|
55
mil personas asistieron el sábado 13 de noviembre
a la cuarta edición en la Argentina de Creamfields,
la fiesta dance más importante del mundo.
Bailar y saltar al ritmo loco de la música escupida
desde las bandejas de los dj´s de turno -desreguladores
emocionales y hormonales, por excelencia- era lo único
que interesaba.
La
excitación artificial o natural que todo el público
y de manera mancomunada compartía, estuvo armonizada
por los artistas más prestigiosos de la música
electrónica. Así hicieron su magia la
agrupación británica Groove Armada, Paul
Oakenfold, Deep Dish, Erick Morillo, Jeff Mills, Darren
Emerson y el orgullo nacional Hernán Cataneo,
entre muchos otros.
La fiesta, que parece condenada a la lluvia (boicoteadora
en la venta de agua mineral), se realizó en un
predio especialmente acondicionado para la ocasión:
La ex Ciudad Deportiva de Boca Juniors, con sus más
de 13 hectáreas, dividida en carpas, donde en
cada una sonaba un estilo diferente. Así, por
ejemplo, en el Energizer Stage, el funk y el hip hop
estaban a pleno; en la Metrodance lunch, estallaba el
trance y etc, etc, etc. Lo único que los nacidos
del tecno reclamaron de la -por lejos- mejor edición
argentina de la Cream era la presencia de más
grupos. Para ellos, paladares especializados, la versión
2005 podría mejorar sensiblemente si se reemplazaran
algunos de los clásicos dijeys por bandas electrónicas
de las nuevas generaciones, como Chromeo, Pinback y
Sex in Dallas.
Cataneo fue el encargado de ponerle el cierre de oro
a la mejor edición de la Cream en el país.
La mega fiesta electrónica, que había
comenzado a las 15 horas del sábado, concluyó
a las 7.30 de la mañana del domingo con una tonelada
de público caminando semidesecho, mojado y embarrado;
pero feliz, ocultando los ojos desorbitados tras sus
característicos lentes de sol.
La reventa con reviente
Pequeños
y grandes comerciantes fueron estrellas destacadas en
la noche Cream.
En las filas para entrar al festival, cientos de personas
se lanzaban a revender entradas a precios altísimos:
entre 100 y 250 pesos había que pagarles para
ingresar a último momento. Con pícaras
sonrisas, varios vendedores guiñaban un ojo -adivinando
la pregunta- y lanzaban un: "Hoy me salvo, loco".
De todos modos, dentro del predio se hacían los
negocios más pesados. El Éxtasis, la droga
que nunca falta en una movida electrónica, fue
ofrecida a mansalva por un mínimo de 40 pesos
la pastilla; mientras que el Poper, un alucinógeno
(nitrito de amilo, el lanzaperfume) que viene en aerosol,
era vendido a 20.
Pero el principal negocio de los mercaderes venía
envuelto en lengua foránea. Los avivados se regodeaban
cada vez que escuchaban un idioma distinto al español,
porque precisamente allí estaba el negocio. La
mayoría de los extranjeros era engañada
con el cambio, entre otras cosas, por desconocimiento,
la excitación del momento u otras yerbas en juego
(y ya dentro del organismo) Así, las pastillas
iban de un lado a otro de manera constante, mientras
todos saltaban y bailaban durante 19 horas corridas.
-----
(*) Alejandro Cannizzaro (acannizzaro@mvprensa.com.ar)
es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta agosto
de 2006
Colaboración:
Diego Mancaniello
Imagen:
Julián Bongiovanni, La Nación
http://www.lanacion.com.ar/
©
MV Prensa / Noviembre de 2004
|