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Es
una persona sencilla, humilde, educada y muy abierta
al diálogo.
Nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires,
en 1974. Estudió música desde chico y
se recibió en Letras en la Universidad de Buenos
Aires. Con ese plus, se dedicó al cine en la
carrera de director.
Su ópera prima, Otra vuelta, hace unos días
se la pudo ver en la VII Semana de la Crítica,
organizada por la Federación Internacional de
la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) en los cines
Hoyts del Abasto. Charló con nosotros sobre cómo
es hacer cine en la Argentina, compartió sus
anhelos y nos anticipó su próximo proyecto
llamado Tarde. Disfrute de Santiago Palavecino en este
reportaje jugoso con una persona que tiene en claro
lo que quiere.
-¿A qué edad pensaste que querías
ser director?
-A los 12 años veía muchas películas,
pero mis gustos en esa época eran un tanto extraños.
Se cruzaban Steven Spielberg con Andrei Tarkovsky y
Woody Allen. Hay películas que, de alguna manera,
te hacen pensar que el cine es un destino codiciable.
Al mismo tiempo, o tal vez después, te das cuenta
que no es tan así, porque las circunstancias
reales que hay en el país son otras y ser un
cineasta argentino es diferente. Decido que me voy a
dedicar al cine cuando termino la secundaria. Hice cortos
en VHS y un programa de televisión, pero viviendo
en Chacabuco era muy difícil imaginar qué
era verdaderamente hacer cine. Ese paso lo di recién
cuando llegué a Buenos Aires y me anoté
en la Fundación Universidad del Cine (FUC), antes
era solo un deseo.
-¿Terminaste
el secundario y viniste a vivir a Buenos Aires con esa
idea?
-En realidad para pasar al cine tuve que dar otro paso.
Se suponía que yo iba a ser pianista. Desde muy
chico, desde que tengo memoria como se dice, me acuerdo
que iba a estudiar piano y composición. En mi
familia hay muchos músicos por parte materna.
De hecho, los personajes de mi familia materna que aparecen
en los cuentos de Haroldo Conti son los músicos.
Una especie de bohemia chacabuquense a la que Conti
seguramente se sentía muy cercano. Después
de haber estudiado música toda mi vida, dar el
salto al cine fue una decisión personal difícil;
no porque dudara, sino porque era cambiar de horizonte
después de mucho tiempo y esfuerzo. Desde los
10 años viajaba todas las semanas a Buenos Aires
para estudiar música, pero en el '94 me anoté
en la FUC y ahí quedé, por lo menos hasta
ahora.
-En
el 2002 se rodó Otra vuelta ¿Hace cuánto
tenías el guión?
-Tenía treinta páginas y era un guión
bastante abierto. De todos modos había zonas
que estaban escritas y otras que eran simplemente hipótesis
para el rodaje. En febrero del '99 a mí se me
ocurre una escena suelta que es la de Valentina Bassi.
Para cualquiera que haya visto la película, que
el film haya empezado por esa escena es casi absurdo,
es como una forma muy excéntrica de ir construyendo
el relato, pero a mí, sin embargo, se me ocurrió
así y a partir de ahí ese guión
me acompañó durante muchos años
hasta que lo presente en la Fundación Antorchas
en el 2001 y salió el premio en el 2002 y así
fue creciendo. Pasa que siguió abierto voluntariamente;
primero era un guión de una película corta
y después se fue alargando pero con zonas que
permanecieron deliberadamente abiertas. No sabía
si al año siguiente me iba ir a EEUU a tratar
de hacer un postgrado, ya que tengo un título
en Letras, y lo iba a usar para poder emigrar. Quería
tratar de hacer literatura, pero para hacer cada vez
más pie en el cine. Cuando salió esa oportunidad
dije: "Y bueno, es la primera. Puede ser la última.
Hay que usarla para aprender lo máximo posible,
para volcar todas las experiencias que pueda".
Necesitaba que el rodaje fuera una experiencia intensa,
que cambiara mi relación con el cine, que la
convirtiera en verdadera. Tenía, en una palabra,
que poner mi vida ahí. No creía en el
guión técnico. La idea de ir a ilustrar
una concepción previa, tiene un poco de burocrático
y otro poco de falso en cierto sentido, porque ¿qué
certeza puede tener alguien que no tiene experiencia
en largometrajes? Encontré la locación
después de conocer a Valentina Bassi. Era una
casa vieja que tenía ruidos en las cañerías,
cosa que tomamos para la banda de sonido porque genera
un clima bárbaro. Cuando la gente ve la película
se imagina que eso sucedió en un día nublado
y frío. Son ese tipo de cuestiones las que hacen
que en el relato se respire cierta verdad.
