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Caducidad de Arquímedes y de Freud
# Del Ars Amandi de Ovidio a la
Guía sexual de Durex
En
tiempos recientes Arquímedes ha sido severamente
vapuleado. Hace
un par de años, científicos del Instituto
de Tecnología de Massachussets y de la Universidad
de Arizona intentaron reproducir, sin éxito,
las lupas y los espejos que el sabio griego diseñó,
según la leyenda, para incendiar las galeras
del general romano Marcelo que sitiaban Siracusa. Para
colmo, algún físico moderno ha calculado
las condiciones bajo las cuales sería posible
cumplir la frase arquimediana "dadme un punto de
apoyo (fulcro) y moveré el mundo", y sus
conclusiones son desalentadoras: de poderse se puede,
pero para que un humano de fuerza mediana pudiera mover
un centímetro esta pelota de seis mil trillones
de toneladas tendría que hallar el fulcro adecuado,
luego construir una palanca
con una longitud de diez millones de años luz,
es decir, cien veces más larga que el diámetro
de nuestra galaxia, y después la mano que moviera
esa palanca debería recorrer un arco de un billón
de años luz (ojo, chato, que ese trayecto te
toma un tiempo equivalente a diez veces la edad del
universo), y sí, a la postre conseguiría
alzar un centímetro este planetucho de porquería.
Pese
a sus limitaciones, esa ley de Arquímedes
se mantuvo vigente en las interfases de la tecnología
hasta mediados del siglo XX y el poder de la palanca
fue tan apreciado que se convirtió en metáfora
del poder a secas: "tener palancas". Se empleaban
en toda suerte de maquinaria, desde hornos de fundición
hasta máquinas de escribir, como interruptores
eléctricos, y aún se les puede ver, muy
orondas ellas, emergiendo de la caja de transmisión
de los automóviles. Esa popularidad es consistente
con el hecho de que, desde el Neolítico y creo
que hasta la fecha, vivimos en sociedades preponderantemente
falocráticas en las que la porción masculina
de la humanidad ha tenido la sartén por el mango
y en las que el control sobre los demás se representa
por medio de cetros,
báculos,
férulas,
varas y bastones de mando.
En
pleno esplendor del Rey Vergara un
célebre neurótico de Viena ideó
la fantasía perfecta para explicar las diferencias
en el desarrollo de los dos géneros: "Si
investigamos hasta una profundidad suficiente la neurosis
de una mujer, tropezamos frecuentemente con el deseo
reprimido de poseer, como el hombre, un pene. A este
deseo lo denominamos 'envidia del pene' [...] En otras
mujeres no aparece este deseo, pero sí el de
tener un hijo, deseo cuyo incumplimiento puede luego
desencadenar la neurosis. Es como si hubieran comprendido
-cosa imposible en la realidad- que la naturaleza les
ha dado los hijos como compensación de lo que
hubo de negarle. Por último, en una tercera clase
de mujeres averiguamos que abrigaron sucesivamente ambos
deseos. Primero quisieron poseer un pene como el hombre,
y en una época ulterior, pero todavía
infantil, se sustituyó en ellas a ese deseo el
de tener un hijo [...] No nos es difícil indicar
el destino que sigue el deseo infantil de poseer un
pene cuando la sujeto permanece exenta de toda perturbación
neurótica en su vida ulterior. Se transforma
entonces en el de encontrar marido, aceptando así
al hombre como un elemento accesorio inseparable del
pene." Y lo que en la mujer era envidia por no
tenerlo, en el hombre era un pánico a perderlo
que nuestro autor llamó "complejo de castración".
Si
el buenazo de Segismundo hubiera tenido noticia
de los millones de dólares que se mueven en el
mercado actual de productos
y tratamientos dudosos para ensanchar y alargar
el miembro masculino -desde pastillas
de hierbas hasta cirugía,
pasando por plomadas
y bombas de vacío-, se habría dado
cuenta que la envidia del pene causa muchos más
estragos entre los hombres que entre las mujeres y que
buena parte de los primeros viven en la añoranza
de una mayor palanca arquimediana con la (falsa) ilusión
de que con ella moverán al planeta.
