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En
la casa de Loreley hay pipas de diferentes tamaños y
colores, muchos frasquitos, sahumerios, ceniceros, dibujos,
un balcón con tres potus y cuatro plantas de marihuana.
En el living, un televisor que porta una quemadura con
GHB, un equipo de música, naipes, papeles, lápices,
acuarelas, óleos, acrílicos, y tijeras. Un puff de cuero
negro, un colchón-sillón, una mesa con dos sillas, y
la
compu con scanner y todo. En la habitación hay dos colchones
de una plaza tirados en el piso y enfrentados a dos
cómodas de cedro. Pañuelos de colores, cinturones, aros,
aritos, pulseras, cofrecitos y pastilleros de abuela.
También hay un novio baterista que se llama Christian
y que, de vez en cuando, tiene que recoger las cosas
que ella tira cuando se enoja por la ventana del cuarto
piso "C" Torre Sur.
Hasta hace siete meses, Loreley vivía con la mamá. Pero
la progenitora se fue y le dejó el departamento, los
servicios pagos todos los meses y 200 pesos para gastos.
Cuando se ven se pelean. Cuando hablan por teléfono
también. Loreley comenzó a drogarse a los 13 años con
los tranquilizantes de su mamá. En esa época la señora
era testigo de Jehová y no la dejaba prender sahumerios
ni jugar al juego de la copa. No festejaba navidad con
su hija y tampoco tomaba alcohol. Loreley tuvo que aprender
usos y costumbres de esa creencia para decidir que no
iba a comulgar. Prefirió fumar marihuana y escuchar
Sumo. También tomó cocaína hasta los 20, se fue de la
casa y decidió hacer un tratamiento ambulatorio.
Con ayuda de sus amigas, y mucho esfuerzo personal,
dejó de consumir cocaína.
Alcohol nunca tomó. En el '98 se fue a vivir con un
amigo travesti. Salió con chicas, salió con chicos.
Se fue a vivir a Buenos Aires. Cambió el rocanrol por
el brillo y el punchi punchi de la música electrónica,
aunque en su casa todavía se escucha Divididos. En capital
probó GHB y consumió eso hasta que conoció la ketamina.
La droga ideal. La relaja, puede soñar despierta, le
saca la ansiedad, no tiene que escuchar a su mamá. Esa
mamá que ya no es testigo de Jehová, la que ahora mira
videos del gurú Maharashi y dice que Loreley nació porque
quiso y que todos nacemos porque queremos, que somos
una lucecita que anda dando vueltas hasta que decide
nacer. Loreley se ríe por no llorar.
En el 2002 se internó en el CENARESO (Centro Nacional
de Rehabilitación Social) No sabían como atenderla.
Era la primera persona que el centro recibía por adicción
a la ketamina.
Llegó el 8 de julio acompañada por su mamá. Conocía
el lugar porque su papá había estado internado ahí durante
los años '80. Cuando ella lo visitaba tenía ocho años.
Nunca se olvidó de ese lugar, que a diferencia de su
papá, todavía está. Murió cuando ella tenía 19. Dice
que la última vez que lo vio no parecía un papá: "Parecía
mi novio".
Después de varios días de angustia, quince cortaduras
de tijera en los antebrazos y un intento de suicidio,
Loreley decidió que lo mejor era parar un poco con la
ketamina. "¿Sabés los centros de rehabilitación que
conozco? Ninguno me gustó, jamás. Pero me acordaba que
mi vieja siempre decía que en materia de adicciones
el CENARESO era lo mejor. Además está bueno, tenés un
parque gigante, te dopan todo el día y no tenés que
hacer las boludeces que te dicen si no tenés ganas de
hacerlas. Es algo más libre."
Habla de su internación como de un retiro espiritual
o de una temporada en un Spa. Como si fuera algo de
todos los días.
