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Desde
el pasado más remoto las religiones tanto enaltecen
hasta grados impensables de lo sublime como degradan
hasta estadios alarmantes de ceguera y brutalidad. No
cabe excluir de esa enumeración a la moderna
religión laica de la fe en las posibilidades
de la ciencia y la técnica, que hoy nos pone
ante la alternativa de fabricar androides semicomputarizados,
como propone Stephen Hawking, o clonar individuos y
programar biológicamente sociedades más
eficientes y competitivas, con selección previa
de dirigentes y sometidos.
La
misma religión que inspiró a Gandhi en
su epopeya no violenta, se instauró tres mil
años antes en la India bajo la eliminación
sangrienta, por parte de los conquistadores arios, de
la religión matriarcal que existía en
grandes poblaciones del sur de ese país. El hinduísmo
es una mezcla del Vedismo conquistador
que divide a la sociedad en castas, y la religión
Shivaita que, según
Alain Danielou (Shiva y Dionisos, Barcelona, Ed. Kairós,
1986), se oponía a la división entre naturaleza
y sociedad y había patrocinado una civilización
que no permitía la disociación cuerpo-mente
como terminó dándose en la deriva de los
siglos.
La
férrea burocracia de las castas impidió
la difusión del Budismo, filosofía (ya
que no religión) de inmensa tolerancia y compasión.
Pero ni aún el budismo pudo evitar feroces tiranías.
No faltó quien desvirtuara la noción de
desapego de la ilusión sensoria del mundo -base
de aquella religión no teísta-, para justificar
la eliminación sin culpa del adversario. Después
de todo, a fuer de avalar malas intenciones, quitar
la vida puede entenderse como acelerar el necesario
desapego liberador.
Ya
incursionando en la raíz hebrea de los monoteísmos
de occidente, en el libro de Josué, parte de
la Escritura que fundamenta la tradición judeocristiana,
Jehová se muestra como un Dios que no tolera
enemigos y manda arrasar a sangre y fuego poblaciones
enteras, con sus mujeres y sus niños. Para un
fundamentalista judío, como el que mató
a Isaac Rabin, toda la Biblia restante, con sus imperativos
en pro de la sabiduría y el amor al prójimo
(como el pasaje del diálogo entre Dios y Caín,
después que este matara a Abel) no son suficientes
para impedir que, bajo la carga de su resentimiento,
justifique y emule a Caín.
Los
sectarios del Klu Klux Klan se declaraban fervientes
cristianos y tenían en los mismos evangelios
que anuncian la venida del Dios de amor, la inspiración
de su violencia. De todos los escritos vindicados como
apostólicos, ellos extraían el párrafo
en el que Jesús dice: "No he venido a traer
la paz sino la guerra. En adelante estarán divididos
el hermano contra el hermano, el hijo contra el padre,"
etc. (Mateo 10-34/40).
Igual
que con la actualmente tan mentada "jihad islámica"
o "guerra santa" que predicara Mahoma, la
frase de Cristo no puede contrariar el sentido y el
testimonio de su vida. Ni Cristo se refería a
odiar a su prójimo ni Mahoma a matar infieles.
Mahoma lleva la guerra (o Jihad) a la autopresunción
del propio juicio que induce al hombre a desconocer
a Allah aunque exteriormente le ore. Y Jesús
habla de la división entre los que se disponen
a su revolución interior o los que (aún
siendo devotos) rinden culto al César y los halagos
y convenciones del mundo. Así como este último
no manda contradecir el mandamiento de "honrar
al padre y a la madre", el primero no contradice
su respeto admirativo por los profetas judíos
y cristianos que el Islam reconoce como pioneros de
la revelación. El Islam no desautoriza las revelaciones
anteriores, sino que otorga a Mahoma la condición
de sello de todos los profetas, el que consuma las revelaciones
que van de Abraham a Jesús. Para ilustrar lo
anterior baste citar esta frase del Corán acerca
de Jesús:
"El
Mesías Jesús, Hijo de María y apóstol
de Dios. Él es su Verbo depositado por Dios en
María. El es el Espíritu que emana de
El. Le hemos dado el Evangelio en el que hay Guía
y Luz" (El Corán:
Azora IV -169-)
La
ignorancia emblemática de los fundamentalismos
no es privativa de ninguna religión. Toda parcialización
interesada de un texto puede servir de excusa para quien
aspire a vengar agravios y oprobios, para quien se victimice
y enarbole en su nombre la espada de la justicia divina.
