MUNDO | A 33 años del golpe contra Salvador Allende
Sólo el crimen y la fuerza
Por Ulises Muschietti*



El ajustado triunfo electoral de la coalición Unidad Popular que encabezaba Salvador Allende inauguró, el 4 de septiembre de 1970, la que sería una de las décadas más dramáticas de la historia política de América Latina. Sólo tres años más tarde, el golpe que encabezó Augusto Pinochet puso fin a la esperanzada experiencia del gobierno popular. De alguna manera, la tragedia chilena prefiguraba a la que no tardaría en abatirse sobre el conjunto de las fuerzas progresistas del continente.

Para todos aquellos que se proponían cambiar el mundo, los primeros años setenta eran tiempos de optimismo. Los datos auspiciosos que alimentaban esas expectativas eran muchos. La Revolución Cubana, por caso, había conseguido el poder hacía apenas diez años, y su estrella ascendente ocupaba un lugar decisivo en el imaginario de la izquierda mundial y de la de América Latina en particular. Ella parecía confirmar que era posible desafiar al capitalismo, y sobre todo al coloso que enarbolaba su defensa en todo el planeta: Estados Unidos. Sin embargo, también alentaba la convicción de que la vía armada era el único camino eficiente para lograr la transformación revolucionaria de la sociedad. El Che Guevara, caído en Bolivia sólo dos años antes, se constituía en bandera de las revoluciones del Tercer Mundo.

En ese contexto, el proyecto que encarnaba la Unidad Popular abría un proceso que no se circunscribía a la sociedad chilena, su principal protagonista. Generaba también un amplio debate en torno de lo que entonces dio en llamarse la vía chilena al socialismo: vale decir, la posibilidad de que un país encarara exitosamente la abolición del capitalismo empleando exclusivamente medios pacíficos. El día de la victoria, sin ir más lejos, un conmovido Allende le recordó a la multitud que lo acompañaba en el festejo que la revolución no implicaba "destruir, sino construir", y la convocó a "empezar a caminar por las esperanzadas alamedas del socialismo", para edificar una sociedad en la que se proscribiera "la guerra de unos contra otros". Le sobró firmeza, sin embargo, al subrayar el objetivo: "Hemos triunfado para derrotar definitivamente la explotación imperialista".


Meses más tarde, en su primer mensaje al Congreso, sintetizó su programa con palabras que todos pudieran entender: "El pueblo necesita abrigar sus familias en casas decentes, educar a sus niños en escuelas que no hayan sido hechas sólo para pobres, comer lo suficiente en cada día del año. El pueblo necesita trabajo, amparo en la enfermedad y en la vejez, respeto a su personalidad. Eso es lo que aspiramos a dar en un plazo previsible a todos los chilenos. Lo que ha sido negado a América Latina a lo largo de los siglos". Y juró que nunca dejaría de respetar las libertades políticas, que eran para él "una conquista del pueblo en el penoso camino por su emancipación".

Sobran los testimonios acerca de las convicciones democráticas de Salvador Allende. De hecho, no se apartó jamás de ese camino a lo largo de los tres años en que, al frente del gobierno de su país, libró su batalla política contra el nutrido entramado de intereses que, ellos sí sin desdeñar ningún medio, se empeñaron en cerrarle el paso.

Lo apretado de la victoria electoral de 1970, en la que la coalición que integraban socialistas, comunistas y algunas agrupaciones menores obtuvo alrededor de 35 por ciento de los votos, forzó a los vencedores a cerrar con la democracia cristiana un acuerdo que permitiera a Allende ser efectivamente ungido presidente por el Congreso. A cambio, los opositores recibieron la garantía de que sólo se introducirían reformas estructurales por la vía legislativa, sin apartarse de los carriles constitucionales. Refractaria a la menor concesión, la derecha asestó de inmediato su primer golpe con el asesinato del general René Schneider, a quien se veía como el garante de la posición legalista del ejército chileno.

