PAÍS | Opinión
¡Pobre delincuente!
Por Laura Caniggia y Tomás Veitz*



"Joven y pobre es sinónimo de delincuente", explicó Amadeo D´Angelo el 17 de mayo de 2001, en una conferencia de prensa, cuando asumió como jefe de la policía bonaerense. "Hay que cercar con personal policial las villas de emergencia para disminuir el delito en un 80 por ciento", propuso un año más tarde, en declaraciones para un medio del interior, el comisario retirado Mario
Naldi.

Estas frases célebres (y otras tantas) se repiten en la historia contemporánea de la Argentina, y dan por supuesto que el aumento de la delincuencia es producto del crecimiento de la cantidad de pobres.

Sobre estos análisis, no faltan los que plantean soluciones descabelladas y peligrosas. Como la que sostuvo, según publica la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) en uno de sus boletines, Carlos Ruckauf cuando era ministro de Seguridad: "La policía tiene que entrar a todas las villas, tienen que tener decisión de combate; pero también tenemos que darles normas, no vaya a ser que entren a uno de esos lugares, maten a un delincuente y después aparezca alguno de esos abogados de delincuentes a decir que los asesinos son la policía".

Sin embargo, la ciudad de Buenos Aires refuta estas teorías. Según un informe que realizó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), el territorio porteño tiene el índice más bajo de pobreza de toda la Argentina, pero a su vez es el lugar donde se concentran el mayor número de delitos.

Albergando el 14,4 por ciento de pobres, la Ciudad tiene la segunda tasa más alta de delincuencia por habitante, y también es escolta en el índice que mide la mayor cantidad de delitos registrados (192.458) en el 2003, según el último relevamiento de la Policía Federal, Gendarmería y Prefectura.

"La delincuencia es independiente de las clases sociales", asegura la socióloga Romina Fridman, y analiza que la sociedad argentina, circunscripta dentro de Latinoamérica, está "caracterizada por una tradición de violencia que comenzó en los años `70 con la irrupción de los regímenes militares".

Hace poco más de un año, Juan Carlos Blumberg, a raíz del secuestro y posterior asesinato de su hijo Axel, protagonizó una revolución mediática que renovó el pedido de mano dura. Bajo premisas como la baja en la imputabilidad de los jóvenes, la suba de penas y el crecimiento del presupuesto de la fuerza policial, identificó a la persona humilde con la figura del delincuente y nuevamente a las villas miseria como las escuelas del delito.

Entre marchas y declaraciones, Blumberg diferenció el asesinato de su hijo del de Sebastián Bordón, muerto a golpes por la policía mendocina el 12 de octubre de 1997. "El chico (por Bordón) se drogaba, hizo una mala actuación, agredió a un policía. Después, bueno, la policía actuó mal, hizo cosas que no debía", discriminó.

Si se buscan respuestas simples y soluciones rápidas los ejemplos abundan, pero la falta de análisis y de contenido de estas teorías las confirma como insensatas. Todas comparten una extraña tendencia en sus premisas: colocan en el banquillo de los acusados a quienes más sufren y padecen las falencias del sistema.





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(*) Laura Caniggia (lauracaniggia@yahoo.com.ar) es periodista.
Participó en MVPrensa en abril de 2005.

(*) Tomás Veitz (tomasveitz@hotmail.com) es periodista.
Participó en MVPrensa desde enero hasta abril de 2005.







Imagen:
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© MVPrensa / Abril de 2005

 


 
 
 
 
 
 
 


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