-¿Es
una especie de homenaje a Conti?
-Creo que sí. Para mí, Conti significa
un poco de historia cuasi familiar porque algunos parientes
míos son personajes de sus cuentos. En la vida
real, esa rama de mi familia materna eran sus amigos.
De modo que yo los leí como parte de la historia
familiar. El cuento que está citado todo el tiempo
en la película, Perfume de la Noche, era para
mí como si fuera un episodio en la vida de mi
familia en los años cuarenta y al mismo tiempo
siento una admiración real por él como
escritor. Creo que su novela Sudeste es una de las mejores
que se escribió en la Argentina. Me ganó
de mano Sergio Belotti que la filmó; era una
buena idea, lo fue de hecho.
-¿Cuánto
cuesta hacer una película de ese estilo?
-El cine es muy caro en cualquier circunstancia. Ese
estilo de producción tiene determinados gastos
que son altos: personal técnico, los "fierros"
(recursos tecnológicos), pero por como se hace
el cine en la Argentina hoy eso es bastante flexible.
Los técnicos aceptan trabajar en condiciones
tales como: si el Instituto Nacional de Cine y Artes
Audiovisuales (INCAA) subsidia algún día,
cobran el subsidio. Los sindicatos son muy comprensivos,
abiertos a las formas de producción que se planteen
como serias. Hay que decir eso en favor del Sindicato
de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA)
Podés decirles que no tenés guita, pero
querés hacer esto y querés que la gente
obtenga su recompensa en la medida que la película
pueda lograrlo, y la verdad es que se puede. Una película
de bajo presupuesto puede requerir 600 ó 700
mil pesos.
La verdad es que no estoy al tanto de cuánto
fue el valor de la película, por lo menos, no
en detalle.
-¿Cómo
conseguiste financiar el proyecto?
-La plata la conseguí del premio de la Fundación
Antorchas, que fue el puntapié inicial. Eso ayudó
para realizar muy buenas partes de las cosas y después
yo completé ese aporte para el rodaje.
-¿A
Valentina Bassi y a Roberto Carnaghi los tenías
pensados para sus papeles?
-Sí, al igual que a José Ignacio Marsiletti,
dado que fue el primero en quien pensé. De hecho
es primo mío. Es su debut en el cine y estaba
seguro que él iba a ser el protagonista. Hubiera
tenido un serio problema si no hubiese podido o aceptado,
pero se enganchó e hizo una actuación,
para mi gusto, extraordinaria. Además, está
confrontado no sólo con actores profesionales
sino también de distintos perfiles. Él
interactúa con todos ellos de igual manera.
-¿Estudió
actuación?
-No, y ahora tampoco, no sé si va a estudiar
en algún momento, tal vez más adelante.
-¿Pero
quedó enganchado con esto?
-Mucho, pero no sé si aceptaría meterse
en cualquier proyecto. Tuvo un par de ofertas de teatro
y no le interesaron demasiado.
-¿A
qué se dedica?
-Estudia medicina. Igualmente, yo sabía que era
talentoso, porque lo conozco. Es alguien que actuaría
con mucho placer en proyectos que le interesen.
-¿Siempre
concebiste hacerla en blanco y negro?
-Sí, nunca tuve dudas con eso, no sé explicar
muy bien el porqué. Podría darte argumentos
como la melancolía y todo eso -y algo debe tener
que ver seguramente. Ahora, en el fondo, es algo irracional.
Esta película no me la imaginaba de otra forma,
así como sé que la que viene será
en colores bien rabiosos.
-¿Cuál
fue tu sensación la primera vez que exhibiste
Otra vuelta?
-Fue muy raro, porque las circunstancias en las que
llegás al Buenos Aires Festival Internacional
de Cine Independiente (BAFICI) son muy raras, por el
agotamiento y la tensión. Hay un mito que dice
que las películas llegan corriendo y a última
hora. Lamentablemente cumplí con esa regla y
llegué corriendo de una manera que me impidió
disfrutar y de estar en condiciones de poder responder
preguntas como las tuyas (Ver nota al final) No sabía
lo que decía cuando presentaba la película.
