PAÍS | Jóvenes africanos llegan moribundos al país
Escape hacia cualquier parte
Por Javier Monti*



Desde el 2001, entre 30 y 40 polizones llegan por año a la Argentina desde África, escondidos en barcos. En el último año aumentaron los casos de menores de edad. ¿Cómo es su travesía? ¿Qué destino les depara vivir en nuestro país?


Un joven africano de entre 20 y 30 años que vivió toda su vida en estado de guerra, que sufrió el asesinato de sus padres,
que nunca fue al colegio y que se crío solo en la calle, acumula la suficiente desesperanza para decidir escapar de su país escondido en un barco, sin saber el rumbo ni importarle morir en el intento.

La suerte hace que alguno de estos muchachos sobreviva a esta travesía y llegue deshidratado y moribundo a un puerto de la Argentina.

¿Desde cuándo se da este fenómeno? ¿Cuántos jóvenes cometen la locura de querer torcer su destino?

Irene Ortíz, presidenta fundadora de la Casa de África en Argentina, dice que su abuela, de origen caboverdiano, ayudaba a los polizones que llegaban al país ya en la década del cincuenta.

Según Leandro Záccari Tognetti, Secretario General del Departamento de Migraciones Delegación Rosario, entre 30 y 40 hombres llegaron, durante este año, clandestinos en barcos de carga al corredor del Río Paraná, desde Zárate hasta la provincia de Santa Fe. El 75 por ciento de ellos fue aceptado
como refugiado.

"Es una zona de alto impacto comercial. Desde el 2001 se incrementaron los movimientos de carga, principalmente de cereales, y con ello la llegada de polizones", dice Záccari.

Hasta 1999 se registraban no más de 20 casos por año pero desde 2001, el promedio de polizones aumentó a entre 30 y 40, la misma cantidad que se ha registrado en lo que va de 2004.

El 99 por ciento de ellos, cuenta Záccari, son de origen africano. Provienen de Guinea, Camerún, Nigeria, Liberia, República Centro Africana y Burundi, entre otros.

La excepción a la hegemonía africana fueron siete iraquíes de origen kurdo que, en enero de 2002, llegaron al país perseguidos por el régimen del ex primer mandatario iraquí Saddam Hussein.



Su destino en la Argentina

Quienes sobreviven a esta aventura y llegan hasta las costas argentinas tienen diferentes destinos en suerte.

Habitualmente, los polizones solicitan la condición de refugiado en la Argentina apenas son descubiertos por Prefectura.

"Se evalúa que tema ser perseguido por su participación en grupo político o social determinado, por su raza o religión e incluso por pertenecer a una minoría nacional", explica Ricardo Eusebio Rodríguez, Director Nacional de Migraciones.

Así, se presenta una solicitud y se transforman en "solicitantes de asilo" hasta tanto se les acepta su pedido. Además, se les otorga un certificado que es renovable tantas veces sea necesario hasta que obtengan la condición requerida.

El Comité de Elegibilidad para los Refugiados (Cepare) decide si un solicitante es aceptado, mientras que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) custodia sus derechos.

El Cepare fue creado en 1985 y está integrado por funcionarios de los ministerios del Interior y de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. Su presidente es el Director Nacional de Migraciones.

Ahora bien, ¿cómo sobreviven mientras el Cepare decide su situación?
Para eso existe la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (FFCCAM), institución nacida en 1950, que depende de la Conferencia Episcopal Argentina y que tiene como objetivo la atención a inmigrantes y refugiados.

María Ángela Bobbio de Perreca, del departamento de Servicio Social de la FFCCAM, relata que en los últimos dos años aumentó significativamente el número de jóvenes solos que van a pedir ayuda al edificio de Laprida al 900, en la Capital Federal. "De sólo dos casos históricos que teníamos, desde el 2002 tenemos un promedio de 30 por año, la mayoría de ellos son polizones".

Actualmente, cerca de 1680 personas reciben algún tipo de asistencia de la FFCCAM, que va desde asesoramiento, dinero, clases de español y soporte psicológico hasta el otorgamiento de terrenos y micro créditos.

"Hay un subsidio fijo de 250 pesos para los que recién llegan al país, mientras tramitan la condición de refugiado ante el Cepare. Habitualmente esta ayuda se extiende por 6 u 8 meses", dice Bobbio.

Puede suceder, en cambio, que no se acepte la solicitud de asilo. En abril de 2001, por ejemplo, un juez federal de Comodoro Rivadavia le negó esa posibilidad a joven ghanés de 20 años por considerar que su país no estaba en guerra.

Ortiz, de la casa de África, explica que en algunas oportunidades se les niega el asilo ante la imposibilidad de comunicarse, cuando el polizón habla solo su dialecto tribal y no maneja nada de inglés o francés, como sucede habitualmente. "El africano tiene un fuerte temperamento. Al no poder comunicarse se pone un poco violento y eso ayuda a que los deporten", dice.

La casa de África, en tanto, busca actualmente conformar un equipo de intérpretes de dialectos africanos a fin de poder brindar asistencia en este tipo de situaciones.

En caso de tener que regresar a su país, la mayoría de las veces lo hacen en el mismo barco en el que vinieron. En algunas oportunidades, incluso, la empresa naviera los incorpora a su tripulación permanente.

"En caso de que tengan que ser devueltos y que el buque no pueda trasladarlos, el Estado argentino se hace cargo del traslado en avión", sostiene Záccari.

