MÚSICA | Creamfields 04
Éxtasis
Por Alejandro Cannizzaro*



55 mil personas asistieron el sábado 13 de noviembre a la cuarta edición en la Argentina de Creamfields, la fiesta dance más importante del mundo.

Bailar y saltar al ritmo loco de la música escupida desde las bandejas de los dj´s de turno -desreguladores emocionales y hormonales, por excelencia- era lo único que interesaba.

La excitación artificial o natural que todo el público y de manera mancomunada compartía, estuvo armonizada por los artistas más prestigiosos de la música electrónica. Así hicieron su magia la agrupación británica Groove Armada, Paul Oakenfold, Deep Dish, Erick Morillo, Jeff Mills, Darren Emerson y el orgullo nacional Hernán Cataneo, entre muchos otros.

La fiesta, que parece condenada a la lluvia (boicoteadora en la venta de agua mineral), se realizó en un predio especialmente acondicionado para la ocasión: La ex Ciudad Deportiva de Boca Juniors, con sus más de 13 hectáreas, dividida en carpas, donde en cada una sonaba un estilo diferente. Así, por ejemplo, en el Energizer Stage, el funk y el hip hop estaban a pleno; en la Metrodance lunch, estallaba el trance y etc, etc, etc. Lo único que los nacidos del tecno reclamaron de la -por lejos- mejor edición argentina de la Cream era la presencia de más grupos. Para ellos, paladares especializados, la versión 2005 podría mejorar sensiblemente si se reemplazaran algunos de los clásicos dijeys por bandas electrónicas de las nuevas generaciones, como Chromeo, Pinback y Sex in Dallas.

Cataneo fue el encargado de ponerle el cierre de oro a la mejor edición de la Cream en el país. La mega fiesta electrónica, que había comenzado a las 15 horas del sábado, concluyó a las 7.30 de la mañana del domingo con una tonelada de público caminando semidesecho, mojado y embarrado; pero feliz, ocultando los ojos desorbitados tras sus característicos lentes de sol.



La reventa con reviente

Pequeños y grandes comerciantes fueron estrellas destacadas en la noche Cream.

En las filas para entrar al festival, cientos de personas se lanzaban a revender entradas a precios altísimos: entre 100 y 250 pesos había que pagarles para ingresar a último momento. Con pícaras sonrisas, varios vendedores guiñaban un ojo -adivinando la pregunta- y lanzaban un: "Hoy me salvo, loco".

De todos modos, dentro del predio se hacían los negocios más pesados. El Éxtasis, la droga que nunca falta en una movida electrónica, fue ofrecida a mansalva por un mínimo de 40 pesos la pastilla; mientras que el Poper, un alucinógeno (nitrito de amilo, el lanzaperfume) que viene en aerosol, era vendido a 20.

Pero el principal negocio de los mercaderes venía envuelto en lengua foránea. Los avivados se regodeaban cada vez que escuchaban un idioma distinto al español, porque precisamente allí estaba el negocio. La mayoría de los extranjeros era engañada con el cambio, entre otras cosas, por desconocimiento, la excitación del momento u otras yerbas en juego (y ya dentro del organismo) Así, las pastillas iban de un lado a otro de manera constante, mientras todos saltaban y bailaban durante 19 horas corridas.




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(*) Alejandro Cannizzaro (acannizzaro@mvprensa.com.ar) es periodista.
Participó en MV Prensa desde abril de 2004 hasta agosto de 2006





Colaboración:
Diego Mancaniello
Imagen:
Julián Bongiovanni, La Nación
http://www.lanacion.com.ar/

© MV Prensa / Noviembre de 2004


 
 
 
 
 
 
 


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