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Desde
hace unos 50 años los científicos nos
han estado advirtiendo acerca de los peligros de las
transformaciones (causadas por los humanos) del clima
terrestre. Pero en los recientes dos o tres años
ha habido dos cambios importantes en esta situación.
Primero, hay una serie de informes confiables -realizados
por diferentes grupos científicos-, los cuales
confirman que no sólo son reales estos peligros,
sino que vienen ocurriendo a un ritmo mucho más
apresurado de lo que los científicos creían
hace cinco años. Como dijo recientemente la canciller
Angela Merkel, de Alemania, "No faltan cinco minutos
para la medianoche; son cinco minutos después
de la medianoche".
El
segundo cambio es el grado en que para la gente común
se han hecho visibles estos cambios. Hubo un tsunami
en el océano Indico. Hay un incremento en la
frecuencia y ferocidad de los huracanes en el Caribe,
que culminó en el notable desastre de Katrina.
Las fotos del derretimiento de las zonas de hielo en
el Artico circulan ampliamente en la prensa. Y este
año los meteorólogos que en Londres han
estado midiendo las temperaturas por más de tres
siglos anunciaron que éste fue el invierno más
cálido allí desde que comenzaron a medir.
La contraparte del clima cálido en Europa son
los tornados y otros desastres provocados por el viento
en otras partes.
Entonces,
¿por qué se está haciendo tan poco?
Es claro que no es por falta de conciencia del problema,
por más que algunas personas traten de negar
su existencia. No obstante, el grado en que los líderes
políticos están dispuestos a hacer algo,
y de hecho el grado en que existe presión del
público para que hagan algo, es sorprendentemente
bajo. Cuando hay una separación tan clara entre
el conocimiento y la acción, debe haber obstáculos
en la arena sociopolítica que expliquen esto.
De hecho, existen tres obstáculos bastante poderosos
en acción: los intereses de productores-empresarios,
los de las naciones menos ricas y las actitudes de ustedes
y yo. Cada uno de estos obstáculos es poderoso.
A los productores/empresarios les preocupa primero que
nada obtener ganancias con sus actividades. Si uno les
pide que internalicen costos que actualmente no tienen
que pagar (el mejoramiento o limpieza de sus procesos
de contaminación), esto afecta seriamente sus
ganancias en dos formas. Primero, los fuerza a elevar
sus precios, lo que puede ocasionar la eliminación
de ciertos clientes suyos. Y si internalizan sus costos
pero los competidores no lo hacen, pueden perder ventas
que lograrán estos competidores.
Es
por esto, como regla general, que las acciones voluntarias
tienen poca posibilidad de funcionar, debido a que rara
vez son unánimes. En este caso, los productores/empresarios
virtuosos perderían ante los competidores. La
solución sería la internalización
obligatoria de costos ordenada por el gobierno. Aun
si esto resolviera el problema del competidor nacional,
deja abierto perder ante los competidores internacionales,
así como el hecho de que, por arriba de cierto
precio, hay disminución de la clientela.
El
segundo problema es precisamente el de la competencia
internacional. Los países más pobres buscan
mejorar su capacidad de competencia en el mercado mundial.
Una de las formas en que hacen esto es produciendo ciertos
productos a un menor nivel de costos de tal modo que
algunos artículos puedan ser comercializados
a un nivel menor de precios. Si se ordenaran (digamos
mediante algún tratado internacional) ciertos
virajes en el proceso de producción (la reducción
en el uso de carbón como fuente de energía),
esto requeriría una costosa restructuración
de las industrias en esos países, así
como la pérdida potencial de su ventaja competitiva
relativa a precios. Este es el argumento esgrimido actualmente
por países muy grandes como China e India, pero
también por naciones de Europa central y oriental
como Polonia y República Checa.
Existe,
por supuesto, una solución parcial a este problema.
Es el financiamiento masivo de los costos de restructuración
de las industrias de estos países por parte de
las naciones que actualmente son ricas (Estados Unidos,
Europa occidental). Pero dicha transferencia de riqueza
-porque esto es lo que es- siempre ha sido impopular
y cuenta con poco respaldo político en estos
países más ricos. En cualquier caso, esto
no afecta la pérdida potencial de la ventaja
en los precios, tan importante para estos estados menos
ricos.
Ustedes
y yo constituimos el corazón del tercer obstáculo.
Se le llama consumismo. A la gente siempre le ha gustado
consumir. Pero en los pasados 50 años, el número
de personas que podrían consumir más allá
de cierto nivel mínimo de supervivencia se ha
incrementado notablemente. Cuando llamamos a los individuos
a consumir menos electricidad o potencia, o a consumir
menos de los productos que requieren de estos insumos,
estamos convocando a quienes ahora son consumidores
a que cambien su estilo de vida, de modos significativos.
Y en cuanto a aquellos que actualmente no son lo suficientemente
ricos como para consumir de esa forma, uno los convoca
a renunciar a la poderosa aspiración de tener
acceso al consumo que históricamente se les ha
negado.
Esto
también puede ser resuelto. Las personas pueden
reducarse unas a otras. La gente puede poner en el centro
de su sistema de valores otras cosas que no impliquen
consumo. Podemos todos aceptar la necesidad de lograr
niveles de vida más igualitarios por todo el
planeta, aun si para algunos esto tal vez signifique
reducir sus propias ventajas.
Hace
50 años los científicos produjeron la
primera evidencia de que consumir productos de tabaco
tenía la consecuencia de una mayor probabilidad
de contraer cáncer. Hacerlo encontró los
mismos obstáculos que hoy implica hacer algo
acerca de los riesgos climáticos. Después
de 50, a escala mundial, la tasa de fumar ha disminuido
considerablemente, en parte debido a que se fuerza a
las compañías tabacaleras, mediante demandas
legales, a rembolsar los costos sociales de sus acciones
previas, en parte porque los individuos se reducan y
porque los gobiernos ordenan restricciones a los locales
donde está permitido fumar. Entonces es claro
que algo puede hacerse.
Pero,
¿tenemos 50 años para hacerlo?
© Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
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(*) La Jornada de México (http://www.jornada.unam.mx/)
es la edición digital del diario La Jornada,
fundado en 1984. Se caracteriza por ser uno de los medios
en abordar el trabajo periodístico con el mayor
compromiso social y seriedad en todo el mundo. Immanuel
Wallerstein, Noam Chomsky, Robert Fisk, James Petras,
Howard Zinn y José Steinsleger son algunos de
los reconocidos autores que el diario mexicano suele
publicar.
Fuente:
La Jornada de México, 22.04.07
http://www.jornada.unam.mx/
Imagen:
http://www.alfredosabat.com/
©
MV Prensa / Abril de 2007
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