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Los
análisis que ven el triunfo del Frente Sandinista
de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua como
un varapalo al imperialismo confunden marketing electoral,
voto de castigo y desesperanza con alternativa al neoliberalismo.
Y no se trata del vaso medio lleno o medio vacío.
El regreso del sandinismo forma parte
del hastío de la población votante
a
seguir pagando los platos rotos de las privatizaciones:
el aumento de la pobreza, el paro y el deterioro de
las condiciones materiales de vida. Si extendemos este
argumento hacia el conjunto de América Latina,
podemos visualizar una coyuntura compleja y con opciones
contrapuestas.
Durante
las últimas décadas del siglo XX, el neoliberalismo
pudo edificarse gracias a las teorías de un tiempo
nuevo: la globalización que en América
Latina se acompañó de una visión
ad hoc: el fin de la utopía y la conclusión
de las luchas anticapitalistas y antimperialistas. Hecho
histórico que debía producir una modernización
de la izquierda tras la caída del muro de Berlín.
Este postulado se elevó a la categoría
constituyente si se quería ser progresista. Los
acuerdos entre una nueva izquierda dizque responsable
y valedora de la democracia como las reglas del juego
electoral concitaron el placer de la derecha vigilante.
Siendo su mayor aval el anticomunismo y el rechazo a
la revolución cubana. No más tomas del
Palacio de Invierno ni del Estado ni del poder. La izquierda
política se diluye, mientras la izquierda social
queda huérfana clamando justicia social, libertad
política y democracia. Cuando más se necesitó
una propuesta alternativa, la izquierda política
se jibarizó mentalmente y se precipitó
hacia el haraquiri para pagar facturas reclamadas por
el Pentágono y los ideólogos del neoliberalismo.
Decidió jugar con la agenda del enemigo y seguir
su itinerario. Mientras se construía el orden
neooligárquico, los partidos políticos
de izquierda con presencia en la lucha obrera urbana,
rural, sindical, terminaron por perder protagonismo
y no saber interpretar los cambios. No hubo tregua,
la derecha se apoderó del espacio y los años
80 del siglo XX se constituyeron en campo abonado para
realizar todas las reformas. En algunos países
se hizo bajo el imperio de las fuerzas armadas, el asesinato,
la tortura y el exilio. Pero en otros bastó un
sistema de partidos políticos y de alianzas estables
para garantizar los cambios. Como situación paradójica
podemos recordar la desilusión que para millones
de personas significó la salida de sus dictaduras.
Muchos albergaron la esperanza de concluir un ciclo
de políticas económicas y de represión.
La sorpresa fue mayúscula cuando se mantuvo el
proyecto económico neooligárquico de refundación
del orden. Ni Alwyn en Chile, ni Sanguinetti en Uruguay,
ni Alfonsín en Argentina, ni Paz Zamora en Bolivia,
ni Collor de Melo en Brasil cambiaron el diseño
del neoliberalismo. Y si hablamos de la región,
salvo Cuba y Panamá con Torrijos, en el resto
de países los planes tuvieron nombres y apellidos.
En Venezuela el socialdemócrata Carlos Andrés
Pérez, en México Miguel de la Madrid,
en Perú los primeros pasos los da Alan García.
Tampoco debemos olvidar que en Nicaragua el proceso
lo inaugura Daniel Ortega (1989) aplicando los planes
de ajuste del FMI, todo un récord. En otros países
centroamericanos, en plena guerra de baja intensidad,
las prácticas neoliberales se consolidan con
la reforma del Estado. Es el caso de El Salvador con
Napoleón Duarte y Guatemala con Vinicio Cerezo.
En Costa Rica bajo el primer gobierno de Oscar Arias
y en Honduras con Azcona Hoyo.
Si
en el siglo XXI hay gobiernos con propuestas que frenan
la vorágine neoliberal, se debe tener en cuenta
dicha circunstancia. Sólo hay dos casos y constituyen
una excepción. El Movimiento V República
en Venezuela, liderado por Hugo Chávez que triunfa
en 1998, consecuencia de la crisis del orden bipartidista
del pacto fijo nacido en 1958, a la que se suma en 2005
el Movimiento al Socialismo en Bolivia con Evo Morales,
donde emerge otro proyecto constituyente. En estos casos
coinciden deslegitimación institucional y crisis
orgánica acompañada de un proyecto alternativo
gestado por años de movilización social
y construcción de izquierda política.
Por el contrario, en Brasil el triunfo en segunda vuelta
de Lula; en Uruguay el gobierno de Tabaré y el
Frente Amplio; en Argentina el gobierno peronista de
Kirchner y ahora en Nicaragua el triunfo del FSLN sólo
les une un nacionalismo vagamente antimperialista y
un proceso de despolitización; no constituyen
una propuesta anticapitalista. Ello no implica una crítica,
sino una constatación. Enunciar un problema no
conlleva asumir su enunciado. No son propuestas de refundación
del orden en el contexto de una articulación
política de ciudadanía participativa y
democrática. Otro caso es Chile, donde los partidos
de la concertación y el actual gobierno de Michelle
Bachelet transitan hacia una moratoria democrática
con tal de mantener el control del Ejecutivo. El pacto
de no agresión con los violadores de los derechos
humanos es un episodio de corrupción ética
nunca visto en el quehacer de la política chilena.
Ecuador constituye una salida atípica si triunfa
Correa en la segunda vuelta. Su elección debe
acompañarse de una propuesta constituyente, cuestión
que se antoja aún en ciernes. México,
por el contrario, entra en una situación difícil.
Nos encontramos con la emergencia de un Estado paralelo.
Por primera vez gobiernan mafias articuladas fuera del
marco institucional-gubernativo. La política
en México pasa poco por el poder formal. La privatización
de lo político ha deslegitimado el sistema institucional
vigente abriendo una crisis profunda del estado de derecho.
La solución democrática supone contar
con nuevos sujetos políticos, propuestas como
la del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional y la emergencia de un gobierno alternativo,
el de López Obrador, constituido tras el fraude
electoral.
Hoy
las divergencias en la región hacen pensar que
no hay una pérdida de control neoliberal en países
importantes del continente. Si añadimos Colombia
y la propuesta de Estados Unidos para el hemisferio.
Sin olvidarnos del Caribe. ¿Volverán los
golpes de Estado? En esta coyuntura no todo lo que lucha
contra el neoliberalismo es democrático, ni de
izquierda, ni alternativo. Las alternativas no se improvisan
ni se articulan en las urnas. Tampoco emergen con el
nuevo sectarismo de negar la crítica ética
como parte de una conspiración purista o de un
discurso de traidores. Bajo esos argumentos alguien
disparó a Roque Dalton.
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(*)
La Jornada de México (http://www.jornada.unam.mx/)
es la edición digital del diario La Jornada,
fundado en 1984. Se caracteriza por ser uno de los medios
en abordar el trabajo periodístico con el mayor
compromiso social y seriedad en todo el mundo. Immanuel
Wallerstein, Noam Chomsky, Robert Fisk, James Petras,
Howard Zinn y José Steinsleger son algunos de
los reconocidos autores que el diario mexicano suele
publicar.
Fuente:
La Jornada de México, 28.01.07
http://www.jornada.unam.mx/
Imagen:
http://www.bbc.co.uk/
© MV Prensa / Enero de 2007
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