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Irrumpió
en el cine local en el 2001, con "La ciénaga".
Tres años después estrenó "La
niña santa", con la que hoy cautiva a buena
parte de la crítica internacional. En ambas películas
Lucrecia Martel dispuso a Salta como escenario, instaló
un tiempo en el que pareciera que poco o nada acontece
pero todo está por estallar y reveló con
sutileza la decadencia y el sopor. Esa filosa mirada
le permite también analizar la realidad argentina.
Todo lo que Martel es capaz de ver en sus visitas a
la UTD de Mosconi, en el discurso del presidente Kirchner
y hasta en un pileta de natación de un barrio
privado.
1.
De artes y oficios.
Martel afirma con determinación que se resiste
a que la ubiquen en la categoría de "artista"
porque ése
es un lugar inactivo: "La filosofía con
la que está construido nuestro sistema es poner
al discurso en un lugar para expertos, un lugar que
no es la sociedad".
-¿Qué
sería un lugar activo?
-Un trabajo, un narrador. No me reconozco en nada artista.
Yo hago un trabajo narrativo. Me parece inmoral, por
ejemplo, la cantidad de espacio que tiene una película
en un diario. Tengo un hermano que es médico,
amigos que son maestros, sé lo que son otros
laburos y que merecen mucho más... Está
bien, las cosas son así, no me voy a poner a
mandar cartas diciendo que no publiquen notas sobre
mis películas. Pero las cosas están mal.
Uno está disfrutando de algo que no está
bien. Me parece a mí que parte de lo que te permite
observar y escribir sobre la realidad es no creerte
eso.
-Y te parece que el lugar de artista desactiva el
potencial que puede tener el de narradora.
-Sí. Me parece que vuelve las cosas piezas de
museo, y yo entiendo que las cosas tienen que ser moneda
de tráfico. Por eso me importa si hablan después
de la película, porque la película permanece
en la persona de miles de maneras: cuando habla con
sus amigos, cuando sueña, cuando se acuerda,
cuando se olvida de la película
No sé,
será también un complejo pequeño
burgués pero me enferma que me pongan en esa
categoría (de artista)
-¿Cómo inscribís las críticas
elogiosas, como la del New York Times?
-Desde "La ciénaga" aprendí
que no hay que leerlas. Hay que enterarse si son buenas
o malas, pero no leerlas. Porque para bien o para mal
esas palabras se te quedan grabadas. Lo que me gusta
mucho son las posibilidades de hablar con el público.
No porque tenga algo en contra de la crítica
sino porque me parece que la crítica tiene el
poder del discurso público, que empieza a circular
y, por como funciona nuestra realidad, termina siendo
una especie de verdad. Finkielkraut dice que un halago
o un insulto tienen el mismo nivel de violencia sobre
uno. En las dos situaciones la reacción puede
ser muy estúpida, creértela o pensar que
tenés una incapacidad total para el cine, y ninguna
de las dos te permite acercarte o alejarte de vos misma.
2.
De sonidos.
Un rato antes, Lucrecia Martel comentaba que está
escribiendo una película pero enfatizaba que
tiene una idea para filmar en el Tigre. Un proyecto
que están analizando con el canal Ciudad Abierta.
Algo que define como su amor al Tigre devuelto al prójimo.
-Dijiste que no te gustan las películas que
te hacen olvidarte de vos misma, que te gustan aquellas
que te permiten mantener la conciencia
-
O alterar mi propia conciencia sobre mí
misma, pero no olvidarme. Supongamos que yo trabajara
todos los días 12 horas, estoy segura de que
volvería a mi casa y no tendría ganas
de ver Bergman o Cronenberg. Pero ésa no es la
vida que yo hago. Cuando una persona agobiada por cuestiones
sociales, económicas, etcétera, se sienta
frente a la televisión seguramente lo que menos
quiere es otro agobio más. Eso, ver algo que
te aleja totalmente de tu estado, me parece la etapa
de las horas libres de la esclavitud. Uno es como una
especie de masa de sistema de valores, funciones orgánicas...
