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El
fracaso de su ejército este verano boreal parecía
haber sacudido a los israelíes. ¿Exigirían
finalmente que su país negociara con sus vecinos;
un "sueño" que inspira nuevas iniciativas
internacionales? Nada de eso. Ni los crímenes
de guerra en el Líbano, ni aquellos cometidos
en Gaza luego, ni siquiera el nombramiento como viceprimer
ministro
de un líder de la extrema derecha provocaron
reacciones masivas. ¿Por qué?
¿Qué
le pasó a la sociedad israelí para llegar
a producir líderes racistas como Avigdor Lieberman,
jefe del partido de extrema derecha Ysrael Beitenou
(Israel Nuestro Hogar), que ha vuelto al gobierno como
viceprimer ministro? Este interrogante, que muchos se
plantean, no tiene sentido. Sería más
razonable preguntarse por qué ese fenómeno
se produce recién ahora, casi sesenta años
después de la fundación del Estado de
Israel.
Parece
igualmente inútil preguntarse por qué
los israelíes aceptan atrocidades como la eliminación
de toda una familia palestina en la Franja de Gaza.
En cambio, resulta sorprendente que después de
cuarenta años de ocupación una cantidad
no despreciable de israelíes salga a las calles
para denunciar injusticias como el bombardeo de Beit
Hanun.
Desde
su fundación, el Estado de Israel no deja de
proclamar a los cuatro vientos que es la única
democracia de Medio Oriente. Comparado con Siria o con
Irán, y en menor medida con Egipto o Jordania,
Israel puede enorgullecerse de defender valores democráticos
como la libertad de expresión, el imperio de
la ley y la existencia de elecciones libres. En el plano
estructural y formal, Israel es una democracia muy desarrollada;
pero en términos de valores morales, esa democracia
sigue siendo frágil y vulnerable, y hasta puede
decirse que ha alcanzado su nivel más bajo. Al
contrario de los países de Europa del Oeste y
de Estados Unidos, no existen en Israel frenos y contrapesos
que permitan preservar un equilibrio democrático,
a la vez que la sociedad civil contiene aún sectores
de la población asistidos.
Inmunes a la crítica
Los
valores democráticos no estaban para nada arraigados
en la cultura política que los padres fundadores
del Estado, incluido David Ben Gurión, trajeron
con ellos de Europa del Este. Ante todo, esos hombres
hicieron frente a un conflicto existencial entre Israel
y los árabes, y aceptaron el desafío de
construir una nueva nación. Defendieron ideales
como la fidelidad al Estado, la unión y la homogeneización
de la población. Para ellos, el Estado constituía
un gran crisol en el que debían unirse, en torno
de valores comunes, grupos humanos muy heterogéneos,
fundamentalmente los que habían escapado a la
Shoah, considerados "polvo humano" (1).
Fue
por ese motivo que se aferraron a los signos exteriores
de la democracia, como la organización de elecciones
regulares, a la vez que restringían, en nombre
de la seguridad, la libertad de prensa, en particular
por medio de la censura militar. Y fue también
en nombre de la seguridad que impusieron a los ciudadanos
árabes de Israel, de 1948 a 1966, dieciocho años
de gobierno militar, con restricciones de sus libertades.
Esa es una de las pruebas de la no asimilación
de los valores democráticos: la enorme mayoría
de la población judía, incluida la mayor
parte de las elites, aceptó como algo evidente
la política de segregación institucionalizada
respecto de la minoría árabe.
De
su lado, el sistema educativo dio prioridad a temas
como la fidelidad al Estado, el conflicto israelo-árabe,
el antisemitismo y el servicio militar. Bajo la delgada
tapa de los manuales de educación cívica,
que supuestamente debían inculcar a las nuevas
generaciones los valores de igualdad y de democracia,
se escondían páginas llenas de estereotipos.
Hasta la década de 1980, la literatura infantil
describía a los árabes como seres inferiores,
desprovistos de identidad nacional y sedientos de sangre
judía. Lo mismo ocurría con los textos
escolares.
Esa
imagen de los árabes, al igual que la visión
negativa de los goyim -los no judíos- o la expresión
de un fuerte etnocentrismo, contribuyeron a crear el
sentimiento de "vivir sitiados" que experimentan
los israelíes, que siempre consideraron al pueblo
judío como víctima de otras naciones.
Esa percepción es aun más fuerte en la
medida en que los judíos consideran su historia
-principalmente sus dos mil años de diáspora-
como una serie de persecuciones de parte de los pueblos
con los que ellos vivían.
