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Uno
de los sitios recurrentes para los turistas en Europa
son sus catedrales góticas. Los espacios góticos,
tan diferente a los románicos siglos anteriores,
nos suelen impresionar por la sutileza de su estética,
algo que comparte con la antigua arquitectura del pasado
imperio árabe. Quizás lo que más
pasa inadvertido es la razón de los relieves
en sus fachadas. Aunque la Biblia condena la costumbre
de representar figuras humanas, éstas abundan
en las piedras, en los muros y en los vitrales. La razón
es, antes que estética, simbólica y narrativa.
En
una cultura de analfabetos, la oralidad era el sustento
de la comunicación, de la historia y del control
social. Aunque el cristianismo estaba basado en las
Escrituras, escritos era lo que menos abundaba. Al igual
que en nuestra cultura actual,
el poder social se construía sobre la
cultura
escrita, mientras que las clases trabajadoras debían
resignarse a escuchar. Los libros no sólo eran
piezas casi originales, escasas, sino que estaban cuidados
con celo por quienes administraban el poder político
y la política de Dios. La escritura y la lectura
eran casi un patrimonio de la nobleza; escuchar y obedecer
era función del vulgo. Es decir, la nobleza siempre
fue noble porque el vulgo era muy vulgar. Razón
por la cual el vulgo, analfabeto, asistía cada
domingo a escuchar al sacerdote leer e interpretar los
textos sagrados a su antojo -al antojo oficial- y confirmar
la verdad de estas interpretaciones en otro tipo de
interpretación visual: los íconos y los
relieves que ilustraban la historia sagrada sobre los
muros de piedra.
La
cultura oral de la Edad Media comienza a cambiar en
ese momento que llamamos Humanismo y que más
comúnmente se enseña como Renacimiento.
La demanda de textos escritos se acelera mucho antes
que Johannes Gutenberg inventara la imprenta en 1450.
De hecho, Gutenberg no inventó la imprenta, sino
una técnica de piezas móviles que aceleraba
aún más este proceso de reproducción
de textos y masificación de lectores. El invento
fue una respuesta técnica a una necesidad histórica.
Este es el siglo de la emigración de los académicos
turcos y griegos a Italia, de los viajes de los europeos
a Medio Oriente sin la ceguera de una nueva cruzada.
Quizás, también es el momento en que la
cultura occidental y cristiana gira hacia el humanismo
que sobrevive hoy mientras la cultura islámica,
que se había caracterizado por este mismo humanismo
y por la pluralidad del conocimiento no religioso, hace
un giro inverso, reaccionario.
El
siglo siguiente, el XVI, será el siglo de la
Reforma protestante. Aunque siglos más tarde
se convertiría en una fuerza conservadora, su
nacimiento -como el nacimiento de toda religión-
surge de una rebelión contra la autoridad. En
este caso, contra la autoridad del Vaticano. No es Lutero,
sin embargo, el primero en ejercitar esta rebelión
sino los mismos humanistas católicos que estaban
disconformes y decepcionados con las arbitrariedades
del poder político de la iglesia. Esta disconformidad
se justificó por la corrupción del Vaticano,
pero es más probable que la diferencia radicase
en una nueva forma de percibir un antiguo orden teocrático.
El
protestantismo, como lo dice su palabra, es -fue- una
respuesta desobediente a un poder establecido. Una de
sus particularidades fue la radicalización de
la cultura escrita sobre la cultura oral, la independencia
del lector en lugar del escucha obediente. No sólo
se cuestionó la perfección de la Vulgata,
traducción al latín de los textos sagrados,
sino que se trasladó la autoridad del sermón
a la lectura directa, o casi directa, del texto sagrado
que había sido traducido a lenguas vulgares,
a las lenguas del pueblo. El uso de una lengua muerta
como el latín confirmaba el hermetismo elitista
de la religión (la filosofía y las ciencias
abandonarían este uso mucho antes). A partir
de este momento, la tradición oral del catolicismo
irá perdiendo fuerza y autoridad. Tendrá,
sin embargo, varios renacimientos, especialmente en
la España de Franco. El profesor de ética
José Luis Aranguren, por ejemplo, quien hiciera
algunas observaciones progresistas de la historia, no
estuvo libre de la fuerte tradición que lo rodeaba.
En Catolicismo y protestantismo como formas de existencia
fue explícito: "el cristianismo no debe
ser 'lector' sino 'oyente' de la Palabra, y 'oírla'
es tanto como 'vivirla'" (1952)
Podemos
entender que la cultura de la oralidad y la obediencia
tuvieron un revival con la invención de la radio
y de la televisión. Recordemos que la radio fue
el instrumento principal de los nazis en la Alemania
de la preguerra. También lo fueron, aunque en
menor medida, el cine y otras técnicas del espectáculo.
Casi nadie había leído ese mediocre librito
llamado Mein Kampf (su título original era Contra
la Mentira, la Estupidez y la Cobardía) pero
todos participaron de la explosión mediática
que se produjo con la expansión de la radio.