Con todo, el gobierno del compañero presidente alcanzó éxitos resonantes en su primera etapa. La nacionalización de la gran minería del cobre fue aprobada sin mayores obstáculos en el Congreso, y la reforma agraria ya en curso, si bien no pudo ser ampliada, experimentó un nuevo impulso en su aplicación. La Unidad Popular, además, estimuló la demanda interna mediante una masiva redistribución del ingreso, de modo que la industria local comenzó a producir al máximo de su capacidad. Una nueva instancia electoral, los comicios municipales que se celebraron en abril del '71, abonó el entusiasmo de quienes apostaban a favor de la empresa transformadora: es que en apenas seis meses el gobierno de Allende había conseguido elevar el índice de adhesión popular a algo más de 50 por ciento de los sufragios.


La mano del patrón

No resultó duradera, sin embargo, la coyuntura económica favorable. El desequilibrio en la balanza comercial, agravado por la caída del precio internacional del cobre, más la escasa disposición de los industriales chilenos a reinvertir sus ganancias en la economía local, pusieron pronto límites a la expansión. Pero sobre todo, el gobierno de la Unidad Popular tuvo que enfrentar una intensa hostilidad de parte de los Estados Unidos, fuertemente comprometidos en la operación política de corroer la estabilidad de la vía chilena al socialismo. El bloqueo comercial y financiero impuesto por el presidente Richard Nixon forzó a Chile a requerir el auxilio, no siempre generoso, de los países del bloque soviético.

Dificultades económicas y aislamiento externo se conjugaron, en definitiva, para erosionar las bases del gobierno popular. El débil apoyo que la gestión de Allende había recibido de los sectores medios se trocó paulatinamente en una abierta oposición, que arrastró consigo al centro político expresado por la democracia cristiana. El derechista Partido Nacional, por su parte, logró plantarse como alternativa al rumbo señalado por la coalición de izquierda.

La inevitable crisis se desató. El historiador argentino Tulio Halperín Donghi la ha descrito como sigue: "A medida que la inflación tornaba menos viable el sistema de precios oficiales, un mecanismo de comercialización paralelo dominado por camioneros independientes entraba a abarcar rubros cada vez más numerosos, y ya no sólo entre los productos del campo. En la primavera de 1972, en vísperas de una cosecha agrícola que sabía deficiente, el gobierno de Allende, que afrontaba cada vez más numerosas huelgas de clase media y aun de algunos sectores populares, se decidió a nacionalizar el transporte automotor. La respuesta fue una huelga de camioneros, que transformó a éstos en punta de lanza de una oposición cada vez más militante. El gobierno fue incapaz de quebrarla: mientras el ejército se rehusaba a ser usado con ese fin, los subsidios que el tesoro americano prodigaba a los huelguistas los ponían al abrigo de cualquier presión económica".


La suerte echada

Con las manos atadas, la Unidad Popular se enfrentó entonces con la expresión descarnada del más puro conflicto de clases. De su lado se encolumnaron los asalariados, los campesinos y los sectores marginales. Frente a ella, las clases medias y los privilegiados de una sociedad que iba a resistir al cambio a todo trance.

El propio frente interno de la coalición, por otra parte, estaba ya resquebrajado. El Partido Comunista objetaba el rumbo elegido y reclamaba la formulación de una estrategia que permitiera ampliar las alianzas hacia la derecha. En la otra ala, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y la izquierda socialista juzgaban que no quedaba ya otro camino que la violenta batalla final contra la reacción, el asalto al poder, la revolución.

Salvador Allende parecía ser el único que todavía creía que podía insistir por el camino que había emprendido. Por un lado, optó por reforzar la autoridad del estado mediante la incorporación a su gabinete de jefes militares en cuya lealtad confiaba. Por el otro, decidió someterse al veredicto popular de las elecciones de renovación parlamentaria que debían celebrarse en marzo del '73. El resultado de los comicios, por cierto, no bastó para inclinar la balanza a favor de ninguno de los bandos en pugna. El gobierno obtuvo 43 por ciento de los sufragios, lo que mantenía un índice de respaldo superior al del inicio de su gestión, pero insuficiente para resolver la crisis. Empecinado, Allende decidió apostar el resto a la convocatoria de un plebiscito que le permitiera reformar la constitución.

