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CULTURA |
La
Inteligencia colectiva
Por Jorge Majfud* (Atenas, diciembre de 2007)
Entiendo
que todo pensamiento es siempre colectivo; nadie es
capaz de crear una sola idea ex nihilo, mucho
menos un tipo de pensamiento. Casi todas las definiciones
de inteligencia, en cambio, tienen fuertes connotaciones
biológicas. Excepto si consideramos que existe
otro tipo de inteligencia. Podemos entender que la educación
es la inteligencia colectiva. No es un problema de cantidad
de neuronas sino de las conexiones convenientes que
seamos capaces de construir entre los individuos de
una sociedad y entre las sociedades todas.
En
el mundo de la creación intelectual la inteligencia
puede ser el elemento que hace la mayor diferencia entre
los individuos. Pero en la sociedad en general como
en las sociedades académicas no es la inteligencia
sino la educación la que establece la mayor diferencia
entre individuos, grupos y sociedades.
Nadie
asumiría que en un país subdesarrollado
nacen menos personas inteligentes que en un país
desarrollado. Se puede argumentar que las hambrunas
o la falta de alimentación adecuada marcan un
declive en la inteligencia de sus individuos. Pero la
permanente migración de universitarios de los
países pobres a los países ricos demuestra
que el problema es sobre todo estructural. En su gran
mayoría, la migración de intelectuales
a las universidades europeas y norteamericanas no procede
de las clases altas de los países pobres. Los
ricos no emigran, sólo están de paso en
aquellos países donde su poder es mínimo
o es desconocido. Este fenómeno antiguo comenzará
a desacelerarse con el creciente poder de las colectividades
postnacionales.
La
educación es una especialidad de la cultura:
su función es el desarrollo humano en una determinada
área que incluye la seguridad física y
psicológica, el desarrollo económico,
el desarrollo de la experiencia existencial a través
del arte, el desarrollo de las herramientas de poder
sobre el mundo material a través de las ciencias
y el desarrollo o la conservación de los intereses
de un grupo social dominante a través de su propia
ideología (o cultura hegemónica,
en términos de Antonio Gramsci). Por lo tanto,
la educación no es algo que se recibe y desarrolla
fatalmente como la cultura, sino algo que se puede programar
y cambiar según un objetivo más conciente,
para liberar o para oprimir.
Ahora,
este proyecto humanístico no puede reducirse
al viejo modelo bélico del triunfo de una cultura
sobre las demás sino a una síntesis, a
una cultura nueva que supere las taras de nuestra cultura
y de las culturas ajenas. Y aquí debemos incluir
en "cultura" la dimensión político-económica
de los intereses sectarios, ya que en definitiva son
posibles gracias a la moral del esclavo. La dicotomía
opresor/oprimido, colonizador/colonizado no es una antigüedad
de la década del '60, desde el momento en que
no ha sido resuelta ni superada. Pretender que estas
dicotomías ya no existen es una forma de legitimizar
una práctica cerrando los ojos y prestando oídos
a un discurso único. Por otro lado, llevar esta
dicotomía a todas las áreas de la cultura
puede resultar en una simplificación: establecer
una lucha, una guerra como único recurso donde
bien puede haber una colaboración. La guerra
ciega ha sido siempre el recurso único de opresores
y oprimidos. Al dividir el Cosmos en estas dos categorías,
resulta más difícil localizar al opresor
y al oprimido; tanto como difícil resulta advertir
que en cada uno de nosotros hay un opresor y un oprimido
y que es la progresiva educación y una conciencia
más global la que podrá liberarnos de
ese conflicto que sólo vemos afuera pero que
contribuimos a consolidar.
