|
El
ajustado triunfo electoral de la coalición Unidad
Popular que encabezaba Salvador Allende inauguró,
el 4 de septiembre de 1970, la que sería una
de las décadas más dramáticas de
la historia política de América Latina.
Sólo tres años más tarde, el golpe
que encabezó Augusto Pinochet puso fin a la esperanzada
experiencia del gobierno popular. De alguna manera,
la tragedia chilena prefiguraba a la que no tardaría
en abatirse sobre el conjunto de las fuerzas progresistas
del continente.
Para
todos aquellos que se proponían cambiar el mundo,
los primeros años setenta eran tiempos de optimismo.
Los datos auspiciosos que alimentaban esas expectativas
eran muchos. La Revolución Cubana, por caso,
había conseguido el poder hacía apenas
diez años, y su estrella
ascendente ocupaba un lugar decisivo en el imaginario
de la izquierda mundial y de la de América Latina
en particular. Ella parecía confirmar que era
posible desafiar al capitalismo, y sobre todo al coloso
que enarbolaba su defensa en todo el planeta: Estados
Unidos. Sin embargo, también alentaba la convicción
de que la vía armada era el único camino
eficiente para lograr la transformación revolucionaria
de la sociedad. El Che Guevara, caído en Bolivia
sólo dos años antes, se constituía
en bandera de las revoluciones del Tercer Mundo.
En
ese contexto, el proyecto que encarnaba la Unidad Popular
abría un proceso que no se circunscribía
a la sociedad chilena, su principal protagonista. Generaba
también un amplio debate en torno de lo que entonces
dio en llamarse la vía chilena al socialismo:
vale decir, la posibilidad de que un país encarara
exitosamente la abolición del capitalismo empleando
exclusivamente medios pacíficos. El día
de la victoria, sin ir más lejos, un conmovido
Allende le recordó a la multitud que lo acompañaba
en el festejo que la revolución no implicaba
"destruir, sino construir", y la convocó
a "empezar a caminar por las esperanzadas alamedas
del socialismo", para edificar una sociedad en
la que se proscribiera "la guerra de unos contra
otros". Le sobró firmeza, sin embargo, al
subrayar el objetivo: "Hemos triunfado para derrotar
definitivamente la explotación imperialista".
Meses más tarde, en su primer mensaje al Congreso,
sintetizó su programa con palabras que todos
pudieran entender: "El pueblo necesita abrigar
sus familias en casas decentes, educar a sus niños
en escuelas que no hayan sido hechas sólo para
pobres, comer lo suficiente en cada día del año.
El pueblo necesita trabajo, amparo en la enfermedad
y en la vejez, respeto a su personalidad. Eso es lo
que aspiramos a dar en un plazo previsible a todos los
chilenos. Lo que ha sido negado a América Latina
a lo largo de los siglos". Y juró que nunca
dejaría de respetar las libertades políticas,
que eran para él "una conquista del pueblo
en el penoso camino por su emancipación".
Sobran
los testimonios acerca de las convicciones democráticas
de Salvador Allende. De hecho, no se apartó jamás
de ese camino a lo largo de los tres años en
que, al frente del gobierno de su país, libró
su batalla política contra el nutrido entramado
de intereses que, ellos sí sin desdeñar
ningún medio, se empeñaron en cerrarle
el paso.
Lo
apretado de la victoria electoral de 1970, en la que
la coalición que integraban socialistas, comunistas
y algunas agrupaciones menores obtuvo alrededor de 35
por ciento de los votos, forzó a los vencedores
a cerrar con la democracia cristiana un acuerdo que
permitiera a Allende ser efectivamente ungido presidente
por el Congreso. A cambio, los opositores recibieron
la garantía de que sólo se introducirían
reformas estructurales por la vía legislativa,
sin apartarse de los carriles constitucionales. Refractaria
a la menor concesión, la derecha asestó
de inmediato su primer golpe con el asesinato del general
René Schneider, a quien se veía como el
garante de la posición legalista del ejército
chileno.
Con
todo, el gobierno del compañero presidente
alcanzó éxitos resonantes en su primera
etapa. La nacionalización de la gran minería
del cobre fue aprobada sin mayores obstáculos
en el Congreso, y la reforma agraria ya en curso, si
bien no pudo ser ampliada, experimentó un nuevo
impulso en su aplicación. La Unidad Popular,
además, estimuló la demanda interna mediante
una masiva redistribución del ingreso, de modo
que la industria local comenzó a producir al
máximo de su capacidad. Una nueva instancia electoral,
los comicios municipales que se celebraron en abril
del '71, abonó el entusiasmo de quienes apostaban
a favor de la empresa transformadora: es que en apenas
seis meses el gobierno de Allende había conseguido
elevar el índice de adhesión popular a
algo más de 50 por ciento de los sufragios.
