentado frente a la iglesia del pueblo, construida en el siglo XVIII. Desde allí puede ver a una anciana caminando con un niño en su espalda, una tradición de miles de años de antigüedad.

En su corto camino de hoy, en su vuelta al mundo, un visitante le contó una historia fantástica del lugar de donde venía, de esas que está acostumbrado a escuchar. A Camilo le gustan este tipo de relatos pero jura que nunca creyó en ninguno de ellos. No vale la pena, piensa. Al fin de cuentas nada de lo que no haya visto en el mundo, su mundo, podría pasar. El paisaje de montañas que lo rodea esconde sólo un lugar en el que viven los turistas, decía siempre su padre. Lo único que ha escuchado sobre aquél sitio son bonitas y cautivantes mentiras que le cuentan los extraños que llegan hasta aquí. Él no pertenece a ese lugar.

Aquél hombre que cruzó hoy había sido muy amable con él, le contó a su madre. Ella lo escuchó desinteresada para luego decirle casi por reflejo: "No creas nada de eso hijo". Lo normal.

Camilo, sin decirlo, admiraba profundamente a su madre por este tipo de respuestas. Ella es tan fuerte que nunca permite dejarse engañar por nadie y, además, su fuerza es tan grande como para transmitirle la seguridad suficiente para salvarlo de caer en las mentiras de los extraños.

Desaparece el sol y todavía piensa. Nunca le había sucedido. Aquél turista fue algo distinto. No puede explicar porqué, pero está convencido que aquél hombre pertenece a su mundo también, que su mundo es aún más grande de lo que él pensaba. Aquél hombre no mintió, se repetía, le había dicho la verdad. Lo sentía inevitablemente.

Ahora imagina que algo de todo eso que escuchó durante sus cuatro años puede existir detrás de las montañas. En realidad, no sólo imagina esos aviones, montañas de hielo, océanos, y demás fenómenos, sino que incluso intenta acostumbrarse a un mundo nuevo, ampliado. Aquél hombre, por lo menos, no había mentido y no importaba que sus padres intentaran ahogar una nueva ilusión de creer en las historias de afuera. Ya no.

Camilo volvía a su casa siguiendo, una vez más, el mismo camino, que ya no sería el único que imaginaría. Regresaba seguro de tener que prepararse para conocer su nuevo mundo. Sabía que ya no podría hacerlo caminando.






-----

(*) Javier Monti (jmonti@mvprensa.com.ar) es periodista.
Participa en MVPrensa desde la fundación del medio, en abril de 2004.






Imagen:
http://www.telpin.com.ar/

© MV Prensa / Junio de 2004



 
 
 
 
 
 
 


® Copyright 2004 MV PRENSA | Todos los derechos reservados
Sitio desarrollado por SYS Informática