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El
actor uruguayo es un hombre de circo, televisión,
cine, radio, y sobre todo un hombre de teatro. Su larga
trayectoria lo ve hoy convertido en un intérprete
con "una juventud prolongada" -como él
mismo dice- que se percibe a flor de piel. Antes de
empezar la función de Valhala -la obra de Patricia
Suárez que interpreta actualmente en el Taller
del Ángel-, habla de
su personaje,
de la importancia de la Historia, de su concepción
del teatro como un compromiso con su comunidad y de
la necesidad de mantenerse en contacto con las nuevas
generaciones.
-"¿Para
qué sirve la historia? Trapos viejos!",
dice tu personaje. ¿Para qué sirve la
Historia para vos?
-La Historia es fundamental desde el nacimiento del
hombre. Para saber adónde vamos tenemos que saber
cómo fuimos formados, y a quién debemos
agradecer esa formación. Y en especial la historia
de la Segunda Guerra Mundial, ya que el presente es
consecuencia de los acontecimientos de la guerra y de
los posteriores a ella. Yo siempre fui, y sigo siendo,
un estudioso de la historia.
-¿Hubo un trabajo de concienciación
histórica para hacer la obra?
-Sí, estuvimos seis meses trabajando sobre la
parte política, buscando unificar criterios.
Igualmente todos los actores de mi generación
fuimos formados contra esas ideas: el fascismo, la discriminación,
y contra las maletas cargadas de ideología nazi
que traían los criminales de guerra. Yo estoy
sorprendido de que una chica tan joven como Patricia
(Suárez), y tan talentosa, se haya atrevido a
enfocar este tema tan complejo y tan poco abordado por
autores nacionales.
-¿Qué vigencia crees que tienen hoy
esas ideas?
-Como dice una frase de Bertolt Bretch: "Aún
está fecundo el vientre que engendró esa
escoria". Es decir que en 2004 todavía tenemos
que tener cuidado de los nazis. George Bush es un alumno
de Hitler y practica un nazismo moderno.
-¿Qué sentimiento te provoca representar
a este viejo soldado nazi y qué buscás
que genere en la gente?
-Trabajé mucho el personaje con el director (Ariel
Bonomi) y con Patricia Suárez, y lo fui modificando.
En las primeras funciones, mucha gente se reía
y yo decía que debíamos estar equivocados
en algo, porque no estaba de acuerdo con que el personaje
generara algún tipo de compasión. Pero
fui alentado por Patricia y por Eduardo Pavlovsky, con
quien representé también un torturador
en El Señor Galíndez, para hacerlo de
esa manera. Y si bien es un personaje que incluso puede
arrancar alguna lágrima por el tratamiento cariñoso
con su hija, la gente sale repudiándolo porque
al final se ve que nunca hace una autocrítica,
que le preocupa más haber traicionado al hermano
que el holocausto, e incluso después muestra
que también está satisfecho por esa traición,
es un horror de tipo.
-De manera que la experiencia de El Señor
Galíndez te sirvió para construir a Hermann
Straub
-Sí, yo tomé a este personaje como tomé
al torturador de Pavlovsky, lo llegué a entender
en algún sentido, porqué nace el fascismo
en él. El Señor Galíndez era un
ser despreciable que torturaba a los estudiantes pero
que amaba profundamente a su familia y a sus hijos,
era un torturador con rostro humano. En este sentido,
pasa lo mismo con Straub porque yo acepto la propuesta
de Patricia de que la gente sienta compasión
por él, compasión que yo no quisiera que
tengamos con Videla.
-Después de una larga trayectoria en cine,
televisión, teatro, circo, radio ¿qué
registro te sienta mejor?
-Prefiero el teatro, me gusta tener en frente personas
que me puedan escuchar. Cuando hago televisión,
no trabajo para las cámaras, sino para los cameraman,
para los que están atrás mirando, necesito
que haya gente que me esté escuchando y trabajo
para ellos. Esto tiene que ver con la vocación
de servicio que tenemos los actores. Yo siento que sirvo
a la cultura de mi país. El teatro es un compromiso
con mi comunidad, y necesito sentirme en contacto con
la gente.
