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¡Qué
lindo si fuera cierto!... Qué lindo y,
especialmente, ¡qué útil!
Por
supuesto que, de existir, nos ahorraría
una enorme cantidad de problemas, de sinsabores,
de contratiempos molestos. ¡Pero no existe!
¿Se podrá escribir alguna vez? Por
las experiencias que hemos tenido hasta ahora,
pareciera que no. Quizá en algún
momento se logre escribir
, pero se lo ve
muy difícil.
¿Qué
tendría que decir ese manual? ¿Qué
nos enseñaría? Pues nada más
y nada menos que cómo cambiar el curso
de la historia. ¡Menuda tarea!
Por
supuesto que un manual de jardinería, o sobre
cómo reparar una licuadora o preparar una torta
es algo más sencillo. Lo es, porque ahí
está muy claro el objeto a tratar. En esos manuales
la cuestión es ordenar los pasos siguiendo una
secuencia lógica, y el objetivo final irremediablemente
se va a conseguir. ¿Por qué es tan difícil
-o imposible- un manual para producir ese cambio monumental
que es el socialismo, cambio absoluto en los paradigmas,
sin dudas el cambio más profundo al que podamos
aspirar? Pues justamente por eso: porque se trata de
cambiar el curso de la historia, de cambiar los moldes
mismos de lo que somos.
¡Cambiar
lo que somos! Ahí está la clave.
La revolución socialista implica un tremendo,
fabuloso, titánico cambio en la forma de
vida. Cambio en la relación con el trabajo,
cambio en la repartición de la riqueza,
cambio en las relaciones sociales, cambio en la
forma de vernos y tratarnos. ¡No es poca
cosa! Y los cambios reales, profundos, las transformaciones
duraderas que pasan a ser irreversibles, no son
cosa fácil. Por el contrario: son lentas,
complejas, nunca exentas de grandes sufrimientos.
Pero fundamentalmente: lentas.
Para
graficarlo: cuando los nazis invadieron Austria
durante la segunda guerra mundial detienen al
por ese entonces mundialmente reconocido y prestigioso
doctor Sigmund Freud, creador del psicoanálisis.
En honor a su celebridad le perdonaron la vida
pese a ser judío, condenándolo al
destierro (marchó para Gran Bretaña).
Y al momento de su partida dijo el sabio: "en
la edad media me hubieran quemado a mí;
hoy día queman mis libros. No hay dudas
que hemos progresado".
Efectivamente,
los cambios son pequeños pasitos de hormiga.
"Es más fácil desintegrar
un átomo que un prejuicio" agregó
otro judío genial, también condenado
al destierro: Albert Einstein. Transformar lo
que ya es hábito, mover la historia es,
quizá, el cambio más dificultoso.
De ahí que un manual que nos diga cómo
hacerlo parece difícil.
Pero
no nos decepcionemos. Que sea difícil no
significa que sea imposible. Por supuesto que
hay cambios, y las primeras experiencias de construcción
socialistas que recorrimos el siglo pasado son
un gran aliciente. Nadie duda que hubo problemas,
que muchos logros conseguidos a principios o mediados
del siglo XX retrocedieron hacia sus últimas
décadas. Pero de ninguna manera eso deja
de lado al socialismo como opción. Y muchísimo
menos eleva al capitalismo como modelo triunfador.
La situación desastrosa en que sigue viviendo
una muy considerable parte de la humanidad, la
guerra como necesidad intrínseca del sistema
y el descalabro medioambiental del planeta lo
atestiguan. El socialismo sigue siendo una luz
de esperanza. Por otro lado, y quizá como
una buena noticia que nos puede llenar de esperanza,
en una encuesta realizada por la agencia rusa
Ria Novosti entre 1.600 personas el 17 y 18 de
marzo del 2007 con un error estadístico
no superior al 3,4 por ciento, la amplia mayoría
de los entrevistados, hecha la comparación
entre los dos sistemas, el ahora desaparecido
socialismo soviético y actual capitalismo
a ultranza, no duda en optar por el primero, más
allá de todos los errores que puede haber
presentado.
Pero,
claro
si nos planteamos la construcción
del socialismo, además de la lucha monstruosa
que implica establecer un sistema que desplace
al capitalismo (¡cómo si esto fuera
fácil!) después de ver tantas dificultades
en su puesta en marcha puede surgir un cierto
estado de decepción. ¿Por qué
siempre tantas recaídas, por qué
tantos "nuevos ricos" que generan los
sistemas socialistas, por qué se siguen
repitiendo tanto los mismos esquemas que se critican:
autoritarismo, corrupción, falta de solidaridad?
Aunque ¡cuidado! Que la propaganda y el
bombardeo del discurso capitalista no nos confundan:
el socialismo sí es posible. Y más
aún: necesario. Viendo la situación
mundial cada vez se hacen más justas las
palabras de Rosa Luxemburgo: "socialismo
o barbarie".