Y en eso, Bush no es menos peligroso que Bin Laden.
Si no, baste con registrar sus dichos post torres gemelas
-"Dios no es neutral", "justicia infinita",
"cruzada", etc.
A
su vez, Bin Laden es tan musulmán como Torquemada
era cristiano.
A
la hora de trazar semejanzas, por encima de las diferencias
de época y cultura, Gandhi y Francisco de Asís
abrazan el mismo credo, siendo uno hinduista y el otro
cristiano. A su vez, Bush y Bin Laden, en las antípodas
de aquellos, muestran cuán temeraria puede ser
la reducción, a edición de bolsillo, de
ideas en cuyo nombre se arrojan misiles o ántrax.
Lo que hoy leemos en los considerados textos sagrados
por cada una de las religiones, durante muchísimo
tiempo fueron folklore oral, señal identitaria
de etnias o comunidades para las que el mundo estaba
circunscrito a un radio minúsculo. Poner en escrito
lo pasado durante siglos de boca en boca, lo mamado
por generaciones, lo acrisolado en la memoria colectiva,
devino en trasplantes geográficos e idiomáticos
que, en cada caso, tuvieron diferente fortuna. Uno de
los trasplantes afortunados del Islam se dio, como vimos,
en la Córdoba Ibérica de los siglo XII-XIII,
quizá una de las etapas de mayor esplendor del
genio humano, a la vista de la convivencia en que prosperaron
islámicos, judíos y cristianos en perfecta
tolerancia y dejando brotar, lo mismo que el agua de
los magníficos surtidores de la Alhambra, un
modelo científico en nada parecido al nuestro,
en el que la medicina, la astronomía, la música
y la matemática se integraban en la concordia
de sabios místicos a los que no se discriminaba
por su fe. Nombres como los islámicos
Averroes, Avicena, Ibn Biruni, Ibn Arabí o el
judío Maimónides, no pueden pasar burdamente
al olvido. Ellos fueron los tempranos precursores de
un Dante, un Pico della Mirándola, un Marcilio
Ficino, un Nicolás de Cusa y tantos otros que
anunciaron lo que se conoció como Renacimiento.
A partir de allí fue que la ciencia se fue bifurcando
del enamoramiento por la obra cósmica al mero
rendimiento utilitario, y el lado mistérico de
las religiones murió a manos de la letra dogmática,
dividiendo totalmente la razón y la fe, lo que
autorizó a Marx a decir aquello de que la religión
es el opio de los pueblos.
Hoy
día, a despecho de los que reducen Islam a oscurantismo,
hay una veta invalorable de filósofos simbolistas
como los franceses Henry Corbin y Gilbert Durand, sin
olvidar a Juan Eduardo Cirlot y los clásicos
José Guraieb y Miguel Asín Palacios entre
muchos otros, cuya obra trae a la luz claves insospechadas
de la sabiduría y el lirismo que impregnó
a los mejores exponentes de aquella cultura.
Como
se decía al comienzo, es difícil imaginar
lo que sucederá, ya que atravesamos una etapa
de ceguera global en la que rige la orden de programar,
controlar, homogeneizar toda potencialidad e impulso
humanos en cualquiera de los bandos en pugna. De un
lado, la religión de Bin Laden y los talibanes
(que no es el Islam), demonizadores de toda espontaneidad,
supresores moralistas de las solicitudes sagradas de
las glándulas y la sangre. Del otro lado, la
razón aséptica y descomprometida de la
tecnociencia de occidente, que no es la ciencia de los
antiguos sabios. Ambas profanan por igual toda noción
de hombre, vida y naturaleza reduciéndola al
foco de su miopía.
