ENTREVISTA | Juan Manuel Tenuta
Un joven de teatro
Por Lucía Turco*



El actor uruguayo es un hombre de circo, televisión, cine, radio, y sobre todo un hombre de teatro. Su larga trayectoria lo ve hoy convertido en un intérprete con "una juventud prolongada" -como él mismo dice- que se percibe a flor de piel. Antes de empezar la función de Valhala -la obra de Patricia Suárez que interpreta actualmente en el Taller del Ángel-, habla de su personaje, de la importancia de la Historia, de su concepción del teatro como un compromiso con su comunidad y de la necesidad de mantenerse en contacto con las nuevas generaciones.

-"¿Para qué sirve la historia? Trapos viejos!", dice tu personaje. ¿Para qué sirve la Historia para vos?
-La Historia es fundamental desde el nacimiento del hombre. Para saber adónde vamos tenemos que saber cómo fuimos formados, y a quién debemos agradecer esa formación. Y en especial la historia de la Segunda Guerra Mundial, ya que el presente es consecuencia de los acontecimientos de la guerra y de los posteriores a ella. Yo siempre fui, y sigo siendo, un estudioso de la historia.

-¿Hubo un trabajo de concienciación histórica para hacer la obra?
-Sí, estuvimos seis meses trabajando sobre la parte política, buscando unificar criterios. Igualmente todos los actores de mi generación fuimos formados contra esas ideas: el fascismo, la discriminación, y contra las maletas cargadas de ideología nazi que traían los criminales de guerra. Yo estoy sorprendido de que una chica tan joven como Patricia (Suárez), y tan talentosa, se haya atrevido a enfocar este tema tan complejo y tan poco abordado por autores nacionales.

-¿Qué vigencia crees que tienen hoy esas ideas?
-Como dice una frase de Bertolt Bretch: "Aún está fecundo el vientre que engendró esa escoria". Es decir que en 2004 todavía tenemos que tener cuidado de los nazis. George Bush es un alumno de Hitler y practica un nazismo moderno.

-¿Qué sentimiento te provoca representar a este viejo soldado nazi y qué buscás que genere en la gente?

-Trabajé mucho el personaje con el director (Ariel Bonomi) y con Patricia Suárez, y lo fui modificando. En las primeras funciones, mucha gente se reía y yo decía que debíamos estar equivocados en algo, porque no estaba de acuerdo con que el personaje generara algún tipo de compasión. Pero fui alentado por Patricia y por Eduardo Pavlovsky, con quien representé también un torturador en El Señor Galíndez, para hacerlo de esa manera. Y si bien es un personaje que incluso puede arrancar alguna lágrima por el tratamiento cariñoso con su hija, la gente sale repudiándolo porque al final se ve que nunca hace una autocrítica, que le preocupa más haber traicionado al hermano que el holocausto, e incluso después muestra que también está satisfecho por esa traición, es un horror de tipo.

-De manera que la experiencia de El Señor Galíndez te sirvió para construir a Hermann Straub
-Sí, yo tomé a este personaje como tomé al torturador de Pavlovsky, lo llegué a entender en algún sentido, porqué nace el fascismo en él. El Señor Galíndez era un ser despreciable que torturaba a los estudiantes pero que amaba profundamente a su familia y a sus hijos, era un torturador con rostro humano. En este sentido, pasa lo mismo con Straub porque yo acepto la propuesta de Patricia de que la gente sienta compasión por él, compasión que yo no quisiera que tengamos con Videla.

-Después de una larga trayectoria en cine, televisión, teatro, circo, radio ¿qué registro te sienta mejor?
-Prefiero el teatro, me gusta tener en frente personas que me puedan escuchar. Cuando hago televisión, no trabajo para las cámaras, sino para los cameraman, para los que están atrás mirando, necesito que haya gente que me esté escuchando y trabajo para ellos. Esto tiene que ver con la vocación de servicio que tenemos los actores. Yo siento que sirvo a la cultura de mi país. El teatro es un compromiso con mi comunidad, y necesito sentirme en contacto con la gente.