Si todo eso entra en jaque y estalla cuando veo una
película, está perfecto; si entra mínimamente
en cuestionamiento, está bien; pero si no pasa
nada, yo me aburro. No es que las películas de
entretenimiento no me gusten porque moralmente las condene,
sino que me aburren.
-¿Y qué es aquello que tiene de más
interesante la narrativa audiovisual?
-Que permite un juego que no es el discursivo o el que
está ligado a la lengua, digamos, y que de alguna
manera en nuestra cultura está ligado al pensamiento.
Porque parecería que el pensamiento tiene esa
forma. Creo que uno de los problemas filosóficos
de nuestra época es el enorme condicionamiento
que hay de la percepción. Damos tan por hecho
todo que hasta nos parece normalísimo ir por
la calle y que haya alguien durmiendo en la vereda o
comiendo de la basura. En ningún momento hay
una conexión entre nuestro espacio privado amplísimo
donde entra mucha gente durmiendo en el piso, en los
sillones o en el auto, entre esa posibilidad en potencia
que tenemos nosotros y esa falta en el otro. Y eso para
mí es una cosa perceptiva. Por supuesto que ha
sido domesticada y colonizada porque hay un sistema
de pensamiento que ha determinado la realidad de esa
manera, un sentido de realidad al que colaboramos todos
de distinta forma. Me parece, entonces, que la narrativa
audiovisual permite resquebrajar un poquitito eso, con
los límites de cada quien que la ejerce. Yo siento
los límites de mi educación, porque no
puedo pensar una alternativa mejor a este sistema. Me
doy cuenta de lo que no sirve de éste pero siento
que hasta ahí llego, que no se me ocurren propuestas.
-Respecto del cine que se está haciendo en
Argentina, ¿ves alguna constante?
-Creo que en los '80 hubo una crisis de la verosimilitud
en Argentina con la guerra de Malvinas y el descubrimiento
-para un montón de gente- de los horrores de
la dictadura. Esos son momentos, y creo que el 2001
de alguna manera funcionó de la misma forma -como
el ocaso de esa política del primer mundo-, en
que la gente comprende que ha sido engañada durante
una equis cantidad de tiempo. Fijate, además,
qué característico que el pasaje de la
dictadura a la democracia fue ya no con una política
que se hacía en el barrio sino con una cosa mucho
más televisiva y un discurso homogéneo
para todos. Me parece que esas cosas vulneraron la credibilidad
en el lenguaje oral. Y creo que ahora hay una necesidad
de búsqueda de un lenguaje que de alguna manera
revele alguna realidad, alguna certeza. En mi caso,
esa búsqueda fue la de la forma de hablar y todo
lo que trae aparejado, una forma de actuar y unos conflictos
que para mí eran del interior.
-¿Pensás inicialmente una película
desde el habla?
-Sí, y creo que mis colegas también. Porque
esa necesidad del lenguaje suburbano, de pizza, birra,
faso, de un cuerpo que se mueve de otra manera, de los
no actores, era como la necesidad de encontrar lugares
de verosimilitud nuevos. O lo que hace Martín
Rejtman, que de alguna manera es un movimiento distinto
-él jamás va a decir que así hablan
en la realidad las personas o que hace realismo o naturalismo-
pero que es inventar un lenguaje. Mi origen es más
el discurso oral que la imagen. De hecho, los únicos
talleres que di fueron alrededor de diálogos
grabados, de conversaciones. En todo caso me parece
que estamos mucho más colonizados visualmente;
estamos mucho más encaminados a ver determinadas
cosas que a escuchar. El oído todavía
está muy suelto. Uno escucha mucho más
que lo que ve. Las contradicciones en la palabra, en
la conversación, en el intercambio oral, para
mí son mucho más perceptibles que en la
imagen.