De
ello, la Shoah constituye evidentemente el apogeo. Cada
año, numerosos establecimientos escolares invitan
a sus alumnos a hacer una peregrinación a los
campos de exterminio de Polonia. Esos viajes atizan
en los alumnos un fuerte sentimiento de angustia y contribuyen
a aumentar su percepción de los judíos
como víctimas. En cambio, su falta de madurez
impide a esos jóvenes sacar conclusiones más
complejas del genocidio, que podrían guiar sus
vidas, en particular su actitud respecto de la ocupación,
que poco después deberán defender durante
su servicio militar. Regresan de esa experiencia con
mensajes simplistas del tipo "Nunca más";
dicho de otra manera: "Para impedir una nueva catástrofe
debemos ser fuertes". Y muchos sólo sacan
como conclusión de su visita a Auschwitz que
el genocidio nazi y en general la historia del antisemitismo
dan a los israelíes derechos especiales, entre
ellos el de violar los derechos fundamentales de sus
vecinos, gozando a la vez de una total inmunidad respecto
de la critica.
Débil sociedad civil
No
es casual que Lieberman forme parte de esos judíos
que se instalaron en Israel luego de haber crecido en
la URSS, y que goce de un apoyo considerable en el seno
de ese tipo de inmigrantes. Más de un millón
de soviéticos inmigraron a "la tierra prometida"
a partir de la década de 1970, y sobre todo en
la de 1990: en su mayoría no tienen ninguna experiencia
de la democracia occidental ni ningún conocimiento
del conflicto israelo-árabe. Por lo tanto, resultaron
especialmente permeables al mensaje violento de las
fuerzas de derecha, al punto de soñar con un
hombre fuerte que "imponga otra vez el orden"
en Israel. La prensa en lengua rusa, que desarrolla
una campaña permanente contra los árabes
y contra la izquierda, contribuye en mucho a reforzar
ese tipo de opiniones. Pero los valores democráticos
son igualmente extraños a los judíos ortodoxos,
como a los religiosos de la derecha nacionalista, que
actualmente reúne cerca de un cuarto de la población
israelí, proporción que debería
aumentar, dada su tasa de natalidad, tres veces superior
al promedio nacional.
La
ignorancia de los valores democráticos o la indiferencia
respecto de ellos no sólo influye en las relaciones
con la minoría árabe y en el conflicto
con los palestinos, sino que se pone de manifiesto en
el debate entre la izquierda y la derecha, y entre religiosos
y laicos. El asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin
fue una muestra de la intolerancia de los israelíes
que consideran la tierra como un valor supremo, frente
a los que consideran más importante la búsqueda
de la paz.
Mi
casilla de correo electrónico se ve permanentemente
invadida por mensajes injuriosos y amenazas de muerte,
la mayoría de los cuales provienen de lectores
judíos que no adhieren a las ideas que yo expreso
en mis artículos. Esas ideas, a pesar de no diferir
de las que presenta la izquierda y el centro en países
democráticos, en Israel son consideradas extremistas.
El año pasado, un judío ortodoxo acuchilló
a un joven que había participado en una marcha
homosexual en Jerusalén. Este año, a causa
de las manifestaciones y amenazas de los judíos
ortodoxos, la policía anuló la marcha,
con el pretexto de que los acontecimientos de Beit Hanun
habían creado una situación que no les
permitía preservar la seguridad de los manifestantes.
A
casi sesenta años de su creación, Israel
no generó ni una sociedad civil fuerte, capaz
de resistir a las autoridades económicas y políticas,
ni siquiera agentes de socialización eficaces.
Si el Partido Laborista -única alternativa teórica
a la derecha- participa en un gobierno que elimina a
la Autoridad Palestina, ¿cómo puede el
pueblo diferenciar lo que es ético y lo que no
lo es; lo que es democrático y lo que no lo es?
Cuando Shimon Peres, premio Nobel de la Paz, secunda
al primer ministro de un gobierno que bombardea zonas
de viviendas en Beirut o en Gaza, resulta difícil
para el hombre de la calle distinguir el bien del mal
y el bueno del malo.
Ehud
Barak, electo primer ministro en 1999 con los votos
de la izquierda y de los árabes israelíes,
afirma permanentemente desde el fracaso de la cumbre
de Camp David en 2000 haber sido quien "reveló
el verdadero rostro de Arafat" y "descubrió"
que los representantes palestinos "no son interlocutores
válidos" para tratar la instauración
de su Estado junto a Israel. Esa versión del
fracaso de Oslo llevó a muchos israelíes
a adherir a respuestas extremas, como el muro de "penetración"
que se está levantando en Cisjordania, la separación
unilateral propuesta por Ariel Sharon, o el proyecto
de "transferencia" surgido del repertorio
racista de Lieberman.
Terreno fértil
A
esos datos históricos, psicológicos y
políticos fundamentales se añadieron estos
últimos años verdaderas amenazas: los
atentados suicidas de Hamas y de la Jihad Islámica,
el lanzamiento de cohetes por parte de Hezbollah y Hamas
y el programa nuclear iraní. No pasa un solo
día sin que el portavoz del gobierno recuerde
todos esos peligros. El miedo al próximo atentado
parece más concreto que la aspiración
de paz. En lo que es una característica de la
sociedad judía israelí, la angustia colectiva
contribuye a perpetuar la creencia de que la fuerza
militar es la única garantía de la existencia
del Estado, y por lo tanto retarda la resolución
del conflicto israelo-árabe. Es cierto que la
sociedad israelí hizo grandes avances, pasando
de la total negación del pueblo palestino a la
aceptación de un Estado donde dicho pueblo podría
vivir libremente; pero no está totalmente convencida
y por lo tanto no está claramente decidida a
separarse de toda Cisjordania. Lo que explica la falta
de avances en la resolución del conflicto.