Creo recordar mucha satisfacción por la calidad
de la proyección. A la vez, mi sensación
en aquella ocasión, abril del 2004, fue extraordinaria,
tal vez de las mejores. El film entró de la manera
que yo prefería: todo el mundo se compenetró
con los climas. Generó aquello que creo que la
película pide generar. Esta clase de films funciona
mejor en las proyecciones que cuando la ves en video.
Si pienso lo que fueron las circunstancias, la sala
del Hoyts llena, la copia flamante y un trabajo de dos
años plasmado ahí, debería haberlo
disfrutado más de lo que realmente fue.
-En
el Festival de San Sebastián "acusaron"
a la película de "poco Argentina" ¿por
qué?
-La película fue invitada en un armado preeliminar.
La mandamos al fondo de Cine en Construcción
que patrocina en conjunto los festivales de Toulouse
y San Sebastián. Nos invitaron al turno de septiembre
(San Sebastián), donde la ve gente especialista
y de la industria (exhibidores, programadores) para
después elegir una película en la que
ponen dinero. Generalmente buscan las más rentables,
que no era nuestro caso. Se generó entonces una
discusión sobre la cuestión del latinoamericanismo
o de la producción nacional, que sería:
¿cuál es la razón de ser de las
películas latinoamericanas? La centro de la cuestión
giró sobre si las películas latinoamericanas
tenían que tener contenido social y reflejar
la realidad latinoamericana de manera directa mostrando
los conflictos de la sociedad. Era el año 2003
y la película fue rodada en 2002; ellos querían
ver cartoneros y piqueteros por doquier y no los encontraron
en mi obra. Eso entusiasmó a mucha gente y desilusionó
a otros. Los propios latinoamericanos que viven en Europa
son a los que menos les gustan las películas
que no tienen contenidos sociales directos. Los que
están radicados allá, en general, encuentro
que buscan, por supuesto no todos, reconocerse en un
espejo sociológico. Hablando con algunos críticos
que la fueron a ver al FIPRESCI, decían que lo
de "poco Argentina" es bastante incomprensible
porque es una película muy fuertemente plantada
en el interior, en la cultura argentina que, en general,
tiene una tradición muy de cruce: todos nos miramos
en espejos diversos. Eso la convierte precisamente en
muy argentina. Me pasa que la película provoca
reacciones extremas, pero creo que con el cine independiente,
o toda película que trate de generar algo con
la imagen, pasa eso. Al que le gusta, le gusta realmente
y al que no, no. Los que la ven en proyecciones en sala
oscura, fílmico y, sobre todo, si la proyección
es buena, logran identificación con los climas.
La película te mete en su propia música.
-¿Cómo
te fue en el FIPRESCI?
-Estuve todo el día entrando y saliendo de las
funciones que daban. Me sorprendió como se distribuyó
el público, vino mucha más gente a la
tarde que a la noche y sin que en ninguna proyección
haya mucha gente. Es difícil que te vaya mal.
-¿Te
parece que le faltó propaganda al festival?
-Tuvo mucha prensa antes, pero no durante. Hay muchos
críticos que coinciden con el perfil del FIPRESCI
y otros que no. Acá hay momentos en que son tantos
los cruces que no entiendo más nada. Igualmente,
vine años anteriores a la apertura y nunca se
llenó.
-¿Qué
pensás hacer ahora?
-Primero descansar, después filmar y después
volver a descansar. Surgió hacer una película
a partir de una invitación de Cine Ojo. La estoy
escribiendo y se llama Tarde. Trata sobre unas pocas
horas, desde un mediodía a un atardecer, en la
vida de 4 ó 5 personas. Algunas adolescentes,
otras alrededor de 30 años, que se ven afectadas
por el accidente automovilístico que deja entre
la vida y la muerte a un chico. La película,
en un sentido, es parecida a Otra Vuelta porque tiene
muchos climas, es intimista; pero, a la vez, es radicalmente
diferente.
-¿Tenés
algún actor en mente?
-Sé que repetiría a Marsiletti y tengo
un par pensados que no los digo porque quiero hablar
con ellos antes y todavía estoy escribiendo el
guión. También tengo que hacer un casting
muy complicado para los adolescentes. Me temo que va
a ser una tarea larga.
