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En
varios países del Cono Sur se ha reestablecido
una necesaria crítica a la burocracia. Diferentes
actores sociales, incluidos políticos en los
gobiernos, han levantado su voz y su bolígrafo
acusador contra este mal crónico. El riesgo consiste
en que el efecto sea el mismo que se logra cuando se
pretende combatir una bacteria con una dosis insuficiente
de antibiótico: por la vieja ley de selección
natural, los sobrevivientes más resistentes terminan
por multiplicarse, haciendo menos probable el efecto
inicial del antibiótico. Si continuamos esta
metáfora, podemos reconocer que el remedio administrado
consiste en reformas drásticas o la desesperanza
y la resignación terminarán por fortalecerse
y multiplicarse agravando la inmovilidad, la pereza
-física e intelectual- y esa peligrosa sensación
de la imposibilidad o de la inconveniencia de las revoluciones
sociales.
Los
historiadores más finos saben que la humanidad
ha sufrido más de la peste burocrática
que de la peste bubónica. La burocracia fue el
síntoma y la causa de la decadencia y derrumbe
del imperio romano y del imperio español, hundidos
en un mar de papeles, leyes y controles inútiles.
Aunque las crónicas apenas dejan entreverlos,
detrás de los aventureros conquistadores, de
los militares y de los sacerdotes iban los escribanos.
La desconfianza entre los enviados de Dios hacía
necesario que alguien diera fe (burocrática)
de cada acción.
Desde
sus columnas en El pobrecito hablador, José
de Larra ya había satirizado repetidas veces
la paralizante cultura burocrática de España,
la que en su frustración se expresaba en una
repetida queja que nos es familiar: "estas cosas
sólo ocurren en este país" (1833).
También Antonio Gil de Zárate, en El
empleado (1843) escribió sobre la única
verdad del burócrata: "que su sueldo es
mentira". Para sobrevivir a la maquinaria del tedio,
se inventaron en el siglo XIX exitosas estrategias:
"El cigarro sirve para dos cosas, para dejar de
trabajar y para armar conversación". Las
arcas del estado estaban exhaustas y la regla era no
cobrar por meses y no pagar las cuentas por medio año.
El empleado estaba siempre atento a los movimientos
políticos; pasaba miseria pero a veces, sin razones,
se volvía rico. Finalmente, no sin ironía,
Zárate confiesa que él mismo es empleado
y está escribiendo eso que leemos, esperando
una nueva revuelta o que un ministro amigo suba al gobierno.
Gracias
a esta cultura del acomodo político y del inamovible
puestito público, España comenzó
a acostumbrarse a otra tradición: la emigración
de su clase trabajadora. Ya no emigraban para colonizar
sino para ser colonizados. Inglaterra, Francia y Holanda
se convirtieron en el siglo XIX en receptores de desplazados
sociales. Españoles, polacos e italianos se hacinaron
en los llamados "depósitos" donde esperaban
para buscar trabajo y así aumentaban la prosperidad
de países en principio ajenos. De la misma época
son los artículos de Eugenio de Ochoa "El
Emigrado" y "El español fuera de España".
En el primero Ochoa critica la única reacción
del gobierno: acusar al desplazado de "delito de
emigración", mientras Inglaterra y Francia
gozaban de la provisión de un "contingente
de emigrados políticos". El castigo de la
emigración para el rico, observó Ochoa,
es insignificante; para el pobre es durísimo.
Por eso el rico no se preocupa por la política,
porque "el emigrado rico en todas partes es perfectamente
recibido".
Esta
historia casi no se diferencia de nuestro presente latinoamericano.
El
mexicano Leopoldo Zea observaba que también "nuestras
revoluciones, nuestros ideales políticos degeneran
en burocracia" (1953). Casi la misma idea es aludida
en la película cubana Muerte de un burócrata,
del genial director cubano Tomás Gutiérrez
Alea. A no ser que se entienda la burocracia como un
mal preexistente y resistente. No en vano la película
está dedicada a Luis Buñuel, maestro del
surrealismo. El "pregúntele a González"
de Muerte de un burócrata (1966) es el
mismo "vuelva usted mañana" (1833)
de José de Larra. Con menos acidez y mayor resignación,
el mexicano Emilo Carballido había estrenado
su célebre obra El censo, representando
dos elementos que van juntos en la cultura burocrática:
corrupción y conformismo.