Los
bombardeos de Hezbollah registrados este verano boreal
sobre el norte del país, crearon un clima de
estado de emergencia. Las fallas del gobierno y del
ejército, en el frente como en la retaguardia,
afectaron la confianza que los israelíes tenían
en sus instituciones. Eso sirvió de base a Lieberman
para volver a entrar en el gobierno. Y no es casual
que haya pedido y obtenido el cargo de ministro de Asuntos
Estratégicos. A falta de una manifestación
clara de la voluntad de los israelíes de terminar
con el sangriento conflicto con los árabes, el
Partido Laborista decidió bajar las banderas
de la paz. Y aunque el hermano mayor, Estados Unidos,
manifestó su voluntad de "democratizar Medio
Oriente", también se pusieron a media asta
los estándares de la democracia y de la igualdad.
Personalidades
políticas consideradas instruidas y liberales,
como la profesora Yulí Tamir -ministra de Educación-
y el diputado Ami Ayalon -firmante junto al profesor
Sari Nusseibeh de un audaz proyecto de paz- no quisieron
nadar a contracorriente, y también votaron a
favor de la promoción de Lieberman dentro del
gobierno. Para colmo, entre los "centristas"
de la clase política y de los medios de comunicación,
numerosas personalidades abogan en favor de su programa.
¿Y la transferencia que el mismo prevé
de una parte no despreciable de los árabes israelíes
a los territorios palestinos? Esos moderados aseguran
que el "patrón" de Israel Beitenú
sólo desea que "los árabes israelíes
cambien su ciudadanía israelí por la ciudadanía
palestina"...
En
la historia humana no faltan ejemplos de situaciones
en las que amenazas duraderas o períodos de recesión
económica fueron terreno fértil para la
instauración de regímenes fascistas, que
se impusieron tanto por la fuerza como por la vía
democrática. Fue lo que ocurrió en el
siglo pasado en los países más instruidos
del continente europeo. La situación de la sociedad
israelí en este comienzo del siglo XXI es incluso
más grave que la de Polonia o la de Checoslovaquia
en la década de 1960: los polacos y los checos
eran conscientes de que los regímenes comunistas
en que vivían no eran democráticos. Miraban
entonces hacia otros modelos, escuchaban en secreto
las radios occidentales, e inculcaban a sus hijos valores
de libertad y de justicia.
Pero
los israelíes no tratan de cambiar. Están
convencidos de que su democracia es un modelo para sus
vecinos, y que TsahaI es el ejército más
moral del mundo. Declaman consignas, pero olvidan los
principios fundamentales de la democracia, entre ellos,
los derechos de las minorías. En cuanto a la
izquierda, que denuncia públicamente los peligros
que amenazan a la sociedad, es víctima de la
marginalización: no sólo no tiene ninguna
influencia sobre el gobierno, sino que además
no hace otra cosa que acercarla a la derecha extremista,
en constante progresión.
Un
pueblo que olvida su pasado difícilmente podrá
construir su identidad en el presente. Pero lo mismo
puede decirse de un pueblo que se basa fundamentalmente
en la memoria del pasado: a él también
le resultará difícil construir un futuro
diferente en una nueva realidad. Las consignas y la
autosatisfacción de la izquierda no pueden reemplazar
la construcción de una sociedad democrática
fundada en valores morales. El fracaso de la aventura
libanesa, el pasado verano boreal, ofrecía una
oportunidad para encarar esta gran obra. Lamentablemente,
el establishment político y militar prefirió
una fuga hacia adelante guerrera.
NOTAS
-(1) David Ben Gurión habló del "polvo
humano", reunido de todos los rincones del mundo,
que se transformó en un Estado soberano para
ocupar "un lugar honorable en la familia de las
naciones".
-La fuente: El autor es periodista del diario Haaretz
(Tel Aviv). La traducción del inglés pertenece
a Carlos Alberto Zito para Le Monde Diplomatique.
+[INFO]:
-Pena de muerte, por Gideon Levy (El Corresponsal)
http://www.elcorresponsal.com/modules.php?name=News&file=article&sid=4871
-"No vamos a rediseñar Oriente Próximo.
Podemos ayudar a destruirlo, pero no vamos a rediseñarlo"
Entrevista a Robert Fisk, por Amy Goodman (Rebelión)
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43757
-Los palestinos, víctimas del holocausto y del
negacionismo, por Miguel Ángel Llana (Rebelión)
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43854
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(*) El Corresponsal de Medio Oriente y África
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MV Prensa / Diciembre de 2006
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