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Los
gobiernos de Felipe Calderón y de Néstor
Kirchner tienen en común un arranque marcado
por el déficit de legitimidad. En la primera
quincena de mayo de 2003 el ahora presidente argentino
tenía a su favor el enorme repudio social generado
por la figura de Carlos Menem, con quien iba a enfrentarse
en una segunda vuelta; pero el ex mandatario decidió
ahorrarse el ridículo de perder por más
de 20 puntos, halló la manera para escamotearle
una victoria contundente a su rival y cuatro días
antes del comicio renunció a la candidatura.
Por ese golpe bajo y trapero, Kirchner llegó
a la Casa Rosada sólo con los sufragios que había
obtenido en la primera vuelta, 22 por ciento, la
votación más baja obtenida por un
presidente argentino. Calderón, por su parte,
logró meterse a Los Pinos con sólo medio
punto de ventaja sobre su adversario de izquierda, bajo
la sospecha de medio país de que ese margen ínfimo
no fue emitido por la ciudadanía sino fabricado
por el poder político-económico, y bajo
la evidencia de que su antecesor, a la manera clásica
del priísmo, abusó del poder público
para heredarle el cargo.
En
esos inicios amargos se agotan las semejanzas entre
el anfitrión mexicano y el huésped argentino.
Desde el primer día de su mandato, Kirchner tomó
distancia de la confluencia político-empresarial
que había llevado a la ruina a su país,
asumió un compromiso firme con la restauración
de los derechos humanos, reconstruyó la autoridad
presidencial e institucional, enfrentó la corrupción
del aparato público, buscó un acercamiento
con los movimientos sociales -hay que recordar que las
calles estaban en manos de los piqueteros-- y ensayó
medidas para reactivar la economía y paliar la
desesperada situación por la que atravesaba el
grueso de la gente. Para redondear la diferencia, hay
que recordar que tirios y troyanos reprocharon al ocupante
de la Casa Rosada el no haber puesto un suficiente empeño
en el combate a la delincuencia y la inseguridad. La
defensa de los derechos humanos le es reconocida por
todo
mundo: desde adversarios políticos como Elisa
Carrió hasta el derechista La
Nación. En cambio, su deslinde frente
a los intereses oligárquicos locales y financieros
transnacionales le es criticado desde la
izquierda, donde se dice que fue meramente retórico,
y desde la derecha, donde se le percibe como excesivo
e innecesario.
La
precariedad política con la que ambos iniciaron
sus respectivas administraciones derivó en circunstancias
en cierto modo opuestas: Kirchner le debe la presidencia
al hartazgo popular frente a la corrupción e
ineptitud de la clase política ("¡Que
se vayan todos!", era la consigna generalizada
en ese momento) y su mandato indudable, así hubiera
tenido atrás sólo a una quinta parte del
electorado, era cambiar el curso de desastre por el
que Argentina había transitado y tocado fondo.
En ese contexto el nuevo presidente tuvo la libertad
necesaria para impulsar un nuevo proyecto de país,
y lo hizo. Calderón, en cambio, fue puesto en
Los Pinos por los intereses excluyentes y antidemocráticos;
queda la duda de si se recurrió, para ello, a
una manipulación física y/o cibernética
de los sufragios, o bien si bastó con su inducción
ilegítima, operada desde la propia Presidencia,
los conglomerados mediáticos y corporativos y
la mafia sindical que controla al magisterio. Su mandato
-no el popular, sino el de las élites- es evitar
cualquier cambio sustancial en las condiciones y normas
que posibilitan el saqueo del país por los capitales
transnacionales, la perpetuación de las terribles
desigualdades sociales, la preservación de la
impunidad y la corrupción, y la garantía
de supervivencia a cacicazgos regionales y sindicales
que se apellidan Ruiz Ortiz, Marín, Gordillo
o Deschamps. En tales circunstancias, la formulación
de un proyecto de país es imposible de necesidad,
incluso si en el equipo de gobierno hubiera las luces
requeridas para la tarea.
Ahora
el anfitrión y el visitante podrán
ensayar gestos cordiales y amistosos -y qué bueno
que así ocurra- pero sus ejercicios del poder
son de signo opuesto. Kirchner encabeza un gobierno
con un
rumbo definido (otra cosa es estar de acuerdo o
no con él), en tanto que el de Calderón
tiene como propósito central no mover nada en
un régimen uncido a los designios de la oligarquía
política y empresarial, quedarse en eso y no
ir a ningún lado.
+[INFO]:
-Navegaciones. Columna que aparece jueves y domingo
en La Jornada de México
(y lunes y viernes en este blog) más otras cosas
que se ponen a diario, o casi.
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(*)
Pedro Miguel (navegaciones@yahoo.com) El autor
nació en Guatemala en 1958, es mexicano por decisión
propia, papá de Clara, colaborador de La Jornada
desde la fundación de ese diario y entusiasta
del proyecto de transformación del mono en hombre.
Autoriza a MV Prensa a publicar parte de su material
desde julio de 2007.
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MV Prensa / Julio de 2007
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