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María
Julia Navarro es famosa en el barrio porteño
de Palermo. Tres veces por semana pasa a visitar a los
vecinos para charlar y divertirse un rato juntos. Ella
tiene la suerte "de unos pocos" de poder hacer
lo que le gusta y, encima, ganar plata por eso. A pesar
de ello, como pasa con cualquier trabajo, hay algo que
le molesta de su actividad como cartonera: que la miren
mal cuando pasa con su carro.
Julia
empezó a cirujear en 1982 para sobrevivir. "Es
el oficio de mi vida", dice. Sin embargo, en estos
22 años de antigüedad hay un antes y un
después del 2000, cuando se creó la Cooperativa
El Ceibo. Desde ese momento, ya no necesita abrir ninguna
bolsa de basura de la calle, ahora solo tiene que pasar
por cada casa a recolectar el plástico, el papel,
el cartón y el vidrio que los vecinos separan
previamente.
Todos
los días a las 7.30 entra a trabajar en Paraguay
al 4700. Allí vive Cristina Lescano, titular
de la cooperativa. Bien temprano, organizan la ruta
de cada recolector, engrasan los carros, reparten las
bolsas, toman mate y bromean entre ellos. Cristina supervisa
celosamente que todos vistan sus uniformes reglamentarios,
que lleven sus guantes y que se coloquen la faja de
seguridad en la cintura.
Desde
allí, María Julia parte cada día
con su carro hacia el local de Guatemala al 4400, a
unas pocas cuadras. A ella, como a cada uno de los 5
recolectores, le asignan ahí un promotor. Ellos
son jóvenes de entre 18 y 25 años que
los acompañan para completar la planilla de ruta
y vender el servicio de recolección de la cooperativa
a los vecinos.
A
pesar de los 30 grados de calor, no se detiene en ningún
momento. "María Julia del Ceibo", repite
una y otra vez frente a los porteros eléctricos.
Al completar la recolección de la calle Araoz
su bolsón ya está lleno. Desde su celular
llama, entonces, al camión de la cooperativa
para que pase a recogerlo. "Que Dios te ayude y
que a mí no me desampare", le dice a Daniela,
la promotora, que queda esperando en la esquina de Julián
Álvarez y Güemes el arribo del camión,
mientras ella sigue su ruta sola. Todavía falta
la mitad del recorrido.
Cuesta
creer que a María Julia la atropelló un
auto a los 14 años y que eso le provocó
la fractura de la cabeza del fémur. "Estoy
llena de clavos en la pierna", me dice entre risas.
A pesar de eso, en cada esquina baja y sube el cordón
con el carro a cuestas como si estuviera paseando. No
se nota que tiene 54 años.
Cuando
tenía 12 vino acompañada de su hermana
mayor desde Santiago del Estero. Tiene cuatro hijos
que viven por su cuenta y dos niños a quien criar.
Uno es su sobrino de 10 años, "es mi hijo,
en realidad", y otro es su pequeño nieto.
Vive con ellos dos en un hotel en la calle Gurruchaga,
ahí mismo en Palermo. "Quiero tener mi casa
propia, no que me la regalen pero quiero dejar de vivir
con la amenaza de desalojo sino pago todos los meses",
confiesa. A veces, con el plan trabajar que recibe más
los 10 o 15 pesos que recibe por día de la cooperativa
no alcanza.
Tiempo
atrás, trabajó en casas de familia, en
una cochería, en un geriátrico y fue ayudante
de cocina, entre otras cosas, hasta que un momento no
le quedó otra que salir a cirujear. "Con
esto crié y mande al colegio a mis hijos",
me dice orgullosa, señalando su carro.
Su
fama excede los límites de Palermo. Durante el
2004 ha tenido algunas apariciones en los medios. En
mayo, por ejemplo, fue almorzar a lo de Mirtha Legrand.
"La vieja nos prometió un montón
de ropa pero nunca cumplió", confiesa. Hace
poco, incluso, el diario La Nación le hizo una
entrevista. Desde entonces, busca desesperadamente esa
nota entre los mismos diarios que va juntando. "Me
dijeron que la puedo sacar de Internet, pero no tenga
idea como se maneja", vuelve a reírse.
A
las 12 del mediodía, le queda un solo domicilio
por donde recoger y decide tomarse un descanso para
fumar un cigarrillo bajo la sombra, en el escalón
de una casa. El segundo bolsón ya está
lleno a esa altura. Además de los materiales
reciclables, carga con ropa, turrones y garrapiñadas
que le regalaron los vecinos.
Ya
en el local de la calle Guatemala, después de
haber terminado la recolección del día,
espera la llegada del camión que se llevará
los bolsones llenos de materiales al galpón de
la cooperativa, ubicado en la calle Salguero, cerca
de la estación Saldías del Ferrocarril
Belgrano.
No
sabe que le tocará hacer a la tarde. "Por
ahí me toca ir a ayudar al galpón o por
ahí ya me voy a mi casa, depende de lo que diga
Cristina", dice. A pesar de la incertidumbre, no
se la ve preocupada, nada hace presagiar que la sonrisa
que regala desde temprano se borre.
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(*) Javier Monti (jmonti@mvprensa.com.ar) es
periodista.
Participa en MVPrensa desde la fundación del medio,
en abril de 2004.
Imagen:
http://www.elcivismo.com.ar/
©
MVPrensa / Enero de 2005
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