-¿Cómo
ves el presente del cine argentino?
-Muy bien. Creo que lo que leemos en todos lados del
buen momento del cine argentino no es sólo una
cuestión de prensa. Creo que es real y en todos
los niveles. A mí lo que más me interesa
-evidentemente- es lo que sucede en el circuito del
cine independiente, por afinidad personal, lo que no
quiere decir que, por ejemplo, un cineasta como Adolfo
Aristarain no me parezca bueno. Me parece bárbaro.
Una cineasta que me gusta es Lucrecia Martel. Ahora,
Martel ¿es independiente? Desde el punto de vista
de la producción y demás, no creo. Los
productores son Pedro Almodóvar y Lita Stantic.
Al mismo tiempo, su libertad creativa y la que le dan
esos productores ¿no permitirán hablar
de cierta independencia también? Entonces digamos
que las etiquetas se desdibujan. La verdad es que es
un momento muy bueno y para uno como cineasta es una
saludable presión, porque todos los que te rodean
filman bien.
-¿Qué
te pareció la regulación de la cuota de
pantalla?
(N. de R.: Jorge Coscia, presidente del INCAA, firmó
la resolución del decreto 1405/73, que refiere
a la cuota de pantalla obligatoria para la exhibición
de películas argentinas)
-Que a veces el panorama del cine argentino se presenta
como una guerra un poco exagerada, o que de afuera se
ve peor de lo que es. La objeción más
grande que se le puede hacer a la cuota de pantalla
es que desaparece el cine europeo y el asiático.
Creo que es una herramienta útil, pero insisto
en el peligro de perder los productos europeos y asiáticos.
De todos modos, eso siempre fue un problema. Acá
hubo una especie de primavera por el 1 a 1 y por el
auge del cine independiente pero eso no es tan habitual.
Creo que lo de la cuota se va a ir regulando solo.
-Hablando
con gente del SICA, me comentaban que los directores
hacen películas que a ellos les gustaría
ver, sin pensar en el público.
-La posición del SICA es muy respetable, en tanto
es el sindicato de la industria cinematográfica
argentina. La industria tiene una relación directa
con el dinero, las recaudaciones y el público,
además de que hay una aspiración a un
cine popular de calidad. Eso no lo veo mal, a condición
de que también se comprenda que las cinematografías
nacionales y populares respiran por el lado de los autores,
que son los que producen renovación y mantienen
viva una parte muy importante de la industria, que es
la renovación del lenguaje. Después la
industria termina tomando los logros del cine independiente.
Ha pasado históricamente. Todo en su justa medida
tiene que saber convivir.
-¿Qué
querés llevar a cabo como director?
-Tengo objetivos muy modestos en el cine, que son poder
filmar mucho y que eso no cause penurias en mi vida.
Hice una película y fue en las condiciones que
quería, con mucho sacrificio y resignando miles
de cosas, pero la cuestión es que se pudo hacer
y estoy contento con lo que salió. A partir de
ahora, buscaré filmar por placer y sin la necesidad
de hacerlo, que es diferente.
Lo que más me gusta es filmar: nunca la pase
tan bien en mi vida como en el rodaje. Entonces, a lo
máximo que aspiro es a convertir esto en un trabajo
razonable que me permita vivir y tener cierta continuidad
e ir aprendiendo. En definitiva, de eso se trata el
cine.
Nota
No sólo es un placer conversar con Santiago Palavecino,
hay que decir también que es una persona comprensiva
y generosa ¿Por qué? Debido a unos inconvenientes
técnicos (¡Qué buena frase!, ¿no?)
la primera entrevista que grabamos se perdió.
La tecnología no nos acompaña. Con toda
la vergüenza del caso y la humillación que
esto implica, le pedimos si podía acceder nuevamente
a otro reportaje. No sólo aceptó inmediatamente
sino que nos brindó su tiempo todas las veces
que lo necesitemos sin ningún problema. Si eso
no es grandeza, la grandeza dónde está.
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(*) Leo González (leo_gonzalez90@hotmail.com)
es periodista.
Participó en MV Prensa desde septiembre de 2004 hasta
abril de 2006.
Imágenes:
Tomás Vela
© MV Prensa / Febrero de 2005
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