La suerte, sin embargo, ya estaba echada. En los cuarteles, en las oficinas gerenciales de las grandes empresas y en la embajada de los Estados Unidos se preparaba el golpe de estado. Allende todavía confiaba. En su discurso del 1º de mayo intentó dar aliento a los suyos: "No le tememos al enfrentamiento -dijo- La lealtad de las Fuerzas Armadas nos permite mirar al futuro con tranquilidad". En agosto, cuando la presión de los oficiales golpistas obligó al retiro del general Carlos Prats, firme legalista que sería asesinado años más tarde en Buenos Aires, el presidente designó en su lugar a otro general que juraba lealtad y en quien él confiaría hasta el último minuto: Augusto Pinochet.

El 11 de septiembre se consumó finalmente, con inusitada furia, el golpe de estado. Pinochet se convirtió en el verdugo de la vía chilena al socialismo, en el verdugo de Salvador Allende, en el verdugo de miles de chilenos. Es que al golpe le siguió, otra vez en palabras de Halperín Donghi, "una represión de violencia sobrecogedora: las fábricas, las barriadas marginales, los estadios transformados en cárceles al aire libre eran teatro de ejecuciones numerosas, mientras en el campo otras matanzas borraban las huellas de las recientes movilizaciones".

Allende, el Chicho para millones de compatriotas que lo querían y lo respetaban, el hombre de paz y de diálogo, se calzó esa mañana un casco de combate, empuñó el fusil que le había regalado Fidel Castro en una visita al país, desalojó la casa de gobierno, y se quedó solo para esperar la embestida final de los militares fascistas. Desde allí dirigió a los chilenos las que llamó sus "últimas palabras". Les agradeció a los trabajadores su lealtad y su confianza: a las mujeres, a los jóvenes, a los obreros y a los campesinos, a los intelectuales, a los profesionales patriotas. Les anunció que serían perseguidos, y les recordó que "el pueblo debe defenderse pero no sacrificarse", que "no debe dejarse avasallar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse".

"Sólo me cabe decirles a los trabajadores -se despidió-: yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo y les digo que tengo la certeza de la semilla que entregamos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos. Podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!". Horas después, el cadáver del Chicho Allende yacía entre los escombros de La Moneda. con el cráneo destrozado por un balazo.

Desde entonces hasta ahora, muchas autocríticas han dado cuenta de los errores que cometieron los hombres y las mujeres que construyeron la experiencia del gobierno popular. De sus aciertos, da testimonio el odio criminal que esa tentativa de llegar al socialismo por el camino de la democracia despertó en los sectores más reaccionarios de la sociedad chilena, un odio que siguen atesorando más de treinta años después.




Viva Chile

En la Argentina de los primeros años setenta, también sacudida por luchas sociales y políticas, también señalada por un entusiasta crecimiento de la militancia de izquierda, los ecos de la experiencia socialista chilena pegaban fuerte. La corriente de simpatía y de adhesión fraternal arrasaba incluso con las discusiones ideológicas y con las disidencias respecto de la factibilidad la vía chilena. Eran tiempos en que el viaje juvenil a Chile adquiría casi el aire de una peregrinación hacia un mundo que se parecía más al futuro. En Buenos Aires, los estudiantes descubrían, en los trabajos que Ariel Dorfman producía en la Universidad de Chile, los perversos mensajes imperialistas ocultos en el Pato Donald. En peñas y guitarreadas, se coreaban las canciones de Violeta Parra y de Víctor Jara.

Cuando todo hubo terminado del otro lado de la cordillera, una multitud se concentró frente al Congreso para marchar hasta la embajada de Chile. Los estribillos vivaban al "compañero Presidente", de quien todavía no se sabía con certeza si había muerto, prometían nuevos cruces de la cordillera para tomar parte de la guerra civil que se suponía iba a sobrevenir, se pedía la cabeza del asesino Pinochet. Sobre todo, se respiraba la solidaridad con el pueblo chileno, el dolor ante la muerte, el odio a la reacción. Un grito, que se había popularizado en los años anteriores y se había convertido casi en una consigna política, enronqueció esa noche miles de gargantas conmovidas. "¡Viva Chile, mierda!".



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(*) Ulises Muschietti (umuschietti@mvprensa.com.ar) es historiador, periodista y profesor.
Participa en MV Prensa desde agosto de 2006.





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© MV Prensa / Agosto de 2006



 
 
 
 
 
 
 


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