-¿Y qué es lo primero que tenés
cuando pensás una película?
-Sonidos, tonos. Por ejemplo, la clave sonora de "La
ciénaga" era la proximidad de la tormenta
que no se desata. En "La niña santa"
es el susurro, el secreto donde se dicen las mentiras
y las supuestas verdades, y el saludo que es como ese
lugar social impostado donde todo es diplomacia, donde
se tratan de limar todas las asperezas, donde se trata
de no saber nada del otro.
-¿Cuáles entendés que son las
posibilidades del cine para motivar acciones?
-Es por épocas, igual que la palabra. La palabra
tiene la posibilidad de motivar acciones pero ahora
me parece que estamos a años luz de eso.
-¿Por qué pensás que pasa eso?
-Porque me parece que el mal de siglo de nuestra época
es la imposibilidad de unir la palabra con la acción,
porque todos somos bien pensantes pero nadie sabe qué
carajo hacer. Hay un sistema en donde todo se resuelve
discursivamente con casi ninguna acción visible
y me parece que eso debería al menos llamarnos
la atención. ¿Qué es lo impactante
de los movimientos piqueteros? Que con muy poca elaboración
intelectual tienen una acción muy concreta, en
un momento en que hay una manifestación discursiva
llena de contradicciones. Eso al menos es lo que yo
percibí: una sabiduría artística,
una acción física concreta. La gran tecnología
del siglo XX ha sido la complejidad discursiva, y toda
esa tecnología discursiva no transforma nada.
Para mí, la narración audiovisual tiene
una posibilidad que diría que es como preconciente.
Todo esto yo no lo puedo transmitir en una película,
yo sólo tengo la percepción de que esto
no está bien, que creo que es en lo único
en que confío.
3.
De la política.
Sabe que está en el lado gordo de un sistema
que es muy flaco, asume las contradicciones que esa
situación le genera y reconoce que las acciones
que emprende son siempre "infinitas menos"
de las que podrían ser. Hizo gestiones para rescatar
un viejo cine que era de YPF y que la UTD recicló
-pero dice que sobre eso no avanzaron- y participó
el 10 de diciembre pasado en el encuentro de Parque
Lezama para exigir la libertad de las presas y los presos
políticos.
-¿Cómo fue el contacto con la UTD?
-Yo estaba muy interesada en el tema de YPF porque me
parecía que en torno a eso se podían entender
muchas cosas: la aparición y desaparición
de YPF envuelve un montón de proyectos donde
uno puede ver con precisión cómo se desguazó
este país. Y hacía muchísimo que
tenía ganas de ir a Mosconi porque, siendo de
Salta, que en esa misma provincia conservadora, racista,
clasista apareciera un fenómeno como el de Mosconi
para mí era una especie de reivindicación
de la propia tierra. Entonces era un poco ir en busca
de esa revelación, de esa otra gente salteña,
pero también de algo concreto en torno a YPF.
Cuando yo trabajaba pero no tenía muchos recursos
siempre pensaba que cuando ganara mejor me iba a procurar
la mejor educación posible. Y entiendo que la
mejor educación posible es estar en contacto
directo con
las cosas.
-¿Y cuál fue la experiencia?
-La de acercarme a algo que siempre defendí frente
al ataque salteño clase media pero con lo que
no tenía un contacto directo. Te imaginás
lo que dice la clase media, media alta, sobre los cortes
de ruta: una lista de prejuicios y esto de enemistarse
con el que corta la ruta y no con el gobierno que genera
esa situación. Las verdades comunes de esta Argentina.
Y lo que tuvo esa experiencia, que es bastante fuerte,
es que la complejidad de la realidad es tal que la simplificación
que uno puede hacer, para bien o para mal, siempre es
simplificación. La complejidad de ese mundo es
enorme y me maravilló la forma de abordar que
tiene esa gente. El Hippie Fernández tiene unas
ideas que son como el sentido común pero llevadas
al extremo de la acción, y eso ya resulta revolucionario
en nuestro sistema. Un razonamiento de una simpleza
enorme que destartala la perversidad del sistema.