Quién
sabe si la naturaleza humana imita al arte o si
es al revés, pero a mediados del siglo pasado
el mundo se dio un golpe en la cabeza y el poderío
masculino empezó a remitir. Coincidencia o no,
la mecánica fue cediendo su sitio a la electromecánica
y ésta, a su vez, a la electrónica, y
con ello las palancas fueron remplazadas en los mecanismos
de mando (es decir, de poder) por componentes más
sutiles: interruptores redondos que requerían
de menores recorridos y de menos fuerza. Un momento
clave en ese proceso fue cuando la energía demencial
de las armas atómicas quedó localizada,
así fuera en el imaginario colectivo, en el botón
nuclear. En forma paralela al creciente acceso de las
mujeres al poder, las interfases tecnológicas
experimentan la poda de las palancas y el florecimiento
de los botones.
Al
principio éstos se asociaban con funciones
específicas y las consolas de control eran unas
enormes mazorcas de granos luminosos. Poco a poco, se
ha llegado al predominio del botón genérico
que otorga el mando sobre cientos, miles o millones
de botones virtuales: la tecla "Enter", el
clic del mouse, el mecanismo de control de los iPod
y de los celulares modernos. La palabra botón
tiene significados varios: designa a la pieza que permite
abrir y cerrar las prendas de vestir, al dispositivo
que activa funciones y a la flor que no ha abierto sus
pétalos. Tal vez resulte exagerado y mecanicista
ver en este cambio sostenido un síntoma del tránsito
de una era fálica a una clitoriana. Pero no necesariamente
por estas representaciones del poder, sino también
por la capacidad de placer, acaso no esté lejano
el día (algo se ha esbozado ya por
ahí),
en que alguien acuñe el concepto de la envidia
masculina del clítoris.
Ese
sentimiento pudo ser responsable de que se relegara
al olvido conocimientos ancestrales y básicos
de la anatomía femenina. En The-clitoris.com
se lee: "La revelación de Master y Johnson
de que el orgasmo femenino es casi por completo clitoriano
habría sido algo común para todas las
comadres del siglo XVII y había estado anticipado
en considerable detalle por los investigadores del XIX.
Por alguna razón, descendió una gran amnesia
sobre este tema en los círculos científicos
alrededor de 1900, de manera que las verdades de los
ancianos podían ser ovacionadas como impactantemente
nuevas en la segunda mitad del XX". Publio Ovidio
Nasón recomendaba en su Ars Amandi: "Si
das en aquel sitio más sensible de la mujer,
que un necio pudor no te detenga la mano; entonces observarás
cómo sus ojos despiden una luz temblorosa; luego
vendrán las quejas, los dulcísimos murmullos,
los tiernos gemidos..." Parece mentira que dos
mil años después la Guía
sexual de Durex deba lamentarse porque "muchos
hombres no tienen ni idea de donde localizarlo"
y que formule un consejo brutal: "Si no lo encuentras,
pregunta".
Con
esa clase de preceptos no es de extrañar
si algunos incurren en un error semejante al de los
vendedores a domicilio que se pasan 20 minutos con el
dedo pegado al timbre sin enterarse que hay un corte
de energía eléctrica en toda la zona.
Aparte
de su capacidad para el placer, lo más hermoso
de este órgano (y lo más amenazante para
las seguridades masculinas) es la incertidumbre: la
interacción con él no puede reducirse
a mapas, instructivos, horarios ni recetas infalibles,
ni a cualquier otra herramienta de la pragmática,
salvo, tal vez, la de rendirle tributo con el corazón
antes que con otra parte del cuerpo. Legítimas
propietarias: sean benevolentes y piadosas con nuestra
torpeza y nuestra bastedad, que muchas veces son expresión
de impaciencia y de ignorancia. No juzguen con severidad
excesiva a quienes lo confunden con el botón
de encendido de una lavadora. Con una exasperante frecuencia
los hombres somos ínfimos y tontos. Acaso, como
ocurre con los vendedores de los que hablaba, nadie
nos enseñó a tocar con cortesía
y consideración los timbres del Paraíso.
+[INFO]:
-Navegaciones. Columna que aparece jueves y domingo
en La Jornada de México
(y lunes y viernes en este blog) más otras cosas que
se ponen a diario, o casi.
http://navegaciones.blogspot.com
-La Jornada de México
http://www.jornada.unam.mx/
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(*)
Pedro Miguel (navegaciones@yahoo.com) El autor
nació en Guatemala en 1958, es mexicano por decisión
propia, papá de Clara, colaborador de La Jornada
desde la fundación de ese diario y entusiasta
del proyecto de transformación del mono en hombre.
Autoriza a MV Prensa a publicar parte de su material
desde julio de 2007.
Imágenes:
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© MV Prensa / Septiembre de 2007
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