PAÍS
| Argentina y la guerra por las Malvinas
El país que no supo desertar
Por
Ulises Muschietti*
A
fines de la segunda guerra mundial, en 1943, un partisano
antifascista italiano postuló que había
que demoler los monumentos a los caídos por la
patria y reemplazarlos por otros que recordaran a quienes
habían desertado. "Los monumentos a los
desertores -escribió- representarán también
a aquellos que murieron en la guerra, porque cada uno
de ellos murió maldiciendo la guerra y envidiando
la felicidad del desertor. La resistencia nace de la
deserción". En abril de 1982, buena parte
de la sociedad argentina propició, por acción
u omisión, la muerte por la patria de miles de
sus jóvenes en una guerra diseñada y provocada
por una dictadura que ya tenía a 30.000 víctimas
sobre sus espaldas.
Para
muchos argentinos, sobrevivientes de la represión
que se había desencadenado en 1976, la noticia
del desembarco militar en las islas Malvinas tuvo el
efecto de un martillazo. Llevaban seis años de
odio, de miedo, de rabia. Odio a la dictadura, miedo
por sus propios cuerpos, rabia por una derrota histórica
que sabían muy difícil de remontar. Contaban
uno a uno a los amigos y compañeros desaparecidos,
o asesinados, o presos, o en el destierro. Sabían,
oscuramente, que funcionaban en el país campos
de concentración en los que los prisioneros eran
militantes populares, intelectuales, combatientes armados,
trabajadores. No sabían con certeza cuántos
eran esos campos ni donde estaban. Pero sí sabían
quiénes eran allí los prisioneros y quiénes
los verdugos.
El
2 de abril, los ejecutores de las políticas más
ferozmente antipopulares que había experimentado
el país se presentaron como emancipadores, como
adalides de una lucha anticolonial. Entre los adversarios
de la dictadura hubo desde el principio quienes sostuvieron
que se trataba de una maniobra para legitimar un poder
que empezaba a agrietarse, y que había que repudiarla.
Pero ganó la confusión. Tal vez, decían
algunos, la necesidad de hacer frente al imperialismo
fuerce a los militares a abrir el juego político
interno y a desatar una dinámica que termine
por devorarlos. Otros se empeñaban en deslindar
la causa de la recuperación de las islas, que
juzgaban justa, de aquellos que la habían promovido.
Los
héroes del momento, por esos días, eran
el teniente de navío Alfredo Astiz, que presuntamente
defendería las islas Georgias al mando de un
reducido cuerpo de élite, y el teniente coronel
Mohamed Ali Seineldin, que al frente de sus infantes
había entrado majestuosamente al trote en el
indefenso Puerto Stanley, después rebautizado
Puerto Argentino. Aunque no se dijera públicamente,
había ya en el país quienes sabían
que uno era un torturador de la Escuela de Mecánica
de la Armada y el otro un instructor de aspirantes a
secuestradores y asesinos. El dato era macabro: la Junta
de Comandantes les agradecía los horrorosos servicios
prestados facilitando su ascenso a héroes nacionales
a la luz del día. Para eso servía la toma
de las Malvinas.
A
medida que se aproximaba al archipiélago la flota
británica, y con ella el inevitable inicio de
las hostilidades, los medios de comunicación
hacían cada vez más intenso el alboroto
patriotero y obsecuente. En la calle, aquellos que vivían
satisfechos bajo el terrorismo de estado, los que meses
después jurarían que nunca habían
sabido nada de lo que pasaba en el país, se agolpaban
junto a los móviles de la televisión para
festejar por anticipado el triunfo que seguramente las
armas de la patria iban a conseguir contra los agresores
ingleses. El griterío chauvinista aturdía.
En
las islas, los jóvenes conscriptos también
parecían orgullosos, entusiastas y confiados,
al menos mientras hablaban frente a las cámaras.
Todavía no había empezado la siembra de
muerte, y probablemente tampoco el hambre ni el frío.
La solidaridad colectiva con esos adolescentes empujados
con perversión a la catástrofe no procuraba
sacarlos de allí. Se limitaba a mandarles bufandas,
cartas y chocolates. Si morían, que lo hicieran
abrigados.
Una
vez iniciada la batalla, la campaña de desinformación
orquestada por las fuerzas armadas fue una nueva prueba,
por si hacía falta, de que el verdadero enemigo
de los comandantes en jefe, el enemigo al que había
que engañar y desconcertar, no era la armada
británica sino el pueblo argentino, del que los
soldados formaban parte. Todos los que estaban en capacidad
de hacerse oír, sin embargo, seguían enarbolando
banderas de guerra.
Finalmente,
las bombas y las balas de los británicos barrieron
el triunfalismo y la mentira. También barrieron
las vidas de centenares de esos muchachos, convertidos
en nuevos desaparecidos del terrorismo de estado, unos
desaparecidos que no lo eran por haberse opuesto a la
dictadura sino por no haber tenido otra opción
que obedecerla. Los conscriptos combatientes que no
murieron en las islas salvaron la piel pero no la vida,
y terminaron condenados a la inexistencia por una sociedad
que castigó en ellos su propia vergüenza.
Es
que en ese desdichado país que fue a la guerra
en 1982 a las órdenes de sus opresores, nadie
fue capaz, por una razón o por otra, de decir
en voz bien alta que el único camino digno era
el de luchar de frente contra esa insensatez, el de
ofrecerles a los adolescentes soldados la opción
de la desobediencia, el de llamarlos a la deserción,
el de acompañarlos, en fin, en un grito de adiós
a las armas que dejara solos a los dictadores en su
funesta mascarada. No importa cuál hubiera sido
el resultado de ese grito. Veinticinco años después,
la sociedad argentina tendría menos vergüenza.
Y se levantarían monumentos a los desertores.