Durante todo el siglo XX, el cine primero y después
la televisión fueron los canales omnipresentes
de la cultura norteamericana. Por ellos, no sólo
se modeló una estética sino, a través
de ésta, una ética y una ideología,
la ideología capitalista.
En
gran medida, podemos considerar el siglo XX como una
regresión a la cultura de las catedrales: la
oralidad y el uso de la imagen como medios de narrar
la historia, el presente y el futuro. Los informativos,
más que informadores han sido y siguen siendo
aún formadores de opinión, verdaderos
púlpitos -en la forma y en el contenido- que
describen e interpretan una realidad difícil
de cuestionar. La idea de la cámara objetiva
es casi incontestable, como en la Edad Media nadie o
pocos se oponían a la verdadera existencia de
demonios e historias fantásticas representadas
en las piedras de las catedrales.
En
una sociedad donde los gobiernos dependen del respaldo
popular, la creación y manipulación de
la opinión pública es más importante
y debe ser más sofisticada que en una burda dictadura.
Es por esta razón por la cual los informativos
de televisión se han convertido en un campo de
batalla donde sólo una de las partes está
armada. Si las armas principales en esta guerra son
los canales de radio y televisión, sus municiones
son los ideoléxicos. Por ejemplo, el ideoléxico
radical, que se encuentra valorado negativamente, siempre
se debe aplicar, por asociación y repetición,
al adversario. Lo paradójico, es que se condena
el pensamiento radical -todo pensamiento serio es radical-
al tiempo que se promueve una acción radical
contra ese supuesto radicalismo. Es decir, se estigmatiza
a los críticos que van más allá
de un pensamiento políticamente correcto cuando
éstos señalan la violencia de una acción
radical, como puede serlo una guerra, un golpe de estado,
la militarización de una sociedad, etc. En las
pasadas dictaduras de nuestra América, por ejemplo,
la costumbre era perseguir y asesinar a todo periodista,
sacerdote, activista o gremialista identificados como
radicales. Protestar o tirar piedras era propio de radicales;
torturar y asesinar de forma sistemática era
el principal recurso de los moderados. Hoy en día,
en todo el mundo, los discursos oficiales hablan de
radicales cuando se refieren a todo aquel que no concuerda
con la ideología oficial.
Nada
en la historia es casual, aunque sus causas están
más en el futuro que en el pasado. No es casualidad
que hoy estamos entrando a una nueva era de la cultura
escrita que es, en gran medida, el instrumento principal
de la desobediencia intelectual de los pueblos. Dos
siglos atrás lectura significaba dictado de cátedra
o sermón de púlpito; hoy es lo contrario:
leer significa un esfuerzo de interpretación,
y un texto ya no es sólo una escritura sino cualquier
trama simbólica de la realidad que transmite
y oculta valores y significados.
Una
de las principales plataformas físicas de esa
nueva actitud es Internet, y su procedimiento consiste
en comenzar a reescribir la historia al margen de los
tradicionales medios de imposición visual. Su
caos es sólo aparente. Aunque Internet también
incluye imágenes y sonidos, éstas ya no
son productos que se reciben sino símbolos que
se buscan y se producen como en un ejercicio de lectura.
A
medida que los poderes económicos, las corporaciones
de todo tipo, pierden el monopolio de la producción
de obras de arte -como el cine- o la producción
de ese otro género de ficción de pupitre,
el sermón diario donde se administra el significado
de la realidad, los llamado informativos, los individuos
y los pueblos comienzan a tomar una conciencia más
crítica que, naturalmente es una consciencia
desobediente. Quizás en un futuro, incluso, estemos
hablando del El fin de los imperios nacionales y la
ineficacia de la fuerza militar. Esta nueva cultura
lleva a una inversión progresiva del control
social: del control de arriba hacia abajo se convierte
en el más democrático control de abajo
hacia arriba. Los llamados gobiernos democráticos
y las dictaduras de viejo estilo no toleran esto porque
sean democráticos o benevolentes sino porque
no les conviene la censura directa de un proceso que
es imparable. Sólo pueden limitarse a reaccionar
y demorar lo más posible, recurriendo al viejo
recurso de la violencia física, el derrumbe de
sus imperios sectarios.
NOTA
Jorge Majfud, escritor uruguayo, es profesor de Literatura
Latinoamericana en The University of Georgia, Estados
Unidos.
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(*)
La Agencia Latinoamericana de Información
-ALAI- (http://www.alainet.org/) es un organismo
de comunicación comprometido con la vigencia
plena de los derechos humanos, la igualdad de género
y la participación ciudadana en el desarrollo
y quehacer público de América Latina.
Su accionar se inscribe en la lucha desde 1977 por la
democratización de la comunicación, como
condición básica de la vida democrática
y la justicia social.
Fuente:
http://www.alainet.org/active/15676&lang=es
Imágenes:
http://www.esv.org/
http://www.pindersoft.com/
© MV Prensa / Marzo de 2007
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