-¿Cuáles creés que son las continuidades
entre tu quehacer cotidiano y esas experiencias?
-En el caso del reclamo por los presos, la continuidad
es el hecho de dolor, de sufrimiento sobre el cuerpo,
algo que de alguna manera es el centro de mi atención
en las películas: hay un sistema legal que no
colabora a la felicidad de los supuestos administrados
por esa ley. Y eso sucede de la manera más horripilante
que puede haber, porque no es la ley sobre el cuerpo
condenando ciertas prácticas sexuales o impidiendo
ciertos movimientos, es la ley excluyendo a gente de
cualquier beneficio de ciudadano.
-Hay dos imágenes salteñas: la de "La
ciénaga", de un sector en decadencia que
conserva ciertos tics aristocráticos, y la de
la UTD, que es el trabajo orientado al bien común,
¿cómo pensás que esas dos imágenes
comparten un mismo universo?
-Es extrañísimo porque, para mí,
casi ni se cruzan. Se cruzan en la ruta donde todo es
un malentendido. Por supuesto que el gobierno no va
a hacer nada para que el contacto que hay entre una
y otra parte de la población no sea más
que de conflicto, porque no hay interés. Creo
que no hay contacto. No se tiene información.
-¿Y cómo las dispondrías vos
en una película?
-Hay una realidad que no es ir de visitante a ver los
proyectos de la UTD sino estar ahí y lidiar con
el que no llega a horario, con el descompromiso del
joven que no está acostumbrado a laburar, con
la angustia del que sí tenía un trabajo
Desearía enormemente tener la capacidad para
meterme en esos temas, pero siento que no tengo la habilidad
para captar el detalle; y, para mí, para desarticular
algo hay que hacerlo en detalle. Ése es mi pensamiento,
en torno al cual tengo también una gran sensación
de impotencia. Yo siento que vivimos en una bomba complejísima
y que para poder desactivarla hay que ir cablecito por
cablecito. Ésa es la que pienso como mi misión,
sólo que la pienso al revés: lo que yo
armo es como una pequeña cosa para que estalle,
no para desactivarla.
-¿Tenés una opinión formada
sobre el gobierno de Kirchner?
-Tengo un problema con el gobierno de Kirchner: me parece
tan difícil que alguien que viene de la mano
de un mundo como el de Duhalde sea la bondad absoluta.
Me resulta difícil este hombre, porque hace unas
acciones, viene en un sentido, y por otro lado
qué entelequia que es el peronismo. Y este gobierno
reúne todas las características de esa
entelequia. Porque Kirchner tomó una serie de
iniciativas hacia la memoria pero de golpe tengo la
impresión de que usa la memoria para obliterar
otras cosas, para ponerse de su lado a gente maravillosa
como Estela Carlotto pero mandarse cagadas horrendas,
iguales a las que hicieron los otros, de quienes supuestamente
quiere recordar lo mal que hicieron. Creo que tuvo la
inteligencia de actualizar muchas palabras y de seguir
usando un montón de palabras que después
del 2001 tenían algún sentido y volverlas
a vaciar de contenido.
5.
De terror.
Para Lucrecia Martel el ser humano es un monstruo: "Porque
es un organismo que está atravesado por un sistema
moral y eso convierte a cualquier organismo en un monstruo.
Pero, ¿colabora eso a la felicidad de ese organismo?
Puede ser, pero yo no veo que sea así. Sería
muy interesante reflexionar sobre si es posible establecer
una ética a partir de esa concepción de
organismo. Un sistema de regulación tal que permitiese
que en el encuentro de esos organismos el dolor no fuese
una constante. Frente a eso hay cosas que quedarían
completamente descalificadas, como la tortura, la guerra,
el hambre. El dolor sería un pecado".
-¿Qué es "la felicidad"?