Por
consolidación o por resistencia, la burocracia
fue la muerte de todos los movimientos de liberación.
El mismo Che Guevara, ya en el poder político
de Cuba, criticó repetidas veces y en foros internacionales
esta amenaza de los nuevos países socialistas.
En Contra el burocratismo, lo reconoció
en estos términos: "ya sea que esta falla
del motor ideológico se produzca por una carencia
absoluta de convicción o por cierta dosis de
desesperación frente a problemas repetidos que
no se pueden resolver, el individuo, o grupo de individuos,
se refugian en el burocratismo, llenan papeles, salvan
su responsabilidad y establecen la defensa escrita para
seguir vegetando o para defenderse de la irresponsabilidad
de otros". (1963)
Creo
que en este momento es tiempo de apuntar contra dos
mitos enquistados en la conciencia colectiva: (1) No
es verdad que la burocracia sea un mal de los Estados
y la efectividad una virtud de las empresas privadas.
El sistema de salud de Estados Unidos por ejemplo, tiene
una de las burocracias privadas más grandes del
mundo. Pruebe alguien caerse enfermo y luego me cuenta.
(2) No es verdad que los Estados están organizados
para proteger y ayudar a los pobres en perjuicio de
los exitosos empresarios que pagan impuestos. Los pobres
de la periferia sobreviven de hecho sin la diaria protección
de los Estados, pero ninguna bolsa ni ningún
gran negocio nacional o internacional podrían
hacerlo sin la constante intervención, auxilio
y garantía de los gobiernos, ya sea proveyendo
infraestructura, monopolizando la violencia del orden
o interviniendo periódicamente en los valores
bursátiles, los cambios de moneda y las tasas
de interés, aún en los regímenes
más liberales.
Es
cierto que hay talentosos y mediocres, esforzados y
perezosos. Pero no es cierto que estas categorías
se traduzcan necesariamente en clases sociales. De hecho
"gente trabajadora" significa "gente
pobre" o "clase media". También
el burocretinismo es capaz de aplastar cualquier talento
y secar cualquier esfuerzo con la promesa de una seguridad
artificial que conduce primero a la pereza y luego a
la muerte cerebral. Todo en perjuicio de los verdaderos
trabajadores. El burocraticismo es una forma de vida
individual y una forma de muerte colectiva. El autómata
burocrático -público o privado-, poco
a poco, aprende a morir. (Creo que nadie ha expresado
de forma más breve este drama como Roberto Arlt
en La isla desierta, de 1939, y en toda su obra Juan
C. Onetti.)
Las
horas muertas matan. Lo peor que le puede pasar a un
trabajador, a su sociedad, es que se resigne a buscar
en su reloj la hora de salida. De nada sirve trabajar
ocho horas sin entusiasmo (la pasión por un trabajo
existe). Más valen tres horas creativas. La imaginación
al poder y al trabajo. Necesitamos esa rebeldía
para escandalizar las normas, para darle sentido a una
frase que ha sido casi siempre una farsa: "el trabajo
os hará libre".
+[INFO]:
-Jorge Majfud, selección de artículos
y ensayos
http://www.majfud.50megs.com/
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(*)
Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado
arquitecto de la Universidad de la República
del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el
exterior. En el 2003 abandonó sus profesiones
anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura
y a la investigación. En la actualidad enseña
Literatura Latinoamericana en The University of Georgia,
Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias
del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión
pura (ensayos 1998), La reina de América (novela.
2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos,
2004). Es colaborador de La República, El País,
La Vanguardia, Tiempos del Mundo, Rebelión, Resource
Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco
Latino, Jornada, Centre des Médias Alternatifs
du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria de España.
Ha colaborado en la redacción de Enciclopedia
de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires.
Sus ensayos y artículos han sido traducidas al
inglés, francés, portugués y alemán.
Ha sido expositor invitado en varios países.
En 2001 fue finalista del Premio Casa de las Américas,
Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido
recientemente el Premio Excellence in Research Award
in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
Participa en MV Prensa desde marzo de 2007
Imagen:
http://expresso.clix.pt/
©
MV Prensa / Julio de 2007
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