Título
original: Sicko Género: Documental Procedencia: USA (2007) Distribuidora: Alfa Dirección: Michael Moore Guión: Michael Moore Producción: Michael Moore y Meghan O'Hara Montaje: Dan Swietlik, Geoffrey Richman y Christopher
Seward Duración: 123 minutos Calificación: Sólo apta para mayores
de 13 años
Lo hizo de nuevo. Michael Moore dijo cosas espantosas
de George W. Bush, del sistema de salud en los Estados
Unidos y encima defendió Guantánamo. Pasa
que la base militar norteamericana en Cuba, por paradójico
que suene, es el único lugar bajo las órdenes
del Tío Sam donde se puede recibir atención
médica gratuita y completa; el problema es que
la clientela está compuesta por prisioneros sin
derechos internacionales, prolija y sistemáticamente
torturados para que confiesen lo que le haga falta a
los intereses económico-militares de USA. Pero
al menos no los obligan a pagar por los remedios.
Luego
de Bowling for Columbine (2002) y Fahrenheit 9/11 (2004),
le llegó el turno al tratamiento de las heridas
de los estadounidenses. ¿Puede ser posible que
la primera potencia mundial tenga un sistema de salud
pública que excluya a 50 millones de sus habitantes
(de los 300 totales), y que a la mayoría de los
"incluidos" los desgaste hasta el cansancio
para que no generen mayores gastos con sus inoportunas
dolencias físicas? Moore lo demuestra, sin sutilezas
por cierto.
Con
afán turístico y pedagógico, el
realizador de la gorra de beisbol cocida a su cuero
cabelludo decide viajar a Canadá, Francia, Reino
Unido y Cuba con tal de confirmar su visión de
que algo raro sucede en su propia patria con el vínculo
hospitales-pacientes-no pacientes. Y para su sorpresa
y la nuestra, en esos grandes países industrializados
no sólo existen muy buenos sistemas de salud
pública gratuita, sino que en la mayoría
de ellos (salvo Cuba, por obvias razones) los médicos
no debieron renunciar a sus aspiraciones económicas
de llevar un buen nivel de vida.
Basándose
en gran cantidad de testimonios, Moore contrasta una
y otra vez el tratamiento ético y médico
que se les brinda a los enfermos dentro y fuera de USA.
Así, el espectador se encontrará, por
ejemplo, con que mientras un centro médico de
Chicago (Nueva York o Florida, es lo mismo) rechaza
a un paciente por no poder pagar la consulta de urgencia,
en Londres se le brinda la mejor atención de
que dispone el establecimiento, e incluso se le pagan
los gastos de traslado y estadía si tuvo que
venirse desde lejos sin fondos suficientes.
Con
gran calidad y ritmo narrativo, y menos protagonismo
que en sus anteriores presentaciones, Moore genera en
el cuerpo del sistema la misma picazón políticamente
incorrecta de siempre. Muchos datos, más testimonios
y la perla del viaje a la isla de Fidel rematarán
una historia que la mayoría de las corporaciones
médicas quisieran que se perciba como ficción.
Pero no, pasa. Y seguirá pasando, parece. Aunque
lo filmado es contundente, nocivo y evidente, también
ha pasado (pasa, y seguirá pasando ) que
para cambiarlo pueda no resultar suficiente.
Sería
pedirle demasiado a un director, aunque se trate del
grande y pesado de Moore, que la sola difusión
de su película desmantele tanta saña e
insensibilidad corporativa, enferma de ambición
y materialismo. Pero lo bueno, al menos para este cronista,
es que todo cambio, gigante o casi insignificante, siempre
comenzó con un primer movimiento.