Como
colectividad humana, quizás nunca fuimos alucinados
por un espejismo de tan vasta expansión. Con
algún barniz crítico como mucho, el discurso
hegemónico de nuestra megacivilización
utilitaria nos ha vaciado y enjaulado la mirada. No
es peligroso Bush, ya que al fin y al cabo no es más
que un talibán sin barba y turbante. Lo que mueve
a pánico, mucho más que la guerra bacteriológica,
es la universalización, a escala de ciudadanos
globales, de lo que Bush entiende y categoriza como
bien y como mal. Si además de Bush, la ignorancia
obcecada y palmaria se redujese a Tony Blair, serían
sólo dos. Pero sabemos que esos dos son los voceros
autorizados de una pandemia de difícil advertencia;
la que neutraliza y encapsula la percepción del
mundo en la cobertura de los dobles discursos.
Supuestamente,
estamos encolumnados con las banderas de la libertad,
la justicia, el sentido humanitario que lleva a los
norteamericanos a arrojar alimentos sobre las hordas
de refugiados afganos, expulsados igualmente por los
talibanes y las bombas de sus benefactores. Nos justifican
los grandes valores que edificaron a occidente, entre
ellos el amor del cristianismo y la pasión por
la verdad científica. El error fatal es haber
creído que esos son valores como los de la bolsa,
de los que uno puede declararse poseedor por herencia
o por méritos acreditados. En la trampa de ese
error fatal nos volvemos predicadores de buenas intenciones,
ciegos a la advertencia de que su alcance es inversamente
proporcional a lo que de ellas nos atribuimos.
Nuestra
poca humildad en levantar el estandarte de occidente
nos ha hecho barrer con los atributos adjudicados a
ese estandarte. La democracia, las libertades individuales
y los derechos humanos hace tiempo que han claudicado
a manos del clientelismo político, el lobbismo,
el manipuleo mediático de la opinión,
el control tecnológico, la incautación
coercitiva de iniciativas y opciones. Cada tanto, los
aduladores de la ecuación progreso = felicidad
alzan cuadros comparativos que demuestran el mejor nivel
de vida de los pobres respecto de otros tiempos, aún
en las duras condiciones de desigualdad imperantes.
Sin embargo, ese discurso no es consistente en cuanto
se indaga el agravamiento del conjunto de condiciones
que requiere la preservación de un mínimo
de dignidad. Cada vez menos independientes de contar
con recursos y medios propios (cada vez más extraños
a una verdadera cultura), vivimos en la cultura de presionar
para obtener, sometidos mientras tanto al espejismo
omnipresente de estímulos cuya sed de satisfacción
depreda el darse cuenta, la intensidad y lucidez de
respuesta, la noción de pertenencia a algo menos
estrecho que este bazar de baratijas donde la vida es
tan cotizable como un objeto.
La
guerra que acaba de empezar -tal vez la más atroz
que registre la historia-, expone la ceguera de dos
inquisiciones. Ambas se constituyen en las principales
enemigas de los valores y principios que dicen representar.
Es una guerra entre dos enfoques (sería un despropósito
llamarlas miradas), absolutamente minúsculos
y enturbiados, de la especie que nos ha tocado en suerte
encarnar. Está en la elección que cada
uno haga respecto de su posibilidad, por reducida que
esta sea, el merecimiento que habrá dado a su
oportunidad de haber existido. Cuando la implosión
de estas dos cegueras deje ver algo más que las
cenizas del largo suicidio, aparecerán sin duda
los huevos de una rara variedad de ave fénix
que nunca dejó de cantar, porque ninguna jaula
es capaz de quitarle la libertad.
Dicen
que el que la escucha, escucha el idioma que Dios sigue
hablando debajo de las ruidosas traducciones que se
disputan la legitimidad y autoridad de su voz. Dicen
también que su canto es esquivo para los que
quieren convencer. Sólo se vuelve audible cuando
no se tiene otra sed que
la de escuchar.
NOTA
Héctor Martín Rotger es profesor, egresado
del Instituto Superior de Música de la Universidad
Nacional del Litoral (Argentina) Poeta y músico,
es autor de tres libros de poemas publicados por la
mencionada universidad nacional.
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MV Prensa / Septiembre de 2006
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