-¿Creés que ese sentimiento de compromiso puede tener que ver con la época de censura en la que desarrollaste gran parte de tu actividad?
-Sí, creo que tiene que ver con eso. Es un comportamiento que yo adquirí cuando era muy niño a favor de la Revolución Española. Tuve la oportunidad de trabajar con exiliados españoles que vinieron a la Argentina y a Uruguay, como Rafael Alberti y María Teresa León. Con 13 años leía por la radio los últimos poemas de Miguel Hernández y de Antonio Machado. Era un compromiso político-social, no partidista, de lucha por las cosas que creía mejores para la humanidad, contra el nazismo, contra la discriminación.

-Una formación a la vez personal y profesional comprometida socialmente
-Sí, era algo común a todos los actores de teatro independiente de esa época, porque yo soy hombre de teatro independiente. Todos teníamos esa filosofía de estar sirviendo a nuestra comunidad, teníamos un compromiso, no ganábamos plata.

-¿Y cómo ves en ese sentido el perfil de la generación que se está formando hoy en teatro? ¿Se inculca esa conciencia de compromiso?
-No, creo que en las escuelas falta formación en la Historia. Hay muy buenos alumnos de teatro que desconocen la historia de su propio teatro nacional. También hay muchos que tuvieron la desgracia de pasar por el infierno de la década del ´70 y la dictadura que fue un parate de la cultura. Hace poco presenté un proyecto en la Asociación Argentina de Actores para que todas las escuelas de teatro tengan clases sobre la historia y la ideología del teatro, con viejos actores que pudieran dar clases y conferencias. Está por verse.

-¿Sentís también el compromiso de participar en esa transformación de la enseñanza?
-Claro que sí. Yo busco permanentemente el diálogo, y siempre estoy dispuesto a escuchar. Creo que soy un hombre con una juventud prolongada porque tengo una necesidad inmensa de escuchar a los jóvenes, porque ellos me enriquecen. Y ese intercambio hace que no haya problemas generacionales. Hace poco estuve dando una charla en la Facultad de Lomas de Zamora sobre la política en el teatro. La política está en todo, no podemos decir que somos apolíticos.

-De manera que acuerda también con Bretch sobre la función política del teatro
-Estoy totalmente de acuerdo con la idea de Bretch. Yo estuve 17 días trabajando con él en Berlín, y adhiero totalmente a su teoría sobre el teatro.

-¿Y en el teatro argentino cree que se da eso? ¿Tiene el teatro una función política?
-No, no se da. Quizás se dio en el teatro independiente, que ahora ya no existe. Se dio mucho en el teatro chileno, y se sigue dando en el de Uruguay, pero los uruguayos se han quedado un poco en la formación del actor, que tiene que ser ideología, conocimiento técnico, cuerpo y voz.

-¿Y por qué crees que no se da en la Argentina?
-Porque la gente va al facilismo. Estamos muy influidos por la pseudonaturalidad de la televisión. Ese efecto negativo se nota por ejemplo en la construcción de un personaje. En la televisión puedo aprender la letra pero no el personaje, y la telenovela se puede hacer igual. Eso no pasa en el teatro.

-¿Con su trayectoria se puede decir que está recibido de actor?
-Los actores siempre somos alumnos, nunca nos recibimos, estamos dando examen en cada función, y eso es lo que nos mantiene jóvenes. Tenemos que estar capacitados para hacer Moliere, Patricia Suárez y cualquier otro autor. Yo soy viejo por la edad, y porque ya se me está cayendo la cara, pero estoy nuevo, fresco, receptivo. Cuando se me vaya ese entusiasmo y esa vocación, no seguiré siendo actor.


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(*) Lucía Turco (luciaturco@fibertel.com.ar) es periodista.
Participó en MV Prensa desde octubre de 2004 hasta diciembre de 2005.





Imagen:
Emiliano Martínez Gullo

© MV Prensa / Noviembre de 2004

 


 
 
 
 
 
 
 


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