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Descubrir
que las fotografías que al parecer son registro
de clímax íntimos, sobre todo del amor
y de la muerte, están construidas nos consterna
especialmente. Lo significativo de Muerte de un soldado
republicano es que es un momento real, captado de modo
fortuito; pierde todo valor si el soldado que se desploma
resulta que estaba actuando ante la cámara de
Capa. Robert Doisneau nunca declaró explícitamente
que la fotografía para Life de una joven pareja
que se besa en una acera cerca del Hôtel de Ville
parisino en 1950 tuviera la categoría de instantánea.
Sin embargo, la revelación, más de 40
años después, de que la foto había
sido una escenificación
con una mujer y un hombre contratados por ese día
a fin de que se besuquearan ante Doisneau provocó
muchos espasmos de disgusto
entre quienes la tenían por una visión
preciosa del amor romántico y del París
romántico. Queremos que el fotógrafo sea
un espía en la casa del amor y de la muerte y
que los retratados no sean conscientes de la cámara,
se encuentren con "la guardia baja". Ninguna
definición compleja de lo que es o podrá
ser la fotografía atenuará jamás
el placer deparado por una foto de un hecho inesperado
que capta a mitad de la acción un fotógrafo
alerta.
Si damos por auténticas sólo las fotografías
resultantes de que el fotógrafo se encuentre
en las proximidades, con el obturador abierto, justo
en el momento preciso, se podrán considerar pocas
imágenes de la victoria. Tómese la acción
de hincar una bandera en una colina mientras la batalla
toca a su fin. La célebre fotografía del
levantamiento de la bandera estadunidense en Iwo Jima
el 23 de febrero de 1945 resulta ser una "reconstrucción"
de un fotógrafo de la Associated Press, Joe Rosenthal,
de la ceremonia matutina del levantamiento de la bandera
que siguió a la captura del Monte Suribachi,
reconstruida aquel mismo día pero más
tarde y con una bandera más grande. La historia
de otra imagen de la victoria, también icónica,
que el fotógrafo de guerra soviético Yevgeny
Khaldei tomó de soldados rusos enarbolando la
bandera roja sobre el Reichstag, mientras Berlín
aún arde el 2 de mayo de 1945, es que la proeza
se organizó ante la cámara. El caso de
una fotografía optimista, muy difundida, hecha
en Londres en 1940 durante el blitz es más complejo,
pues el fotógrafo, y por ello las circunstancias
de su realización, son desconocidas. La foto
muestra, a través de una pared faltante de la
biblioteca sin techo y absolutamente arruinada de la
mansión Holland, a tres caballeros de pie sobre
los escombros, más o menos apartados unos de
otros frente a dos paredes de estanterías milagrosamente
intactas. Uno mira los libros; otro engancha el dedo
en el lomo de uno que está a punto de retirar
del anaquel; otro más, libro en mano, lee: la
elegante composición del cuadro tiene que haber
sido dirigida. Es grato imaginar que la foto no es la
invención a partir de cero de un fotógrafo
merodeando por Kensington después de un ataque
aéreo, el cual había llevado a tres individuos
para interpretar a tres curiosos impertérritos
cuando descubrió la biblioteca de la gran mansión
jacobea cercenada y a la vista, sino más bien
que los tres caballeros habían sido vistos satisfaciendo
sus apetitos librescos en la mansión destruida
y el fotó-grafo había hecho poco más
que espaciarlos de modo distinto a fin de conseguir
una foto más mordaz. En todo caso, la fotografía
conserva el encanto y la autenticidad de la época
que celebra un ideal ya desaparecido de entereza nacional
y sangre fría. Con el tiempo, muchas fotografías
trucadas se convierten en pruebas históricas,
aunque de una especie impura, como casi todas las pruebas
históricas.
Sólo a partir de la guerra de Vietnam hay una
certidumbre casi absoluta de que ninguna de las fotografías
más conocidas son un truco. Y ello es consustancial
a la autoridad moral de esas imágenes. La fotografía
de 1972 que rubrica el horror de la guerra de Vietnam,
hecha por Huynh Cong Ut, de unos niños que corren
aullando de dolor camino abajo de una aldea recién
bañada con napalm estadunidense, pertenece al
ámbito de las fotografías en las que no
es posible posar. Lo mismo es cierto de las más
conocidas sobre la mayoría de las guerras desde
entonces. Que a partir de la de Vietnam haya habido
tan pocas fotografías bélicas trucadas
implica que los fotógrafos se han atenido a normas
más estrictas de probidad periodística.
Ello se explica en parte quizá porque la televisión
se convirtió en el medio que definía la
difusión de las imágenes bélicas
en Vietnam y porque el intrépido fotógrafo
solitario con su Leica o Nikon en mano, operando sin
estar a la vista buena parte del tiempo, debía
entonces tolerar la proximidad y competir con los equipos
televisivos: dar testimonio de la guerra ya casi nunca
es un empeño solitario. En sus aspectos técnicos
las posibilidades de arreglar o manipular electrónicamente
las imágenes son mayores que nunca, casi ilimitadas.
Pero la práctica de inventar dramáticas
fotos noticiosas, de montarlas ante la cámara,
parece estar en vías de volverse un arte perdido.
Fragmento de Ante el dolor de los demás (Alfaguara),
el libro más reciente de Susan Sontag, que publicó
La Jornada el pasado 24 de julio como un adelanto para
sus lectores.
NOTA
Escritora y activista estadounidense fallecida el 28
de diciembre de 2004 a los 71 años en
Nueva York, víctima de leucemia
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(*) La Jornada de México (http://www.jornada.unam.mx/)
es la edición digital del diario La Jornada, fundado
en 1984. Se caracteriza por ser uno de los medios en
abordar el trabajo periodístico con el mayor compromiso
social y seriedad en todo el mundo. Immanuel Wallerstein,
Noam Chomsky, Robert Fisk, James Petras, Howard Zinn
y José Steinsleger son algunos de los reconocidos autores
que el diario mexicano suele publicar.
Fuente:
La Jornada de México, 31 de diciembre de 2004
http://www.jornada.unam.mx/
Imagen:
http://www.columbia.edu/
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MV Prensa / Enero de 2005
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