-¿Creés que ese sentimiento de compromiso
puede tener que ver con la época de censura en
la que desarrollaste gran parte de tu actividad?
-Sí, creo que tiene que ver con eso. Es un comportamiento
que yo adquirí cuando era muy niño a favor
de la Revolución Española. Tuve la oportunidad
de trabajar con exiliados españoles que vinieron
a la Argentina y a Uruguay, como Rafael Alberti y María
Teresa León. Con 13 años leía por
la radio los últimos poemas de Miguel Hernández
y de Antonio Machado. Era un compromiso político-social,
no partidista, de lucha por las cosas que creía
mejores para la humanidad, contra el nazismo, contra
la discriminación.
-Una formación a la vez personal y profesional
comprometida socialmente
-Sí, era algo común a todos los actores
de teatro independiente de esa época, porque
yo soy hombre de teatro independiente. Todos teníamos
esa filosofía de estar sirviendo a nuestra comunidad,
teníamos un compromiso, no ganábamos plata.
-¿Y cómo ves en ese sentido el perfil
de la generación que se está formando
hoy en teatro? ¿Se inculca esa conciencia de
compromiso?
-No, creo que en las escuelas falta formación
en la Historia. Hay muy buenos alumnos de teatro que
desconocen la historia de su propio teatro nacional.
También hay muchos que tuvieron la desgracia
de pasar por el infierno de la década del ´70
y la dictadura que fue un parate de la cultura. Hace
poco presenté un proyecto en la Asociación
Argentina de Actores para que todas las escuelas de
teatro tengan clases sobre la historia y la ideología
del teatro, con viejos actores que pudieran dar clases
y conferencias. Está por verse.
-¿Sentís también el compromiso
de participar en esa transformación de la enseñanza?
-Claro que sí. Yo busco permanentemente el diálogo,
y siempre estoy dispuesto a escuchar. Creo que soy un
hombre con una juventud prolongada porque tengo una
necesidad inmensa de escuchar a los jóvenes,
porque ellos me enriquecen. Y ese intercambio hace que
no haya problemas generacionales. Hace poco estuve dando
una charla en la Facultad de Lomas de Zamora sobre la
política en el teatro. La política está
en todo, no podemos decir que somos apolíticos.
-De manera que acuerda también con Bretch
sobre la función política del teatro
-Estoy totalmente de acuerdo con la idea de Bretch.
Yo estuve 17 días trabajando con él en
Berlín, y adhiero totalmente a su teoría
sobre el teatro.
-¿Y en el teatro argentino cree que se da
eso? ¿Tiene el teatro una función política?
-No, no se da. Quizás se dio en el teatro independiente,
que ahora ya no existe. Se dio mucho en el teatro chileno,
y se sigue dando en el de Uruguay, pero los uruguayos
se han quedado un poco en la formación del actor,
que tiene que ser ideología, conocimiento técnico,
cuerpo y voz.
-¿Y por qué crees que no se da en la
Argentina?
-Porque la gente va al facilismo. Estamos muy influidos
por la pseudonaturalidad de la televisión. Ese
efecto negativo se nota por ejemplo en la construcción
de un personaje. En la televisión puedo aprender
la letra pero no el personaje, y la telenovela se puede
hacer igual. Eso no pasa en el teatro.
-¿Con su trayectoria se puede decir que está
recibido de actor?
-Los actores siempre somos alumnos, nunca nos recibimos,
estamos dando examen en cada función, y eso es
lo que nos mantiene jóvenes. Tenemos que estar
capacitados para hacer Moliere, Patricia Suárez
y cualquier otro autor. Yo soy viejo por la edad, y
porque ya se me está cayendo la cara, pero estoy
nuevo, fresco, receptivo. Cuando se me vaya ese entusiasmo
y esa vocación, no seguiré siendo actor.
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(*) Lucía Turco (luciaturco@fibertel.com.ar)
es periodista.
Participó en MV Prensa desde octubre de 2004 hasta diciembre
de 2005.
Imagen:
Emiliano Martínez Gullo
© MV Prensa / Noviembre de 2004
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