-Mi experiencia de la felicidad es sumamente parcial
y estoy segura de que no voy a conocer nunca la extrema
felicidad. Creo que la felicidad extrema es un bien
común. Si es exclusivo no es entero. Quizás
sea egoísta pero yo no estoy peleando solamente
por los que sufren, yo peleo por mi propia felicidad
que quisiera que sea un poco más extensa. Por
eso estoy en contra de las piletas de natación
o de los pequeños paraísos privados. Si
el bienestar es tener un paraíso privado estamos
poniendo esos deseos en los pequeños niños
bienaventurados de zona Norte, estamos destruyendo de
entrada la posibilidad de construir cualquier país
o Estado interesante. Y ¿qué va a salir
de esos lugares? ¿Qué clase de gente y
de ciudadanos están formando en estos bellísimos
lugares con lagos privados, con gente homogénea?
¿Qué mundo se está armando ahí?
Me parece que aterrador. De hecho, la película
de terror que estoy escribiendo tiene que ver con eso,
con esos nuevos monstruos que estamos creando.
-Monstruos hermosos, de acuerdo con los actuales
estereotipos de belleza.
-Yo, sinceramente, creo que la humanidad es una especie
de monstruos. Y esa monstruosidad se revela de manera
apoteótica en la belleza. A mí la belleza
me hace sospechar de todo. El que haya un discurso homogéneo
acerca de que algo es bello
mmm, Dios, qué
miedo.
-El monstruo es también el médico de
"La niña santa", la autoridad frente
a la que uno
se desnuda.
-Y a mí me ha pasado, no una sino fácil
cinco veces, de estar en médicos para que me
vean la escoleosis y que tengan un pequeño gesto
fuera de lugar, pequeño, que ni siquiera podés
detenerte a decir "¡Escúcheme!",
porque no da la situación para hacer un escándalo,
te va decir que sos una histérica, pero vos lo
sentís y sabés con claridad de qué
se trató. Yo no tengo una super hiper sensibilidad
a que si me tocan un poco así o asá hago
un escándalo, te diría lo contrario. Pero
siempre hay un lugar donde el saber es una cortina maravillosa,
como una cortina de pulcritud. Ellos se ponen esos guardapolvos
blancos y parece que ya no tienen contaminación.
Pasa que tengo como el anticuerpo, yo de esos lugares
es de los que más desconfío. Donde para
mí todo es escenografía es en esos lugares
donde las cosas están bien. Y hay detalles de
dignidad, como los cartoneros, que yo de este país
no esperaba. Que alguien pueda pasarse 10 horas recogiendo
porquerías para ganar dos pesos por día
me parece un lugar en el que todavía hay una
creencia en algo.
4.
De las escenografías.
-Tanto en "La ciénaga" como en "La
niña santa" uno descubre una estética
corroída, ¿dirías que ésa
es la estética de la Argentina actual?
-Mirá, hay una cosa, que no es un pensamiento
sino algo que percibo con muchísima fuerza, que
es que todo me parece que tiene un carácter escenográfico
tremendo. Hay pocas cosas que se corresponden con la
necesidad. Las casas, las ciudades, los barrios están
organizados como una especie de escenografías
que no tienen casi correlato entre la necesidad de un
ser humano y el entorno que se genera a la vuelta. Yo
transito por lugares que son de clase media, media alta,
y siento todo el tiempo que es algo que se cae a pedazos,
pero no materialmente. Si vas al shopping Alto Palermo
no se cae a pedazos. Sin embargo, para mí, hay
algo que filosóficamente se cae a pedazos en
el shopping center, que es una especie de escenografía
de la felicidad y el consumo y de la felicidad alcanzada
en ese intercambio de consumo. ¿Cuánto
te puede durar esa felicidad? Aunque tengas plata para
ir a comprar todos los días, ¿qué
es eso en una persona que es algo tan misterioso que
uno no sabe por qué nació ni por qué
se va a morir? Esa escenografía y esas posibilidades,
¿qué son? A mí, audiovisualmente,
me sirve mucho la pequeña cosa desvencijada porque
transmite mucho más esa sensación de inminencia
de la caída que es más difícil
mostrarla en un shopping center.