El
problema que debería resolver el famoso
manual al que nos referimos no es tanto ¿cómo
llegar a tomar el poder? -lo cual, repitámoslo
una vez más, es una tarea ardua, una lucha
feroz- sino más bien: ¿qué
hacer una vez que se lo consiguió? En otros
términos: ¿cómo construir
algo nuevo cuando empezamos a dejar atrás
el capitalismo? La discusión en torno a
esto está abierta, y quizá ahí
está la pista: no hay manual posible que
diga por dónde ir sino que debe propiciarse
una crítica permanente (la "revolución
permanente" decía Trotsky). Ese es
el único camino.
En
todo caso el manual para hacer la revolución
socialista no será voluminoso; tendrá
sólo algunas consideraciones generales
y una recomendación. Una única recomendación,
sólo una, pero tan importante que no necesitará
mucho más. De lo que se trata es de mantener
un espíritu crítico continuo, perpetuo.
¿Cómo
llegar a producir la revolución? es algo que
dirá la situación de cada lugar. ¿Qué
hay que hacer, qué es más conveniente,
por dónde es más fácil llegar:
movimiento guerrillero campesino, lucha sindical urbana,
frente policlasista, elecciones democráticas,
guerra popular prolongada, combinación de todas
las anteriores?... Eso, definitivamente, escapa al manual.
Cada sociedad tiene su historia, su estilo, su cultura,
y cada una lo construirá a su modo. Lo que, en
todo caso, podría transmitirse no es tanto la
forma de llegar a vencer en la lucha revolucionaria
sino los pasos a seguir el día después.
Y si es difícil, tremendamente difícil,
decir cómo llegar a vencer en la lucha contra
el enemigo, es infinitamente más difícil,
complejo, arduo, construir algo nuevo. Por eso el manual
debería contemplar desde el día de la
revolución hacia delante.
Si
se toman las diversas experiencias socialistas
transcurridas durante el siglo XX podemos ver
que hay varias conclusiones que se desprenden.
De ellas, justamente, de su estudio sopesado podrán
no repetirse los mismos errores. Surgirán
nuevos quizá, pero al menos no los mismos.
Y si algo hay que entronizar en ese manual es
la autocrítica.
Obviamente
sería fabuloso poder contar con un manual
que nos facilitara esta titánica tarea
de transformar la historia. Pero no existe y seguramente
nunca va a existir. Tal vez pueden funcionar como
palabras de manual las ideas expresadas por Fidel
Castro en su histórico discurso del 17
de noviembre del 2005 refiriéndose a errores
y retrocesos capitalistas registrados en la isla
en el curso de los años de la revolución:
"o derrotamos todas esas desviaciones
y hacemos más fuerte la Revolución
destruyendo las ilusiones que puedan quedar al
imperio, o podríamos decir: o vencemos
radicalmente esos problemas o moriremos".
Seguramente, ahí está la clave:
o se avanza en la autocrítica radical,
o estamos en la pura cuestión cosmética.
Es decir: sigue el autoritarismo, la corrupción,
el afán de enriquecimiento individual,
la soberbia, la desigualdad y la injustita, con
nuevos rostros quizá, pero manteniendo
su esencia.
Ese
es el problema que nos acecha: que las revoluciones
puedan tener mucho de cosmética. Tan cosmética
como aquella concejala de la isla de Margarita,
en la Venezuela bolivariana, que pretendió
impulsar un fondo popular para dotar de implantes
mamarios de silicona a las muchachas de escasos
recursos, en el entendido que esas prótesis
son un pasaporte al paraíso
socialista.
Y el problema no es esa concejala, sino la dificultad
de mover esas cargas que llevamos todos y todas
como nuestro bagaje ancestral de prejuicios. Por
decreto no terminan el machismo ni el patriarcado,
ni nadie va a ser solidario por decisión
del partido gobernante, ni se va a terminar el
espíritu de protagonismo y las ansias de
poder por la firma de una proclama o yendo a una
marcha popular. Quizá esas cosas, en un
sentido, nunca puedan extinguirse totalmente,
al menos por ahora. Tal vez con el paso de muchas
generaciones, dado que son cambios que requieren
siglos de tiempo, pueda decirse que se transforman.
Pero se trata de tenerlas bajo control continuamente.
Ahí está la revolución: saber
lo que somos y actuar en concordancia. Las flaquezas
humanas no terminan por buena voluntad de nadie.
¿Acaso el alcoholismo se pudo eliminar
en algún país socialista? No, pero
la cuestión es cómo abordarlo como
problema complejo, de todo el colectivo, cuestión
de orden psicológico-social-cultural. Ahí
está el cambio.
Lo
único que podría enseñar
un presunto manual, entonces, es que en estas
complejas cuestiones humanas de revolucionar nuestra
esencia misma, nada está escrito: sólo
se trata de mantener una "crítica
implacable de todo lo existente", como
dijera Marx, crítica furibunda, diaria,
perpetua, sin contemplaciones. Si no, el peso
de la historia termina imponiéndose.
Además,
un manual serio, debería enseñar
que lo que dijo Freud era válido: los cambios
humanos son pequeños, casi imperceptibles
pasos en la historia, pequeños granos de
arena. Mas sin olvidar que "la arena es
un puñadito. ¡Pero hay montañas
de arena!"
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(*)
Rebelión (http://www.rebelion.org/)
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Fuente:
Rebelión
http://www.rebelion.org/
Imagen:
http://www.profesionalespcm.org/
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MV Prensa / Abril de 2007
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