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Parte
fundamental de cualquier ideología dominante
consiste en asociar al margen con descalificativos éticos,
como pueden serlo de orden social, sexual o de producción.
Es decir, el margen es improductivo, desordenado, peligroso
para el orden y la seguridad, sexualmente desviado o
contra natura, inmaduro, etc. En las películas
de Hollywood el margen finalmente se integra al centro
(en la realidad también, como ejemplo basta recordar
un hippie llamado Tony Blair). El hippie, el bohemio,
el contestatario, la mujer libertina terminan fracasando
o integrándose a la estructura capitalista. En
ocasiones -según Mas'ud Zavarzaeh-, el margen
aparece como una forma inocente que cumplirá
una función "reparadora" de algunos
elementos disfuncionales del centro (la misma función
de personajes inocentes como los sobrinos del pato Donald
o el hijo del Lobo, según Ariel Dorfman). En
otros momentos, el margen crítico aparece reconociéndose
a sí mismo como incapaz de cambios serios y debido
a su natural inmadurez psicológica, ideológica,
productiva y moral.
Por
el contrario, en películas latinoamericanas como
El crimen del padre Amaro (México, 2002)
el centro triunfa finalmente en la trama pero este triunfo
significa una mayor derrota ética en las lecturas
del espectador. El centro se revela, esta vez, como
inmoral, corrupto. También en esta película
se da una paradoja que, aunque pueda sorprender, no
es para nada propiedad de la posmodernidad, sino de
los orígenes del cristianismo: el centro representa
la fuerza y el poder social, la dominación, al
mismo tiempo que la disfuncionalidad moral. El centro
se encuentra deslegitimizado. Desde este punto de vista,
este discurso es marginal. Sólo el poder del
dominante puede imponer una censura de expresión;
pero el censurador es, históricamente, el que
ha perdido la batalla por la legitimación ética,
porque su acción y discurso contradicen el paradigma
del Humanismo.
El
personaje del padre Natalio representa al típico
marginado: se encuentra en la clandestinidad política
y eclesiástica. También se encuentra marginado
por el poder político, civil, representado por
el periódico del pueblo. Sin embargo, es el único
"héroe-ético" que sobrevive
en la aniquilación dialéctica de la película.
Su derrota, la excomulgación -la separación
definitiva de la corrupción y del poder- como
la de Jesús, es la única forma efectiva
de triunfo moral.
Como
afirma el profesor de la Universidad de Berkeley, Mas'ud
Zavarzaeh, el disentimiento es parte de la tradición
del actual sistema hegemónico. La tradición
integra y resuelve dos tópicos fundamentales
de las sociedades capitalistas -lo nuevo y lo permanente-
operando una "deshistorización" de
los hechos sociales y políticos. Integra en su
propio discurso al "disidente", al rebelde,
como resultados necesarios de una sociedad dinámica,
moderna y pluralista -democrática.
En
el caso de América Latina, el rebelde, el subversivo,
cuando no logró en un gran movimiento revolucionario
destruir la estructura de dominio social -lo cual constituye
la regla general-, cumplió la función
justificar una reacción violenta a favor del
status quo.
Si
bien encontraremos en el cine de las últimas
décadas (1) una tradición intermedia donde
la memoria se convierte en la denuncia, en la reescritura
de la historia olvidada, también tendremos (2)
un género "documental" más reciente,
en el amplio sentido de la palabra, donde se recoge
el presente y se lo convierte en memoria futura, como
son los casos de las películas colombianas La
vendedora de rosas (1998) y La virgen de los
sicarios (2000). Dentro del primer grupo podríamos
ubicar, como ejemplos, a Tiempo de revancha (1981),
La historia oficial (1983), Amanecer Rojo
(1989), Garage Olimpo (1999), Botín
de Guerra (1999) y -una de las mejores- Kamchatka
(2002). En todas, el discurso es de denuncia contra
"la historia oficial", contra la historia
escrita por el poder. La principal motivación
de esta reescritura es política y, en todos los
caos, consiste en una lucha por la recuperación
de la memoria, no sólo aquella memoria enterrada
por el poder sino aquella otra deformada por el mismo
(podríamos incluir Yo, la peor de todas,
1990, si no considerásemos su referencia al siglo
XVII).
Tanto
La virgen de los sicarios como La vendedora
de rosas, desafían la tradicional estructura
del cine hollywoodense y revierten el precepto de arte
como medio de diversión o de belleza, del arte
como objeto puramente estético. Ambas películas
no sólo procuran exponer una realidad dramática
y conocida por muchos, sino que serán un día
la mejor fuente documental para aquellos que procuren
entender algo de nuestro tiempo, concretamente del presente
de las sociedades marginales de América Latina.
