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Todo
comenzó con un número, como siempre sucede.
La cifra oficial de inflación que se dio a conocer
el lunes 5 de febrero pasado en el Instituto Nacional
de Estadística y Censos (Indec) reflejaba un
tímido 1,1 por ciento correspondiente a enero
de 2007, mientras que la realidad habló con claridad
-y más números-
del doble de crecimiento del índice
de precios al consumidor; además de las irregularidades
en los llamados a concurso, las violaciones a las normas
metodológicas internas y las presiones a los
trabajadores para que no cumplan con idoneidad sus funciones.
Entre
la intención del gobierno del presidente Néstor
Kirchner y la contundencia de los datos que a diario
se encargan de recabar y procesar los técnicos
de economía hubo, por lo menos, una notoria diferencia
de apreciación. No se trató de variables
rebeldes, percepciones dispares o de la identificación
de alguna situación nacional actual que pudiera
devenir en crisis. Lo que hubo detrás de este
evidente debilitamiento institucional organizado es
el mismo grupo político que no desea números
molestos ni personas que piensen diferente a la voz
patagónica. Y los deseos en las más altas
esferas del poder, son órdenes entre los trabajadores
que no pueden prescindir de sus únicas fuentes
laborales.
Luego
de que el subsecretario de Programación Económica,
Martín Abeles, aduciendo falta de colaboración,
pidiera la renuncia a los directores de Programación
Económica, José Luis Maia; de Información
y Coyuntura, Carlos Quarracino; de Programación
Regional, Carlos Izurieta y de Información y
Análisis Regional, Horacio Feinstein (Información
y Análisis Regional), el ministerio de Economía
perdió su condición de ser uno de los
pocos organismos públicos que quedaba con staff
técnico permanente de profesionales respetados
y que hacían carrera dentro del estado.
Los
argumentos en favor de la decisión política
eran que los puestos de los directores, designados por
concurso, estaban vencidos y que la medida de la administración
K de no renovar por decreto sus mandatos respondía
a una necesidad de reemplazar a los funcionarios por
gente 'más del palo' kirchnerista. Pero los ministerios
tienen sus reglas.
Los
concursos para renovar los cargos ya estaban designados.
Los jurados eran conocidos académicos de la Universidad
de Buenos Aires (UBA) y de la de La Plata: José
Fanelli, Roberto Frenkel, Hildegart Ahumada y Daniel
Heymann.
El
mecanismo de los concursos requiere que el jurado puntee
a cada candidato y eleve a los tres mejores calificados,
para que luego el funcionario político pueda
elegir a discreción al candidato que más
se adecue a sus necesidades. El problema para hacer
las cosas como lo dicta la ley es que no tenían
personas 'del palo' con los suficientes requisitos para
llegar a ser ternada, por lo que el jurado, a falta
de gente competente, no se vería en la obligación
de elevar una terna para que designase un reemplazante.
El temor oficial era que los directores con los puestos
vencidos se volviesen a presentar a concurso y ganasen
por falta de competencia, como prácticamente
seguro pasaría.
El
clima por la decisión política generó
en el Ministerio y en la Secretaría de Política
Económica una inestabilidad laboral de hecho
entre los directores aún en sus cargos, los técnicos
contratados y el personal de planta transitoria, cuyos
cargos son pasibles de ser renovados cada año,
pero que por razones completamente ajenas a sus verdaderas
funciones y capacidades peligran si aunque sea por error
publican datos que el gobierno preferiría omitir.
En
dicho marco de trabajo insalubre, la por entonces directora
del Índice de Precios de Consumo (IPC), Graciela
Bevacqua, es desplazada de sus funciones por negarse
a compartir la lista de los comercios donde se realiza
la encuesta que permite medir la inflación. El
único objetivo por el que el secretario de Comercio
Interior, Guillermo Moreno, requería violar la
ley del "Secreto Estadístico" era para
'convencer' uno a uno a los comercios encuestados de
que no suban los precios. Logrado esto no resultaría
necesario un control de tarifas, porque aunque subieran
todos los precios en la economía, el índice
IPC permanecería acorde a las expectativas del
controlador de precios que ya habría arreglado
los valores de los lugares dónde se medía.
En
plena disputa interna, se presenta el desplazamiento
de Bevacqua como una decisión de la ministra
de Economía, Felisa Miceli, pero es Moreno quien
lo decidió y arma una operación de prensa
y desprestigio de la sumisa funcionaria kirchnerista.
Beatriz Paglieri, reemplazante de Bevacqua, apenas asume
solicita a la gente del Indec la lista de los comercios,
y les ordena algunos cambios metodológicos en
la rutina de trabajo.
Mas,
la ex superior de Bevacqua, Clyde Trabuchi, ordenó
a los trabajadores no brindar nada de información
confidencial a Paglieri y seguir operando como hasta
antes del cambio. Por presiones políticas y oposición
ideológica a la metodología impuesta por
Moreno, Trabuchi pide licencia, mientras que Paglieri,
acompañada de personal policial, consigue el
acceso a las fuentes de información y procedimientos
del Indec.
Entre
las irregularidades que luego fueron de dominio público,
el caso de Turismo incluyó un cambio metodológico
arbitrario e incorrecto. En vez de tomar la muestra
de la encuesta como referencial, se publicaron los valores
de los precios acordados por Moreno con los representantes
de la Cámara de Turismo, más allá
de que éstos se cumpliesen o no. Por otra parte,
se publicó que Alimentos y Bebidas subió
un 1,9 por ciento, mientras que la canasta básica
alimentaria (con la que se determina la línea
de indigencia) subió 2,6 por ciento. No es para
nada común que difieran tanto, puesto que miden
cosas muy parecidas. La demora en publicar el dato final
de la canasta básica alimentaria es otro indicio
sospechoso. El índice debía haberse publicado
el miércoles 7 de febrero a las 16, y se publicó
un día después, algo que nunca sucede.
Entre
aprietes a los funcionarios públicos que dejan
de ser funcionales, y amenazas a los responsables de
las distintas tareas técnicas de cada área,
el respeto laboral y la credibilidad de una institución
que siempre supo trabajar con idoneidad ya es cosa del
pasado. No se trata de ética sino de valores
tan variables como las necesidades del poder de turno,
que en este caso -nada excepcional- se vuelve a parecer
demasiado a la Cosa Nostra.
(¿qué pensás al respecto?
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(*)
Tomás Vela (tomasvela@mvprensa.com.ar)
es periodista y fotógrafo.
Fundó y dirige MV Prensa desde abril de 2004.
Imagen:
http://www.lanacion.com.ar/
© MV Prensa / Febrero de 2007
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