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"Joven
y pobre es sinónimo de delincuente", explicó
Amadeo D´Angelo el 17 de mayo de 2001, en una
conferencia de prensa, cuando asumió como jefe
de la policía bonaerense. "Hay que cercar
con personal policial las villas de emergencia para
disminuir el delito en un 80 por ciento", propuso
un año más tarde, en declaraciones para
un medio del interior, el comisario retirado Mario Naldi.
Estas
frases célebres (y otras tantas) se repiten en
la historia contemporánea de la Argentina, y
dan por supuesto que el aumento de la delincuencia es
producto del crecimiento de la cantidad de pobres.
Sobre
estos análisis, no faltan los que plantean soluciones
descabelladas y peligrosas. Como la que sostuvo, según
publica la Coordinadora Contra la Represión Policial
e Institucional (CORREPI) en uno de sus boletines, Carlos
Ruckauf cuando era ministro de Seguridad: "La policía
tiene que entrar a todas las villas, tienen que tener
decisión de combate; pero también tenemos
que darles normas, no vaya a ser que entren a uno de
esos lugares, maten a un delincuente y después
aparezca alguno de esos abogados de delincuentes a decir
que los asesinos son la policía".
Sin
embargo, la ciudad de Buenos Aires refuta estas teorías.
Según un informe que realizó el Instituto
Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), el
territorio porteño tiene el índice más
bajo de pobreza de toda la Argentina, pero a su vez
es el lugar donde se concentran el mayor número
de delitos.
Albergando
el 14,4 por ciento de pobres, la Ciudad tiene la segunda
tasa más alta de delincuencia por habitante,
y también es escolta en el índice que
mide la mayor cantidad de delitos registrados (192.458)
en el 2003, según el último relevamiento
de la Policía Federal, Gendarmería y Prefectura.
"La
delincuencia es independiente de las clases sociales",
asegura la socióloga Romina Fridman, y analiza
que la sociedad argentina, circunscripta dentro de Latinoamérica,
está "caracterizada por una tradición
de violencia que comenzó en los años `70
con la irrupción de los regímenes militares".
Hace
poco más de un año, Juan Carlos Blumberg,
a raíz del secuestro y posterior asesinato de
su hijo Axel, protagonizó una revolución
mediática que renovó el pedido de mano
dura. Bajo premisas como la baja en la imputabilidad
de los jóvenes, la suba de penas y el crecimiento
del presupuesto de la fuerza policial, identificó
a la persona humilde con la figura del delincuente y
nuevamente a las villas miseria como las escuelas del
delito.
Entre
marchas y declaraciones, Blumberg diferenció
el asesinato de su hijo del de Sebastián Bordón,
muerto a golpes por la policía mendocina el 12
de octubre de 1997. "El chico (por Bordón)
se drogaba, hizo una mala actuación, agredió
a un policía. Después, bueno, la policía
actuó mal, hizo cosas que no debía",
discriminó.
Si
se buscan respuestas simples y soluciones rápidas
los ejemplos abundan, pero la falta de análisis
y de contenido de estas teorías las confirma
como insensatas. Todas comparten una extraña
tendencia en sus premisas: colocan en el banquillo de
los acusados a quienes más sufren y padecen las
falencias del sistema.
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(*) Laura Caniggia (lauracaniggia@yahoo.com.ar)
es periodista.
Participó en MVPrensa en abril de 2005.
(*) Tomás Veitz (tomasveitz@hotmail.com) es periodista.
Participó en MVPrensa desde enero hasta abril de 2005.
Imagen:
http://ee.domaindlx.com/
© MVPrensa / Abril de 2005
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