Existe una tercera alternativa a ser aceptado o no en el país: el arrepentido que decide volverse a su tierra por voluntad propia. Záccari cuenta que en mayo último, por ejemplo, llegaron 8 nigerianos de los cuales 6 se arrepintieron de su decisión y regresaron voluntariamente.



"Son un misterio"

Mohamed Sherif, de 15 años, creyó que había llegado a Italia cuando el "Zara", barco en el que había viajado como polizón, arribó al puerto de San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires. No sabía lo que era la Argentina pero sí conocía a Diego Maradona.

Veinte días antes había trepado por el ancla del buque junto a cinco compañeros, escapando de la crisis social angustiante que se vive en Guinea, África.

Sólo cuatro de ellos sobrevivieron a la travesía vivida en un pequeño y oscuro compartimiento de la embarcación, tomando agua de mar y comiendo algunas galletitas que habían podido rescatar para el viaje. Uno fue internado inmediatamente en un hospital de San Nicolás.

Cuando Irene Ortíz se enteró de que Mohamed y sus dos compañeros, Sekou Sherif, de 14 años, y Mohamed Sylla, de 15, habían sido trasladados a una dependencia de Prefectua de la localidad de La Plata, decidió visitarlos.

Confiesa que la conmovió el hecho de que eran menores de edad y que nadie se ofrecía para darles asilo. Así decidió hospedarlos.

Para eso, tuvo que reacondicionar su casa de la calle España en Olivos, provincia de Buenos Aires, la misma que funciona como la sede de la Casa de África en la Argentina. Allí pasaron tres meses.

Esta institución nació el 17 de agosto de 1995 con el objetivo "de dar a conocer y difundir todo lo concerniente a la cultura africana", según dice su carta magna.

Ninguno de los tres jóvenes tiene familia, la guerra civil se cargó a todos ellos.
"Nadie puede estar seguro si todo lo que dicen es cierto. Uno de ellos dijo que era de Liberia y después sostuvo que, en realidad era de Sierra Leona. Otro adujo tener otro nombre, no el que había denunciado para emitirle los documentos. ¿Qué le vamos a hacer? Hay que creerles, son muy carenciados", cuenta Ortíz.

Más allá de la buena voluntad que tuvo para recibirlos, Irene confiesa y repite que fue muy duro tenerlos en su casa. "Hubo que enseñarles desde cómo abrir una puerta con llave, lo que era un televisor, una computadora, hasta cómo se maneja el dinero".

Durante su estadía inicial en la Prefectura, los chicos tenían un menú diario en el que podían elegir entre varias comidas. Irene cuenta que en cuanto llegaron a su casa, exigieron el mismo trato. "Costó mucho hacerles entender que aquí había una sola opción en cada comida. Fue increíble", dice.

Los chicos estaban identificados con una credencial para que la policía local los identifique en caso de que se pierdan. Iban diariamente al club de la municipalidad que queda enfrente de su casa. "Eran muy inquietos. Lo volvía loco al remisero del barrio para salir a buscarlos", reconoce Irene.

Al regresar a la casa en una de esas escapadas, los chicos se aparecieron junto a gente de una villa cercana. "Me quería morir. Es que eran muy sociables. Ellos a todo el mundo le dicen 'amigo, amigo'".


Actualmente los dos Mohamed y Sekou viven en un hogar de chicos de la calle de Paso del Rey, provincia de Buenos Aires. El sacerdote que allí los hospeda está asombrado por su fabulosa introspección. "Son un misterio, nunca se sabe si están contentos o tristes", dice. Irene apunta que uno de ellos llama de vez en cuando, y que ella cuando puede los visita.

La familia Meynardi de la localidad de San Lorenzo, provincia de Santa Fe, en tanto, vivió una experiencia similar a la de Ortiz. El año pasado hospedó a Moohmed Baldé, un chico liberiano de 13 años que había llegado clandestino en un barco en estado de coma, con un profundo déficit en sus riñones (saturados de agua mar) y con terribles marcas en sus pies, fruto de haber viajado con agua hasta las rodillas.

"Era incontrolable", dijeron en la familia. Hoy Moohmed vive en el hogar Hoprome, del padre Tomás Santidirian, en Rosario.



Balance de la travesía

El escape de estos jóvenes hacia cualquier parte no resuelve su destino. Sólo lo matiza, en algunos casos.

Fuera de esta crónica, incluso, quedan los tantos que mueren en camino, quienes son vencidos por la falta de agua y de comida y quienes son arrojados al mar sin ninguna contemplación.

Los que se instalan en la Argentina, a su vez, cargan con las dificultades impuestas tanto por las profundas diferencias culturales e idiomáticas como por la indiferencia social.

Irene Ortiz cuenta que muchos de ellos se instalan como vendedores ambulantes y que otros corren la mala suerte de caer presos. "La mayoría cae por bobo, por confiar en la gente", dice.

El documental "Estas acá, estás allá", de Juliana Fischbein y Eduardo Safigueroa, hace un paralelismo entre quienes llegaban al país escapando del nazismo y estos jóvenes que huyen del hambre y de la guerra de África.

Aquellos elegían su destino, los de hoy sólo escapan.





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(*) Javier Monti (jmonti@mvprensa.com.ar) es periodista.
Participa en MVPrensa desde la fundación del medio, en abril de 2004.






Imagen:
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© MVPrensa / Noviembre de 2004


 
 
 
 
 
 
 


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