La mano del patrón
No
resultó duradera, sin embargo, la coyuntura económica
favorable. El desequilibrio en la balanza comercial,
agravado por la caída del precio internacional
del cobre, más la escasa disposición de
los industriales chilenos a reinvertir sus ganancias
en la economía local, pusieron pronto límites
a la expansión. Pero sobre todo, el gobierno
de la Unidad Popular tuvo que enfrentar una intensa
hostilidad de parte de los Estados Unidos, fuertemente
comprometidos en la operación política
de corroer la estabilidad de la vía chilena
al socialismo. El bloqueo comercial y financiero
impuesto por el presidente Richard Nixon forzó
a Chile a requerir el auxilio, no siempre generoso,
de los países del bloque soviético.
Dificultades
económicas y aislamiento externo se conjugaron,
en definitiva, para erosionar las bases del gobierno
popular. El débil apoyo que la gestión
de Allende había recibido de los sectores medios
se trocó paulatinamente en una abierta oposición,
que arrastró consigo al centro político
expresado por la democracia cristiana. El derechista
Partido Nacional, por su parte, logró plantarse
como alternativa al rumbo señalado por la coalición
de izquierda.
La
inevitable crisis se desató. El historiador argentino
Tulio Halperín Donghi la ha descrito como sigue:
"A medida que la inflación tornaba menos
viable el sistema de precios oficiales, un mecanismo
de comercialización paralelo dominado por camioneros
independientes entraba a abarcar rubros cada vez más
numerosos, y ya no sólo entre los productos del
campo. En la primavera de 1972, en vísperas de
una cosecha agrícola que sabía deficiente,
el gobierno de Allende, que afrontaba cada vez más
numerosas huelgas de clase media y aun de algunos sectores
populares, se decidió a nacionalizar el transporte
automotor. La respuesta fue una huelga de camioneros,
que transformó a éstos en punta de lanza
de una oposición cada vez más militante.
El gobierno fue incapaz de quebrarla: mientras el ejército
se rehusaba a ser usado con ese fin, los subsidios que
el tesoro americano prodigaba a los huelguistas los
ponían al abrigo de cualquier presión
económica".
La suerte echada
Con
las manos atadas, la Unidad Popular se enfrentó
entonces con la expresión descarnada del más
puro conflicto de clases. De su lado se encolumnaron
los asalariados, los campesinos y los sectores marginales.
Frente a ella, las clases medias y los privilegiados
de una sociedad que iba a resistir al cambio a todo
trance.
El
propio frente interno de la coalición, por otra
parte, estaba ya resquebrajado. El Partido Comunista
objetaba el rumbo elegido y reclamaba la formulación
de una estrategia que permitiera ampliar las alianzas
hacia la derecha. En la otra ala, el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (MIR) y la izquierda socialista juzgaban
que no quedaba ya otro camino que la violenta batalla
final contra la reacción, el asalto al poder,
la revolución.
Salvador
Allende parecía ser el único que todavía
creía que podía insistir por el camino
que había emprendido. Por un lado, optó
por reforzar la autoridad del estado mediante la incorporación
a su gabinete de jefes militares en cuya lealtad confiaba.
Por el otro, decidió someterse al veredicto popular
de las elecciones de renovación parlamentaria
que debían celebrarse en marzo del '73. El resultado
de los comicios, por cierto, no bastó para inclinar
la balanza a favor de ninguno de los bandos en pugna.
El gobierno obtuvo 43 por ciento de los sufragios, lo
que mantenía un índice de respaldo superior
al del inicio de su gestión, pero insuficiente
para resolver la crisis. Empecinado, Allende decidió
apostar el resto a la convocatoria de un plebiscito
que le permitiera reformar la constitución.
La
suerte, sin embargo, ya estaba echada. En los cuarteles,
en las oficinas gerenciales de las grandes empresas
y en la embajada de los Estados Unidos se preparaba
el golpe de estado. Allende todavía confiaba.
En su discurso del 1º de mayo intentó dar
aliento a los suyos: "No le tememos al enfrentamiento
-dijo- La lealtad de las Fuerzas Armadas nos permite
mirar al futuro con tranquilidad". En agosto, cuando
la presión de los oficiales golpistas obligó
al retiro del general Carlos Prats, firme legalista
que sería asesinado años más tarde
en Buenos Aires, el presidente designó en su
lugar a otro general que juraba lealtad y en quien él
confiaría hasta el último minuto: Augusto
Pinochet.
