PAÍS | Ibarra y su responsabilidad política en la tragedia de Cromañón
Una nueva punta
para el hilo de Ariadna
Por Diego Savino*



El referéndum por la revocatoria
y sus (im)probables consecuencias.

Las repercusiones iniciales de la reciente convocatoria a las urnas realizada por el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Anibal Ibarra (más allá del desafío impuesto, de la maniobra política contenida y de la constitucionalidad o no de la iniciativa) parecen confirmar algunas condiciones estáticas de las prácticas políticas establecidas, trastocando -aunque más no sea desde la teoría- el cómodo rol de la ciudadanía en la vida democrática.

En la misma línea de lo que desde el corpus teórico se conoce como democracias delegativas, la ciudadanía ha permanecido ajena a determinados mecanismos de participación y de control que le son propios (de los cuales un llamado a referendo como al que se nos convoca podría llegar a ser una importante manifestación) No puede dejar de reconocerse que las responsabilidades por estas carencias son, cuando menos, compartidas (aunque el último gobierno militar y el período menemista hayan sido más que importantes contribuyentes a las mismas)

Más allá de que la revocatoria o la confirmación estén a años luz de dilucidar las responsabilidades relativas a Cromañón (ciertas voluntades y capacidades son tan escasos en el oficialismo como en la oposición), la reciente convocatoria puede pensarse no como un pequeño triunfo, ni como un paso hacia el mismo, sino tal vez como la involuntaria muestra de un sendero. El sendero no debe desandarse sin un reclamo de justicia incesante, tanto por los muertos del 30 de diciembre, como por los de la estación de Avellaneda, por los de la plaza que sacó a De la Rúa y por los de todos los pobres que, como siempre, están (estamos) poniendo los cuerpos.

Adicionalmente a lo anterior, un análisis más detallista nos permitiría apreciar cómo el utópico, reclamado -y, hasta cierto punto, reaccionario- pedido de 'que se vayan todos' introducido a fines de 2001 se vio reemplazado, en su inviabilidad, por la resignada noción de 'no nos importa quienes estén', en lo que podría leerse tanto en términos de una victoria del establishment político como en el sentido de una mutación del reclamo original.

En este sentido, un potencial enroque a realizarse en la Jefatura entre la ofrenda de la derecha encarnada en Mauricio Macri y el aparentemente progresista -en el sentido nefasto que el delaruismo introdujo en este concepto- Jefe de Gobierno, parece despreocupar a la mayoría de la ciudadanía. Experiencias como la de Felipe Solá en el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires ofrecen el mismo desinterés (al igual que las funestas y obsecuentes performances opositoras de Carrió y Lopez Murphy)

Mientras tanto, desde el seno de los partidos tradicionales no se oyen repercusiones con respecto a la aparición de estos 'novedosos' mecanismos (sería importante analizar cómo el recientemente famoso 'transversalismo' ha influido en ello), sino sólo especulaciones con respecto al panorama emergente luego del referéndum: simultáneamente a que el peronismo pugna por mantener desde sus feudos provinciales las estructuras clientelísticas que tan beneficiosas le resultan y emerge autosuficiente al imponer su propia interna como elección presidencial (a lo cual un probable sacrificio de Ibarra podría ser más que funcional), el radicalismo se esfuerza en encontrar ínfimas manifestaciones de resurrección.

Con viento a favor (léase, con 'voluntad política' de este lado del mostrador, dándole a ese concepto el contenido praxiológico que se desee), el sendero que se vislumbra puede constituir el enésimo puntapié inicial para avanzar en el desmantelamiento de las cínicas estructuras que no dejan de cargarse pobres. Y muertos.




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(*) Diego Savino (dyegoes@hotmail.com) es licenciado en Ciencias Políticas.
Participó en MVPrensa en febrero de 2005.


 


Imagen:
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© MVPrensa / Febrero de 2005


 
 
 
 
 
 
 


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