Aquí ya no tenemos la denuncia con el objetivo
de una reescritura de la historia. Ya no se busca "recuperar"
una memoria perdida, sino exponer la tragedia del olvido
más desgarrador y absoluto. Mucho menos relación
tiene con la memoria de la Utopía. No sólo
no se busca alcanzar la sociedad perfecta, sino que
ni siquiera se pretende la resistencia de una sociedad
derrotada: un profundo y oscuro nihilismo, a
veces autocomplaciente y destructivo, recorre estas
propuestas cinematográficas. Una violenta concordancia
con la realidad, la degradación de la vida y
de la muerte. Aquí el presente contrasta violentamente:
nos recuerda el viejo género de ciencia-ficción-catástrofe,
donde el mundo ha sucumbido al caos y la gente -una
clase sumergida, lejos de los poderosos, como siempre-
busca desesperadamente sobrevivir entre la peor miseria
y abandono, entre la violencia y la alineación.
La vendedora de rosas nos dice que ese futuro
ya llegó, que el caos es ahora, que el mundo
ya se ha perdido. La destrucción, la decadencia
-moral y material- conviven en un basural con elementos
de la modernidad, con símbolos de un lejano mundo
desarrollado, con el recuerdo fragmentado de objetos
que alguna vez fueron útiles, que alguna vez
formaron parte de un orden lleno de memoria. Sólo
que aquí, a diferencia de Hollywood, no hay promesas
de redención, no hay héroes organizando
la resistencia, incubando la rebelión. No hay
esperanza, sino la muerte. La muerte para alcanzar la
liberación virginal; la muerte infantil -como
de hecho sucede en la película y con la pequeña
y ocasional actriz en la vida real- para volver a los
brazos de la madre.
Para
los personajes de La vendedora de Rosas, los
símbolos -la memoria colectiva- han perdido su
significado; el texto, su memoria. El hecho de la "pérdida
de la memoria colectiva", está acentuada
no sólo por las drogas que todo lo borran, sino
también por la edad de sus protagonistas principales
y por la pobreza del lenguaje que es, en suma, memoria
colectiva y que, en este caso, ha dejado de comunicar
o sólo comunica sonidos guturales, propios de
un ser humano que casi ha dejado de serlo.
No
hay ficción, en el sentido tradicional del término;
los actores no son profesionales y su papel es representarse
a sí mismos. O, más aún, no representan
nada, sino que continúan su vida como si la cámara
no estuviese presente. Ya no se trata del neorrealismo
nacido de los barrios pobres de Italia y de América
Latina: es crudo hiperrealismo, desechos humanos,
supuestamente vivos aún, excretados a las cloacas
de la ciudad moderna. Una interesante versión
cuyo tema central también es la desmemoria y
la alienación del mundo posmoderno, pero referida
a la clase empresarial, podemos verla en la también
excelente El hijo de la novia (2001).
Como
los huesos de un hombre primitivo sirven hoy para recordar
al resto de los hombres y mujeres que lo rodearon, sin
que alguno de ellos se lo haya propuesto nunca, así
servirán estas memorias del olvido, para recordar
lo que fuimos alguna vez -si algún día
tenemos la suerte de dejar de ser eso que también
somos.
+[INFO]:
-Jorge Majfud, selección de artículos
y ensayos
http://www.majfud.50megs.com/
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(*) Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado
arquitecto de la Universidad de la República
del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el
exterior. En el 2003 abandonó sus profesiones
anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura
y a la investigación. En la actualidad enseña
Literatura Latinoamericana en The University of Georgia,
Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias
del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión
pura (ensayos 1998), La reina de América (novela.
2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos,
2004). Es colaborador de La República, El País,
La Vanguardia, Tiempos del Mundo, Rebelión, Resource
Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco
Latino, Jornada, Centre des Médias Alternatifs
du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria de España.
Ha colaborado en la redacción de Enciclopedia
de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires.
Sus ensayos y artículos han sido traducidas al
inglés, francés, portugués y alemán.
Ha sido expositor invitado en varios países.
En 2001 fue finalista del Premio Casa de las Américas,
Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido
recientemente el Premio Excellence in Research Award
in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
Participa en MV Prensa desde marzo de 2007
Imagen:
http://exalter.blogspot.com/
©
MV Prensa / Septiembre de 2007
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