Cuenta todo con gracia, jocosa, quizás para que duela
menos. Porque dolor físico sintió. Mucho. "Lo peor es
la abstinencia. Parece que la ketamina se aloja en los
huesos y cuando dejás de consumirla por un tiempo parece
que te los perforara. Lloraba de dolor, me arrastraba
pidiendo más calmantes porque me punzaba todo el cuerpo.
Ni la abstinencia de la merca es tan jodida" cuenta
Loreley cigarrillo en mano.
Salió del centro en noviembre de 2002. Entre julio y
noviembre sólo podía recibir la visita de parientes.
Su mamá iba los lunes para la terapia grupal, y su abuela
los viernes, pero sólo para charlar y llevarle regalitos.
Lo más preciado son las golosinas. También podía recibir
cartas y regalos de amigos. Los paquetes con regalos
eran revisados previamente por los enfermeros, las cartas
no.
El CENARESO está dividido en pabellones femeninos y
masculinos que a su vez tiene separados por categorías
a los internos. Están los crónicos, los que salen a
trabajar de día y vuelven por la noche, los que recién
entran y los reincidentes. No todos pueden tener contacto.
Comparten el parque y el comedor. A veces en diferentes
turnos.
Después del primer tortuoso mes de estar internada Loreley
pudo salir un fin de semana. Fue a La Plata a la casa
de su mamá, que había invitado a almorzar a tres de
sus amigos para darle la sorpresa. Se puso tan contenta
que después de comer quiso ir a pasear con ellos. Fueron
a Plaza Italia y pasaron una tarde muy tranquila. El
detalle es que Loreley compró a escondidas veinticinco
pesos de porro. Nadie lo notó ni sospechó nada. El domingo
volvió al centro de rehabilitación y pasó la marihuana
exitosamente escondida en su corpiño. Hasta que dos
días después encontraron a otra interna fumándolo en
el baño. Dijo que se lo había dado Loreley, que indignada
con su compañera tuvo que entregar el botín y padecer
el castigo de no volver a salir hasta recuperar la confianza
perdida. A la otra chica la echaron.
Loreley sólo sonríe con la boca. Con los ojos no. Conoce
mucha gente, tiene algunos buenos amigos. Los mismos
desde hace diez años. Antes su casa era un desfile de
travestis, maricas, modernos, lesbianas, intelectuales,
rolingas y otras yerbas. Los echó a todos. Se quedó
con los más amigos. Dice que no quiere que le vuelen
la cabeza.
Christian toca Desearía que estuvieras aquí de Pink
Floyd en la guitarra y la mira, como asustado, desde
el puff del living mientras ella cuenta sus aventuras
con la keta. Él no se droga. Nunca lo hizo. Dice que
no lo tienta. También dice que no le molesta que Loreley
lo haga, siempre y cuando no se raye. Si se pone como
loca, no. Que además ya la conoció así.
Loreley tiene 29 años, dos aros en la cara y uno en
la lengua, seis tatuajes y algunas canas. Sigue consumiendo
ketamina pero no como antes de internarse. Sólo lo hace
los fines de semana y usa para pequeños animales, ya
no para elefantes.
Vea también: Ensayo Fotográfico Princesa
de la Química (ATENCIÓN: ESTAS FOTOS
PUEDEN HERIR SUSCEPTIBILIDADES O IMPACTAR POR SU DRAMATISMO.
SE RECOMIENDA DISCRECIÓN)
Tóxica
Babasónicos
Agente y apoderada,
muchacha audaz
no tienes paz.
Bonita y acaudalada,
rosada y social
receta magistral...
De turno esta con tiempo para gastar.
Consume desenfrenada,
las muñecas dan tranquilidad.
Buscando la madrugada
climatizar,
conduce la tempestad
por la ruta panorámica...
Tóxica
princesa de la química.
Tóxica
superación la solución.
Fasión
pasión de estar
intóxica...
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(*) Malena Golstein (malencka@yahoo.com) es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta mayo
de 2005
Imagen:
Loreley
©
MV Prensa / Mayo de 2004
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