MUNDO |
Benedicto y el Brasil
Por Ulises Muschietti*



El jefe supremo, infalible y vitalicio de la iglesia católica, Joseph Ratzinger, conocido desde hace dos años por el seudónimo de Benedicto XVI, no pudo llevarse de Brasil aquello que había ido a buscar. Quería, entre otras cosas, que el estado volviera a imponer la enseñanza de su religión en las escuelas. El presidente Inacio Lula de Silva le respondió que no, que su país es una república laica. Brasil lo es, en efecto, desde la última década del siglo XIX, cuando se derrumbó la monarquía imperial. La doctrina de Roma dejó de enseñarse a todos los niños por obligación en ese momento histórico, el mismo en que se abolió la esclavitud. El detalle no resiente la nostalgia que Ratzinger siente por esa época dorada en que su iglesia aún no perdía fieles en Brasil.

Ahora los pierde. Las ovejas abandonan desde hace tiempo el rebaño que conduce mostrando los dientes el pastor alemán, como ha llamado a Ratzinger el periodista italiano Maurizio Matteuzzi. Quinientos años atrás, la iglesia de Roma había obtenido el monopolio de las almas y las conciencias en toda América, incluida esa gran porción que ahora es Brasil. Era un monopolio garantizado por el estado colonial. Es que otro papa, el español Rodrigo Borgia, que se hacía llamar Alejandro VI, le había regalado al rey de Portugal ese y otros territorios del mundo sobre los que no tenía derecho alguno, a fines del siglo XVI. Tal vez por eso Benedicto se siente con derecho a reclamar, a principios del XXI, la exclusividad religiosa con que la corona retribuía tan generosa donación.

Había algo así como tres millones y medio de personas en el país que a la corona portuguesa le fue concedido por el papa. Pero no eran del todo personas, porque no eran cristianos, así que los conquistadores europeos, mientras los explotaban con toda la brutalidad de que eran capaces, les enseñaban la verdadera fe. Los evangelizadores procedieron con tanto amor y tanto celo misional que la población aborigen casi se extinguió en un siglo y medio. Pero Benedicto aseguró en Brasil que en esa cristianización masiva no hubo imposición ni violencia algunas: "Cristo era el Salvador que ellos anhelaban silenciosamente", tranquilizó. Ellos no lo sabían, pero el papa sí sabe interpretar los deseos inconscientes de los pueblos silenciados por la Historia.

Cuando los aborígenes empezaron a escasear, los plantadores de azúcar los reemplazaron con esclavos africanos. Unos tres o cuatro millones fueron vendidos en la América portuguesa en cuatro siglos de esclavitud. Bendecidos por los papas de Roma, los señores de los ingenios explicaban: "Sin esclavos no hay azúcar, sin azúcar no hay Brasil".

Para la iglesia no había problemas. En esa época, los africanos todavía no tenían alma, elemento que a los aborígenes americanos se les acababa de reconocer después de minuciosas discusiones teológicas, al amparo de la ley de Roma. Ahora el Papa está preocupado por las almas de los descendientes de todos ellos. Por eso viajó a Brasil, unos de los grandes reservorios de fieles católicos, azotado por males como la amenaza de atención sanitaria legal para los abortos de las muchachas pobres, la tolerancia a las parejas que conviven sin bendición canónica, el disfrute del sexo por parte de los jóvenes.

Como está preocupado por sus almas, el Papa quiere que les enseñen la religión católica en la escuela, a la que no podían ir cuando eran esclavos o simples sirvientes de los conquistadores europeos. Él quiere que sean educados y que estén libres de falsas creencias paganas, informadas por pensamientos mágicos. Para dar el ejemplo, le dio a Brasil su primer santo: un fraile que hace doscientos años les hacía tragar a los sufrientes una bolitas de papel en las que había escrito previamente oraciones a la virgen. Así los curaba. La gente de Ratzinger ha comprobado fehacientemente dos curaciones milagrosas, producidas gracias a las pildoritas.

Algo menos de la tercera parte de los casi 190 millones de brasileños viven debajo de lo que el lenguaje eufemístico de las estadísticas ha dado en llamar la línea de pobreza. En números absolutos, son sesenta millones de personas que sufren hambre y abandono. De ellos, nada menos que veinte millones revistan en la categoría de indigentes. Pero como escribió hace un par de años Cesar Benjamin, si los pobres del Brasil pierden por mucho en la comparación con los pobres del primer mundo, sus ricos no pierden en absoluto con los ricos de ninguna parte: el 1 por ciento de la población se queda con el 53 por ciento de la riqueza del país. Y la economía brasileña es, como se sabe, la octava o novena del mundo. En su visita, Ratzinger se lamentó al pasar por la pobreza, como si la institución sobre la que reina no tuviera responsabilidad alguna en la catástrofe. Nadie lo tomó muy en serio. Los ricos de Brasil lo habían recibido con los brazos abiertos.

"América Latina es la esperanza de la humanidad", había dicho Benedicto antes de emprender el viaje que lo llevó por primera vez a ese continente. A la luz de la Historia, no parece muy difícil imaginar en qué consiste su esperanza.

 

 


+[INFO]:
-Benedicto XVI: fracaso del entendimiento (Editorial de La Jornada de México)
http://www.jornada.unam.mx/2007/05/14/index.php?section=opinion&article=002a1edi
-Ratzinger: la estrategia del miedo, por Carlos Martínez García (La Jornada de México)
http://www.jornada.unam.mx/2007/05/09/index.php?section=opinion&article=021a2pol
-Los silencios reveladores de Benedicto XVI, por Leonardo Boff (Rebelión)
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=51081
-Ratzinger es evangélico, por Koldo Campos Sagaseta (Rebelión)
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=51023
-Informativos Telecinco / Visita Papa Benedicto XVI Brasil (video YouTube)
http://www.youtube.com/watch?v=wmvaETNe4Ns

 


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(*) Ulises Muschietti (umuschietti@mvprensa.com.ar) es historiador, periodista y profesor.
Participa en MV Prensa desde agosto de 2006


Imágenes:
http://www.milenio.com/
http://i.oem.com.mx/

© MV Prensa / Mayo de 2007

 


 
 
 
 
 
 
 


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