Perdón, pero te quiero decir algo más
sobre los pequeños paraísos privados.
En esas reclusiones del agua límpida que son
las piletas de natación en la casa y esa aspiración
a tener tu propio lago impoluto, tu propia reserva personal
de agua, para mí hay una idea aterradora y que
va a serlo cada vez más en la medida en que más
escasee ese elemento. En cierta forma creo que dentro
de 20 años va a ser tan vergonzoso como haber
tenido un esclavo en el siglo XVII. Las piletas no me
parecen un símbolo, me parecen una metonimia
absoluta de un sistema de pensamiento aterrador. Los
barrios donde más piletas hay son aquellos donde
están los capitales de la industria. Son los
que tienen en sus manos el poder de modificación
de este estado quienes están construyendo sus
pequeños paraísos privados. Esos mismos
son los dueños de las fábricas que contaminan
el agua, que tienen en sus manos las políticas
nacionales de limpieza
¿Qué te puede
importar la costa de un río donde se va a bañar
gente que no tiene más que ese río para
bañarse si tu verano lo tenés resuelto
en tu propia casa, o afuera? Fijate, además,
lo que son todas esas palabras: ¿qué es
privado? Privativo, que hay gente que queda afuera;
exclusivo, excluyente; Cerrado, ¿qué es
un barrio cerrado? Es aterrador lo que hay detrás
de todas esas palabras. Es como si fuese la entronización
de la maldad.
-Hay una negación o una incapacidad enorme
para escuchar, porque esas palabras están ahí
y se arman frases completas con ellas.
-Porque un pequeño paraíso privado es
una escenografía donde tu percepción no
tiene ninguna contradicción, ningún cuestionamiento.
A lo sumo te llamará la atención que en
determinados horarios se prendan los regadores automáticos
y dirás: "¿Es esto la lluvia?".
-Fuera del barrio cerrado, en el asentamiento lindante,
¿no hay escenografía?
-Sí, pero otra construcción diferente
de la que desconozco, sinceramente, las particularidades.
Una cosa es lo que se produce con el excedente y otra
cosa es lo que se produce para sobrevivir. Son dos planes
de construcción muy distintos.
-¿En qué sentido usás la palabra
escenografía?
-Para mí escenografía es una palabra donde
ya la intención y la voluntad están presentes.
La escenografía es la precariedad de lo que podría
no existir. Como palabra revela lo voluntario, lo innecesario
también, lo contingente de eso. Uso esa palabra
en el mismo sentido en que están hechos los cines
en los shopping center, como lo contingente de ese emprendimiento;
como ShowCenter, que es una edificación escenográfica
y que te das cuenta que es contingente, que es una inversión
falsa, que es una falsa confianza en el país,
que es un falso deseo, toda la falsedad de la era menemista
la podés ver ahí. Los pequeños
paraísos privados son ya obscenamente escenográficos,
son la apoteosis de la palabra con sus falsos lagos
y sus falsas cascadas.
-¿Y en qué sentido ves escenografías
fuera del barrio privado?
-Porque una villa miseria es algo que puede no existir,
esas casas se podrían desarmar y hacer casas
buenas. Esa realidad no es definitiva, se puede modificar.
Si no uno empieza a naturalizar la pobreza y a naturalizar
la riqueza, a dar por hecho que las cosas son así.
Las cosas no son así. Todo es como queremos que
sea. La realidad es una construcción que se puede
transformar voluntariamente. Tenemos el mundo que hemos
querido tener, no el único que se puede tener.
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y dirigido por Claudia Acuña, Sergio Ciancaglini y Diego
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Fuente:
lavaca.org, 2 de
junio de 2005
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MV Prensa / Junio de 2005
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