PAÍS |
Lucha democrática
contra la inseguridad

Por Ulises Muschietti* (publicado en BAE el 30.11.2007)


El reclamo de seguridad, profundamente democrático, procura que el Estado garantice a todos los habitantes del país la posibilidad de vivir sin amenazas contra su integridad física y contra sus bienes personales. Lo que no es democrático, como puntualizó más de una vez el diputado socialista Jorge Rivas, hoy vicejefe de Gabinete, es la explotación de ese reclamo por parte de los paladines de la mano dura, del meter bala a los delincuentes, del castigo a mansalva.

Rivas, como se sabe, se repone en una clínica del daño físico que sufrió durante la madrugada del martes 13, cuando fue asaltado y golpeado muy cerca de su casa, en Lomas de Zamora. Ni del círculo de sus allegados ni de la multitud de dirigentes políticos y sociales que han expresado su solidaridad con él se ha levantado ninguna voz que discrepara con esa interpretación.

Desde la vereda ideológica opuesta, el jefe de Gobierno electo de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, intentó en cambio aprovechar la desdichada circunstancia para fustigar la presunta ineptitud del Gobierno nacional en la materia.

Más allá de lo que opine Macri sobre el presente, resulta difícil identificar en la historia del país una época en que la vida de las personas y sus bienes en el sentido más amplio estuvieran tan indefensos como durante los años de la última dictadura militar. En ese período no se trataba ya de que el Estado no fuera capaz de garantizar la seguridad, sino de que la amenaza de la privación ilegítima de la libertad, de la tortura y de la muerte procedía de ese mismo Estado.

Pasaron muchos años desde que se recuperaron las instituciones de la República en 1983, en que los responsables de los crímenes de la represión disfrutaron de una impunidad obtenida mediante la coacción y otras artes perversas. La expresión más acabada de esa aberración fueron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Contra ellas militaron activamente, a lo largo de dos décadas, los sectores más genuinamente democráticos de la sociedad argentina.

Esa legislación, finalmente, resultó anulada durante la gestión de Néstor Kirchner, lo que hizo posible la reapertura de los juicios contra los agentes del terrorismo de Estado. Sobran las pruebas de que en conjunto ellos mantenían, y tal vez aún mantengan, la capacidad de golpear. El caso de la desaparición de Julio López, testigo de cargo contra el ex comisario Miguel Etchecolatz, sólo ha sido la más dramática de ellas.

Parece claro, por otra parte, que el Estado adeuda a la población las reformas que permitan esperar una reducción visible de la inseguridad: la de los procedimientos judiciales, la de las fuerzas policiales -de modo que puedan ejercer una eficaz tarea de prevención- y por supuesto las que sean capaces de revertir definitivamente las condiciones que condenan a importantes sectores de la sociedad a la marginalidad y al abandono.

No todos piensan así. Luis Patti, un antiguo oficial de la policía bonaerense que actuó en los tiempos de la represión ilegal, y que no se privó en los últimos años de explotar el democrático reclamo de seguridad con la promesa de mano dura y castigo a mansalva, declaró a la prensa en octubre pasado: "Si creen que con contención social, dando comida, van a arreglar la seguridad, se equivocan. Lo que tiene que hacer cualquier gobernador es volver a reconstruir la policía, verticalista, militarizada, disciplinada". Ahora, Patti ha quedado detenido en el marco de la causa en la que se lo procesa por el secuestro y asesinato de tres personas.

Aunque a sus seguidores y a Macri les resulte paradójico, ése es sin duda un avance en la democrática lucha contra la inseguridad.




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(*) Ulises Muschietti (umuschietti@mvprensa.com.ar) es historiador, periodista y profesor.
Participa en MV Prensa desde agosto de 2006




Fuente:
Publicado en Bae, Ejes de la Comunicación (30.11.07)
http://www.ejes.com/
Imagen:
http://www.earchivo.mendoza.gov.ar/

© MV Prensa / Diciembre de 2007

 


 
 
 
 
 
 
 


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