Muchas
veces desde el contexto latinoamericano, según
el modelo aristocrático de Ariel (1900), acusamos
de todo el mal a la cultura materialista de Estados
Unidos. La idea común ha sido siempre que "los
americanos no tienen sentido de la cultura". No
obstante, por una razón de colonización
o por una razón de "cultura", hasta
los más radicales opositores a esta hegemonía
cultivan la música y el baile dominante de los
géneros nacidos en Estados Unidos en el siglo
XX, la literatura más elitista o la más
popular, el cine -el artístico y el comercial-
o reproducen, sin saberlo, teorías básicas
del postcolonialismo, en gran parte desarrolladas en
los países colonizadores. Por otra parte, la
gran mayoría de los inventos técnicos
que definen nuestra realidad mundial, para bien o para
mal, han sido producidos o desarrollados en estas "culturas
sin cultura". Desde Benjamín Franklin y
Tomás Edison hasta los más recientes desarrollos
que han impactado no sólo en la cultura ilustrada
sino en la cultura popular, en las nuevas formas de
producción: los nuevos sistemas de la cultura
digital, desde Windows, las formas de expansión
de la cultura tradicional como Amazon.com o los libros
digitales hasta Wikipedia, la única novedad cultural
en materia de enciclopedias desde el siglo XVIII. Nos
guste o nos fastidie, no podemos negar esta realidad.
Esta
no es necesariamente una observación optimista,
si consideramos que la humanidad aún se encuentra
ante estas novedades como los cavernícolas ante
un fuego que no dominaban del todo o un niño
ante un juguete nuevo. Pero si realmente estamos en
un estadio infantil, bien podemos esperar una progresiva
maduración que dé sentido a esa nueva
Era. Queda en pié nuestra crítica a lo
que consideramos la estrechez de los intereses de la
clase media estadounidense, como lo es el monotemático
interés de producir capitales y bienes materiales
y su escasa conciencia política y global. El
desinterés por la política es propio de
los grupos (políticamente) dominantes.
Por
el otro lado, en nuestra América Latina, han
pululado dos opciones que tampoco la benefician: una,
la de aquellos que sólo ven fracasos en nuestras
culturas, porque lo miden según los parámetros
culturales norteamericanos o europeos. Invariablemente
la tesis de estos se reduce a calificar las deficiencias
mentales de un continente o de su elite intelectual
con el cómodo látigo de "idiota".
Del otro lado, están aquellos que se definen
según la oposición al imperio de turno.
Aunque tengan sobradas razones históricas para
denunciar esta realidad, el problema radica en que no
hemos sido capaces de ir más allá de este
límite de crítica que muchas veces ha
resultado un saco de fuerza. En lugar de poner manos
en obra sobre nuestras propias realidades, atendiendo
a las realidades del mundo que nos rodea, para bien
y para mal, muchas veces nos hemos detenido en la autocompasión.
En el medio del infierno hemos proyectado el paraíso,
desatendiendo a quienes sugerían modestas salidas,
menos heroicas pero más probables.
Entre
el esclavo y el amo, elegimos defender al esclavo. Pero
nunca vamos a elogiar su moral de esclavo. Mucho menos
vamos a aplaudir su autocompasión. Tal vez es
en este punto donde comienza a crearse una verdadera
educación de la liberación, la maduración
de una inteligencia colectiva que no ignore el mundo
que la rodea pero que no se quede atrapada en la mera
reacción y pase de una vez a la acción,
a la creación. Claro que esto último siempre
es más difícil. Pero no hay otra forma
de romper las antiguas cadenas.
+[INFO]:
-Jorge Majfud, selección de artículos
y ensayos
http://www.majfud.50megs.com/
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(*)
Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado
arquitecto de la Universidad de la República
del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el
exterior. En el 2003 abandonó sus profesiones
anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura
y a la investigación. En la actualidad enseña
Literatura Latinoamericana en The University of Georgia,
Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias
del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión
pura (ensayos 1998), La reina de América (novela.
2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos,
2004). Es colaborador de La República, El País,
La Vanguardia, Tiempos del Mundo, Rebelión, Resource
Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco
Latino, Jornada, Centre des Médias Alternatifs
du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria de España.
Ha colaborado en la redacción de Enciclopedia
de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires.
Sus ensayos y artículos han sido traducidas al
inglés, francés, portugués y alemán.
Ha sido expositor invitado en varios países.
En 2001 fue finalista del Premio Casa de las Américas,
Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido
recientemente el Premio Excellence in Research Award
in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
Participa en MV Prensa desde marzo de 2007
Imagen:
http://i11.photobucket.com/
©
MV Prensa / Diciembre de 2007
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