El
11 de septiembre se consumó finalmente, con inusitada
furia, el golpe de estado. Pinochet se convirtió
en el verdugo de la vía chilena al socialismo,
en el verdugo de Salvador Allende, en el verdugo de
miles de chilenos. Es que al golpe le siguió,
otra vez en palabras de Halperín Donghi, "una
represión de violencia sobrecogedora: las fábricas,
las barriadas marginales, los estadios transformados
en cárceles al aire libre eran teatro de ejecuciones
numerosas, mientras en el campo otras matanzas borraban
las huellas de las recientes movilizaciones".
Allende,
el Chicho para millones de compatriotas que lo querían
y lo respetaban, el hombre de paz y de diálogo,
se calzó esa mañana un casco de combate,
empuñó el fusil que le había regalado
Fidel Castro en una visita al país, desalojó
la casa de gobierno, y se quedó solo para esperar
la embestida final de los militares fascistas. Desde
allí dirigió a los chilenos las que llamó
sus "últimas palabras". Les agradeció
a los trabajadores su lealtad y su confianza: a las
mujeres, a los jóvenes, a los obreros y a los
campesinos, a los intelectuales, a los profesionales
patriotas. Les anunció que serían perseguidos,
y les recordó que "el pueblo debe defenderse
pero no sacrificarse", que "no debe dejarse
avasallar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse".
"Sólo
me cabe decirles a los trabajadores -se despidió-:
yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito
histórico pagaré con mi vida la lealtad
del pueblo y les digo que tengo la certeza de la semilla
que entregamos a la conciencia digna de miles y miles
de chilenos. Podrán avasallarnos, pero no se
detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni
con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los
pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más
temprano que tarde, de nuevo, se abrirán las
grandes alamedas por donde pase el hombre libre para
construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva
el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!". Horas
después, el cadáver del Chicho Allende
yacía entre los escombros de La Moneda. con el
cráneo destrozado por un balazo.
Desde
entonces hasta ahora, muchas autocríticas han
dado cuenta de los errores que cometieron los hombres
y las mujeres que construyeron la experiencia del gobierno
popular. De sus aciertos, da testimonio el odio criminal
que esa tentativa de llegar al socialismo por el camino
de la democracia despertó en los sectores más
reaccionarios de la sociedad chilena, un odio que siguen
atesorando más de treinta años después.
Viva
Chile
En
la Argentina de los primeros años setenta, también
sacudida por luchas sociales y políticas, también
señalada por un entusiasta crecimiento de la
militancia de izquierda, los ecos de la experiencia
socialista chilena pegaban fuerte. La corriente de simpatía
y de adhesión fraternal arrasaba incluso con
las discusiones ideológicas y con las disidencias
respecto de la factibilidad la vía
chilena. Eran tiempos en que el viaje juvenil a Chile
adquiría casi el aire de una peregrinación
hacia un mundo que se parecía más al futuro.
En Buenos Aires, los estudiantes descubrían,
en los trabajos que Ariel Dorfman producía en
la Universidad de Chile, los perversos mensajes imperialistas
ocultos en el Pato Donald. En peñas y guitarreadas,
se coreaban las canciones de Violeta Parra y de Víctor
Jara.
Cuando
todo hubo terminado del otro lado de la cordillera,
una multitud se concentró frente al Congreso
para marchar hasta la embajada de Chile. Los estribillos
vivaban al "compañero Presidente",
de quien todavía no se sabía con certeza
si había muerto, prometían nuevos cruces
de la cordillera para tomar parte de la guerra civil
que se suponía iba a sobrevenir, se pedía
la cabeza del asesino Pinochet. Sobre todo, se respiraba
la solidaridad con el pueblo chileno, el dolor ante
la muerte, el odio a la reacción. Un grito, que
se había popularizado en los años anteriores
y se había convertido casi en una consigna política,
enronqueció esa noche miles de gargantas conmovidas.
"¡Viva Chile, mierda!".
-----
(*) Ulises Muschietti (umuschietti@mvprensa.com.ar)
es historiador, periodista y profesor.
Participa en MV Prensa desde agosto de 2006.
Imágenes:
http://www.nodo50.org/
http://membres.lycos.fr/
http://dams.stanford.edu/
http://www.encyclopedia.it/
http://www.todo-argentina.net/
©
MV Prensa / Agosto de 2006
|